
Aún recuerdo sus palabras y sus gestos al expresar lo que pensaba. También recuerdo su silueta y el sonido de sus pasos por los pasillos. Aunque lo conocí en sus últimos días, su figura dentro del ambiente filosófico en Jalisco y México era y sigue siendo memorable.
Mi generación fue la última en recibir sus clases sobre Platón en el Iteso. Y también de las últimas en organizar su famoso simposio.
Jorge Manzano, el hermano y maestro, representaba dos modos clave para el quehacer filosófico: el silencio y la calma.
El silencio hacía eco en sus clases. Al final de sus días su voz se iba poco a poco. Usaba un micrófono para poder expresarse. Sin embargo, a través de su silencio la diosa sabiduría se manifestaba. La actitud de aprehender lo que después de ese silencio iba a decir era lo que me tenía atento y con una intensa fruición. Sus clases sobre Platón eran de diálogo fructífero. Sus reuniones (simposio) que realizaba extraclases dominaban mi mente. Pero era de su silencio de donde sacaba mis propias conclusiones filosóficas.
La otra cualidad era la calma. Y a calma me refiero a cuestiones corporales. A su paso lento y pesado. Más que estorbo eran una bendición. Siempre que lo veía venir por los pasillos imaginaba lo que él pensaba. Pues se decían muchas cosas. Pero ese paso de Jorge me recordaba a los viejos filósofos griegos, a quienes tanto admiraba. Su andar los traía a la memoria. Sobre esa mente prodigiosa Parménides se encontraba con Sócrates o Platón y los cantos homéricos hacían eco en las palabras de Demócrito. De igual manera, Nietzsche hacía las pases con el cristianismo y a su vez Kierkegaard jugaba con Hegel. Amplias referencias transmitía su fabulosa calma.
Manzano nunca decía que era filósofo sino maestro de filosofía. No coincido con ello. Pues un maestro, a secas, no explicaba o categorizaba las cuestiones filosóficas como él lo hacía. Ni tampoco se paseaba de una época a otra con tanta soltura y facilidad. De igual manera, no era un simple maestro.
Fruto de sus enseñanzas fue la división que él hacía de filósofos. Pues la filosofía la podía comparar con la lucha libre y el combate entre rudos y técnicos. Para Jorge Manzano, el filósofo, los personajes de Platón, Aristóteles, Kant, Hegel… eran técnicos, pues siempre usan argumentos elaborados y sacan conceptos sumamente formales, así como el lenguaje racional y en ocasiones oscuro y metódico eran sus herramientas filosóficas. Por otro lado, los rudos eran los filósofos cínicos griegos, Schopenhauer, Nietzsche y Kierkegaard, por mencionar algunos. Los llamaba así porque sus herramientas son otras y siempre mordaces y quebrando las cabezas de quienes los leen. Dicha división filosófica me abrió los ojos, sin duda alguna, y también me abrió el panorama mental para suavizar las cuestiones de la historia de la filosofía, tan compleja como tan abrumadora para un estudiante.
Como dije arriba, de Manzano se decían muchas cosas. Entre ellas la que más curiosidad me daba era su habilidad para levitar. Así las cosas. Debo de advertir que nunca lo vi hacer eso, pero tengo amigos que fueron sus alumnos que dicen que sí lo vieron. La cuestión de fondo, me atrevo a decirlo, era su capacidad de mantener el diálogo espiritual. Él me compartió una vez que uno como persona, y a lo largo de su vida, va abriendo caminos y va dejando energía negativa o positiva en espacios materiales y que cuando se logra la capacidad para volver a juntar dicha energía, se alcanza un estado espiritual fuera de lo ordinario. A ello se le puede llamar mociones (energía buena), tretas (energía mala) y consolación (estado espiritual positivo). Esto lo comento porque al escribir y pensar estas palabras a modo de homenaje a este filósofo y maestro, no puedo evitar compartir mi extrañamiento ante su muerte.
Para mí Jorge Manzano no está muerto. Está vivo en algún lugar, convertido en pensamiento o visitando a sus filósofos y aprendiendo de ellos más allá del bien y del mal, sin temor ni temblor. Allá, en algún lugar y tras las huellas de la verdad, al rasgarse el arcoíris.
A otro año de su muerte, aún recuerdo sus pasos en el ITESO.
Miguel Huerta