Miguel Huerta
Introducción: un eco en el teatro de la historia
En el vasto escenario de la historia, donde las pasiones humanas y las fuerzas sociales chocan para escribir el devenir de la humanidad, algunas frases resuenan con una potencia especial. Una de ellas, acuñada por Karl Marx en el prólogo de El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1852), actúa como un faro crítico para entender los ciclos del poder y la decadencia política:
“Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia mundial se producen, por así decirlo, dos veces. Se le olvidó añadir: la primera vez como tragedia, la segunda como farsa.”

Esta afirmación no es sólo una observación ingeniosa; es una clave filosófica para descifrar cómo la lógica de la repetición degrada lo monumental en ridículo, y cómo lo auténticamente revolucionario puede convertirse en su propia parodia. En este ensayo, exploraremos las capas de significado de esta frase y su vigencia para analizar los fenómenos éticos y políticos de nuestro tiempo.
El escenario original: Napoleón, la tragedia, y su sobrino, la farsa
Para comprender la profundidad de la idea de Marx, es esencial regresar a su contexto histórico. La «tragedia» a la que se refiere es el golpe de Estado del 18 de Brumario (1799), ejecutado por Napoleón Bonaparte. Este acto, si bien puso fin al periodo revolucionario más radical en Francia, fue llevado a cabo por una figura de estatura histórica colossal. Napoleón era un genio militar y un estadista cuya ambición poseía una cualidad épica y transformadora. Su ascenso representaba el colapso trágico de un ideal bajo el peso de una nueva realidad, un evento cargado de una seriedad y una consecuencia histórica profundas.

Más de medio siglo después, su sobrino, Luis Napoleón Bonaparte, da un golpe de estado en 1851, disolviendo la Asamblea Nacional y coronándose emperador. Para Marx, este segundo acto era la encarnación misma de la farsa. Luis Napoleón no era un genio militar ni un líder visionario; era un personaje mediocre que intentaba vestirse con la ropa histórica de su tío. Su ascenso no se basaba en su grandeza, sino en la manipulación de las clases sociales, promesas vacías y la nostalgia de un orden pasado. Donde el tío fue un forcejeo trágico con el destino, el sobrino fue una comedia bufa, una imitación grotesca que revelaba la bancarrota política del momento.
La mecánica dialéctica de la degradación histórica
La genialidad de Marx reside en convertir esta observación histórica concreta en una ley general sobre la repetición. La frase corrige la dialéctica hegeliana de la historia. Mientras Hegel sugería que los eventos se repiten en una espiral de superación (Aufhebung), donde lo negativo se supera para alcanzar un estadio superior, Marx introduce un giro pesimista y agudamente crítico. Veamos:
1. La tragedia (primera aparición): es el evento auténtico, novedoso y cargado de un significado histórico genuino. Surge de contradicciones sociales reales y es protagonizado por actores que, para bien o para mal, creen estar forjando un nuevo camino. Su fuerza reside en su originalidad y en su capacidad para romper moldes. Es «trágico» en el sentido clásico: grave, monumental y con un desenlace inevitable que conmueve por su escala.
2. La farsa (segunda aparición): es la repetición vacía. Cuando las condiciones parecen similares, los nuevos actores intentan emular los gestos, símbolos y narrativas del evento original. Sin embargo, al carecer de la sustancia y las condiciones que le dieron origen, solo pueden producir una caricatura. La farsa no es una evolución, sino una degeneración. Revela la impotencia de revivir un pasado que ya ha muerto y la falta de ideas nuevas. Lo que una vez fue grandioso se vuelve risible; lo que fue solemne, se convierte en un espectáculo.
Desde una perspectiva ética, la farsa es profundamente corrupta porque se sustenta en el engaño y la simulación. Los actores de la farsa no creen en el guion que representan, o lo hacen de forma tan superficial que su performance se convierte en un ejercicio de cinismo.
Ecos en el presente: la farsa en la política y la economía contemporáneas
La vigencia de esta fórmula marxiana es casi alarmante. Nos rodean ejemplos de cómo lo trágico deviene en farsa. Por ejemplo:
· Las crisis económicas: la Gran Depresión de 1929 fue una tragedia humana de escala colosal que cuestionó los fundamentos del capitalismo. En cambio, la crisis financiera de 2008, con su origen en la especulación y la complejidad tóxica de los derivados, fue seguida por rescates masivos a los responsables. Para muchos, este desenlace representó una «farsa»: un sistema que socializó las pérdidas mientras premiaba la imprudencia, repitiendo los errores del pasado sin la solemnidad de un cambio real.
· El populismo y el nacionalismo: los regímenes totalitarios del siglo XX (el fascismo, el estalinismo) representaron una trágica negación de la libertad y la dignidad humanas. Hoy, observamos cómo figuras políticas resurgen con una retórica similar: promesas de pureza nacional, enemigos externos y líderes fuertes. Sin embargo, a menudo esta retórica se desarrolla en el vacío ideológico de la era digital, reducida a eslóganes en redes sociales y espectáculos mediáticos. Es la farsa del autoritarismo: imita la forma, pero carece del proyecto cohesivo (y monstruoso) de sus predecesores, operando más como un producto de marketing que como una ideología totalizante.

El filósofo Slavoj Žižek, en su libro First as Tragedy, Then as Farce, aplica este concepto al siglo XXI, argumentando que el fracaso trágico de intentar imponer un nuevo orden global tras el 11-S fue seguido por la farsa del colapso financiero, donde la ideología capitalista demostró su inconsistencia pero siguió repitiéndose.
Conclusión: la farsa como síntoma y advertencia
La frase de Marx, «primero como tragedia, después como farsa», es más que una descripción histórica; es una herramienta de diagnóstico crítico. Nos enseña que la historia no es cíclica, sino degenerativa en sus repeticiones. La farsa es el síntoma de una sociedad que ha agotado sus capacidades para la innovación política y moral, y que sólo puede recurrir a la mímica de un pasado glorioso o catastrófico.
Como lectores de nuestro tiempo, esta idea nos obliga a estar atentos. Nos invita a preguntarnos: ¿estamos presenciando un evento histórico genuino o simplemente la representación farsante de uno antiguo? En un mundo saturado de imágenes recicladas y discursos vacíos, distinguir entre la tragedia auténtica y la farsa cómplice se convierte en un ejercicio intelectual y en un imperativo ético para no ser espectadores pasivos de nuestra propia degradación histórica.