Miguel Huerta
Ante las amenazas yanquis a LATAM, el mundo y la humanidad, es hora de levantar la voz. No un susurro de think tank neoliberales, esos que venden despojo con gráficos elegantes y voces calmadas que suenan a pánico bien vestido. Lo que presenciamos es la ofensiva persistente de un imperio que, al ver cómo sus antiguos súbditos aprenden a bailar sin su música, responde con el arrebato geopolítico de quien necesita reafirmar su bastardo dominio a toda costa. Su arma favorita ya no es meramente la flota, es el tedio. La repetición infinita de palabras como “libertad”, “mercado” y “democracia” hasta vaciarlas de todo significado, convertidas en el mantra hipnótico con el que justifican saqueos nuevos con verbos viejos.
Ahí reside la comedia trágica. Se dicen campeones de la libertad mientras financian golpes de estado contra gobiernos elegidos, porque claro, la libertad únicamente es válida si elige lo correcto según sus intereses. La administración Trump, con su burda y burlona gestión, tuvo el “mérito” de desnudar esta hipocresía, eliminando los eufemismos diplomáticos para aplicar, con la sutileza de un manotazo, la Doctrina Monroe 2.0. Bajo su gobierno, el ataque imperial dejó de ser un proyecto civilizatorio sofisticado para convertirse en una transacción inmobiliaria: sanciones maximalistas como la de Venezuela y el secuestro de su presidente no buscaban salvar democracias, sino garantizar que ningún recurso estratégico escapara al control de sus corporaciones. “America First” fue la consigna que tradujo, sin rubor, un siglo de intervencionismo paternalista en un negocio de despojo descarado, donde las amenazas de “fuego y furia” se mezclaban con tweets para derrocar gobiernos, mientras al interior, una fuerza anticivil como ICE sigue desplegando el terror institucional contra familias migrantes, y sus propios ciudadanos (como el reciente asesinato de una mujer inocente en Minneapolis a manos de un agente de ICE), convirtiendo a la sociedad en un laboratorio de crueldad política y llevando su realidad a una guerra civil.

No olvidemos el manual. Cuando Venezuela defendió su petróleo dejó de ser una democracia y se convirtió, por arte de magia geopolítica, en una dictadura; el pecado no fue la falta de elecciones, sino la falta de obediencia. Trump simplemente puso precio a esa desobediencia, aplicando un cerco económico diseñado para rendir por hambre a un pueblo entero, mientras llamaba “socialismo fracasado” a las consecuencias humanitarias que su propio bloqueo creaba, lo mismo sucede con Cuba. Esta doble moral no es un error, es la arquitectura misma del proyecto. Una suerte de esquizofrenia imperial celebrada en foros de Davos y replicada fielmente por las élites regionales (Noboa, Milei, Bukele, entre otros), esos personajes que prefieren ser mayordomos en una mansión ajena que dueños de su propia casa humilde pero propia.
Y mientras, en las redes de sus grandes medios, construyen el enemigo necesario: cualquier proyecto que huela a redistribución, a soberanía energética, a memoria histórica, es inmediatamente catalogado como “populismo autoritario”, un término cómodo que evita tener que debatir ideas. Prefieren el insulto al argumento, la caricatura al análisis. Porque reconocer que en América Latina hay pensamiento político profundo, más allá del manual de Milton Friedman, sería conceder humanidad plena a quienes han sido diseñados para ser exclusivamente consumidores o amenazas en sus mapas estratégicos.
Pero el chiste se les está volviendo en contra. Porque el ataque no es señal de fortaleza, sino de pánico ante un mundo que se multipolariza a pesar de sus berridos. La torpeza trumpista, con su desprecio al multilateralismo, aceleró paradójicamente esta erosión, demostrando que el el golpe de la mano invisible únicamente genera resentimiento y alianzas alternativas. Cada sanción, cada intento de desestabilización, cada informe de alguna ONG súbitamente preocupada por procesos electorales que antes ignoraba, es una confesión de derrota cultural. Es el llanto del bully que ya no asusta a nadie. Y en este escenario, la resistencia más inteligente no es replicar su violencia, sino exponer su farsa con la luz cruda de la verdad y la obstinada construcción de alternativas.
Claro, siempre están los apologistas domésticos, esa derecha vernácula vestida de lista pero imbécil que, durante la era Trump, encontró un espejo grotesco para sus fantasías: un líder que celebraba dictaduras “fuertes” mientras despreciaba a sus vecinos democráticos, siempre que no se arrodillaran. Repiten como loros los dogmas del FMI con acento local, confundiendo modernidad con entreguismo, y progreso con la subasta de la patria. Ven la sumisión como realpolitik y la dignidad como romanticismo barato. Su mayor miedo no es la intervención extranjera, sino que su propio pueblo descubra que puede caminar sin las muletas ideológicas importadas.
La verdadera batalla, entonces, es epistemológica. Se trata de quién cuenta la historia, quién define los conceptos, quién establece lo “normal”. Contra el relato unívoco del imperio y sus sirvientes locales, hay que oponer la polifonía de nuestras realidades, la ética de la solidaridad frente a la del despojo, la idea de que la independencia no es un delito, sino la primera condición para cualquier diálogo genuino entre pueblos. El asedio imperial es, en el fondo, el estertor de un paradigma que se agota. La retórica trumpista, con su nacionalismo voraz, no hizo más que rasgar el velo y mostrar la máquina desnuda: desde el ataque externo con sanciones hasta el ataque interno con agentes de ICE persiguiendo familias y personas inocentes. Y ante ese espectáculo, nuestra tarea es no tener nostalgia del carcelero, sino atrevernos, por fin, a imaginar la libertad de verdad, con todo el riesgo y la belleza que eso conlleva.