“Midsommar” (2019). La danza bajo el sol que nunca se pone y el horror de la pertenencia

Miguel Huerta

Dani (Florence Pugh), una joven estadounidense devastada por una tragedia familiar reciente, acepta a regañadientes acompañar a su distante novio, Christian, y a sus amigos a un viaje a un remoto pueblo sueco, Hårga. Allí, un festival de verano que ocurre una vez cada noventa años promete una experiencia cultural única y auténtica. Lo que comienza como un viaje antropológico pronto se transforma en una pesadilla surrealista bajo el sol perpetuo del solsticio, donde los rituales idílicos de la comunidad revelan un lado oscuro y sacrificial. Dani se encontrará atrapada entre su dolor desgarrador y la oferta de un consuelo colectivo absoluto, una pertenencia que exige un precio aterrador.

Si el horror tradicional habita en la oscuridad, Midsommar comete la herejía de trasladarlo al blanco cegador del sol. Bajo la luz perpetua de un verano sueco, el director Ari Aster no nos muestra monstruos que salen de la sombra, sino que nos sumerge en la pesadilla de la luz total, de la comunidad perfecta, del abrazo que asfixia. Lejos de ser un simple relato sobre una secta pagana, la película es una disección epistemológica brillante y brutal sobre cómo se construye la realidad, cómo se cura el dolor y el precio atroz de la pertenencia. Es un viaje al corazón de un sistema de conocimiento alternativo que, con sonrisas y coronas de flores, desarma racionalmente al individuo para ofrecerle, a cambio, el consuelo de un coro que grita al unísono.

El punto de partida nos sitúa ante una paradoja visual y emocional. Dani, la protagonista destrozada por una tragedia familiar, llega a la comuna de Hårga con su novio y sus amigos, todos cargados con las herramientas cognitivas del mundo moderno: escepticismo, ironía, distancia académica. La comunidad los recibe con una epistemología distinta, una donde el sentimiento es colectivo, el ritual reemplaza a la razón y el ciclo de la vida y la muerte se celebra con la misma intensidad ceremonial. La película ejecuta aquí su primer movimiento maestro: no nos sitúa frente a un culto de fanáticos siniestros, sino ante un sistema de creencias coherente, completo y, en su propia lógica, hermoso. El horror no nace de su irracionalidad, sino de su racionalidad alternativa perfectamente engranada, que va desintegrando la psique individual con la eficacia de una enzima.

El viaje de Dani es, en esencia, una deconstrucción de su propio dolor a través de un marco cultural ajeno. Su llanto histérico, inapropiado y aislante en el mundo exterior, es en Hårga coreografiado, coreado y validado. Las mujeres gimen con ella. La comunidad refleja y amplifica su angustia, dándole una forma ritual y, por tanto, un significado. Este es el anzuelo emocional del culto, el cual ofrece una cura para la alienación del dolor moderno, donde el sufrimiento se vive en soledad. La película hace preguntarnos, ¿qué es más aterrador? ¿Soportar una pena infinita en la incomunicación de un apartamento de ciudad, o entregarla a una comunidad que la transforma en danza, en canto, en un papel central en un drama sagrado? Midsommar no juzga la elección; expone su lógica interna con una claridad aterradora.

La crítica aquí adopta un matiz penetrante. Hårga se presenta como una sociedad dirigida por mujeres ancianas, donde lo femenino (la fertilidad, el ciclo, la emoción) es el pilar central. Este poder, sin embargo, no libera; ritualiza y controla. El supuesto refugio se revela como otra jaula, aunque esta vez adornada con flores. La ceremonia final, donde Dani elige un “rey” para el sacrificio, es la culminación de esta paradoja. Su sonrisa enmarcada por la corona de flores es la imagen más ambigua y potente del cine reciente. ¿Es la sonrisa de la liberación, al haber transferido la carga de su dolor a la comunidad y haber ganado agencia para decidir un destino? ¿O es la sonrisa de la posesión total, la de quien ha sido completamente reprogramada, cuya elección individual es en realidad el último eslabón de un guion escrito por otros? La película sostiene ambas lecturas en una tensión perfecta, haciendo de su final no un cierre, sino un abismo de interpretación.

Frente a esto, la racionalidad masculina de los amigos de Dani, encarnada en el personaje de Christian, su novio emocionalmente ausente, se muestra como un marco de conocimiento completamente inútil e impotente. Su mirada etnográfica, su intento de estudiar sin participar, es la antítesis del conocimiento de Hårga, que se basa en la experiencia sensorial y emocional total. Ellos mueren no porque sean estúpidos, sino porque su epistemología los deja ciegos y vulnerables en un mundo que opera con reglas distintas. La película sugiere así una idea perturbadora: que nuestra ciencia y nuestra razón pueden ser armadillas ineficaces frente a sistemas de creencias más antiguos, más cohesivos y emocionalmente satisfactorios.

En última instancia, Midsommar es un ensayo fílmico sobre el “fin de la individuación”. El sol que nunca se pone ilumina la disolución del yo en el colectivo. Lo que Aster pone sobre la mesa es la pregunta más incómoda: ¿el yo moderno, aislado, autoconsciente y cargado de un dolor propio, es realmente preferible a la pertenencia total, aunque esta exija sacrificios literalmente sangrientos? La película no ofrece respuestas; ofrece un espejo cóncavo que deforma nuestras certezas. Nos recuerda que el culto no siempre llega con amenazas y cadenas. A veces, y esto es lo más aterrador, llega con el abrazo exacto que necesitábamos, en el momento preciso en que nuestro mundo se ha hecho añicos. Bajo el sol pleno, la línea entre encontrar tu tribu y perder tu alma no sólo se borra, sino que se celebra con himnos y danzas, hasta que el último rastro de tu individualidad se consume en la hoguera.

Deja un comentario