La atención, el último bastión de lo humano en un mundo de pixeles

Miguel Huerta

En un universo donde cada suspiro está monetizado, donde nuestra mirada se cotiza en bolsa y nuestro tiempo consciente es el botín de una guerra silenciosa, hay un acto cotidiano que aún nos define: el derecho a prestar atención. No hablo de esa atención fugaz, ese destello nervioso que salta de un tuit a un reel de TikTok, de una notificación a un stream en segundo plano. Hablo de la atención profunda, sostenida, la que construye mundos en la mente y teje significado en el caos.

Esta capacidad, el cimiento mismo de nuestra ética y nuestra comprensión de la realidad, está siendo sistemáticamente erosionada por un ecosistema digital diseñado no para iluminar, sino para capturar. Vivimos en la era del multitasking glorificado, el scroll infinito, el doomscrolling que nos llena la mente de noticias negativas, donde usar múltiples pantallas no es un vicio, sino una medalla de productividad. Pero la neurociencia nos grita lo que nuestra intuición ya sospecha: no estamos evolucionando hacia superhumanos cibernéticos; estamos fragmentando nuestra conciencia en una miríada de píxeles sin sentido. Ya es un espacio habitual el ver una película en nuestra pantalla en casa, tener un podcast en nuestra tablet y chequear redes sociales en nuestro teléfono, y todo al mismo tiempo.

Piensa en la última vez que viste una película compleja, digamos Tenet de Nolan o un episodio de Dark, con el teléfono en la mano. ¿Captaste los giros temporales, los detalles cruciales del guión, o tu comprensión fue un collage difuso de imágenes y sonidos? Este es el “brain rot” o podredumbre cerebral del que habla la generación Z en las redes: esa sensación nebulosa de haber consumido mucho pero no haber retenido nada sustancial. Como decíamos antes, el uso simultáneo de pantallas (estudiar con el podcast de fondo, chatear mientras se “ve” una serie, hacer scroll en Instagram durante una videollamada) no es multitarea. Es una ilusión costosa. Cada cambio de foco, cada salto de una idea que lees a un meme de Spider-Man apuntando, genera “residuos de atención”, un desgaste cognitivo que nos deja más lentos, más propensos a errores y, lo más grave, incapaces de sumergirnos en la profundidad. Nuestro cerebro, ese órgano maravilloso que construyó catedrales y escribió sinfonías, está siendo reconectado para preferir el chispazo sobre la llama constante, la novedad sobre la realidad que nos rodea.

Esta fragmentación no es un accidente; es el modelo de negocio. Las plataformas compiten por un recurso finito: nuestros segundos de conciencia. Su diseño es la antítesis de la contemplación filosófica. Son máquinas de dopamina, donde el scroll infinito y las recompensas variables (¿quién me habrá dado like?) nos mantienen en un estado de ansiosa expectación. Nos hemos convertido, sin casi darnos cuenta, en los usuarios de aquella Máquina de los besos” de Black Mirror, buscando estímulos vacíos mientras vendemos trozos de nuestra experiencia vivida. El capitalismo de la vigilancia no quiere ciudadanos críticos y reflexivos; quiere consumidores reactivos, perfiles de datos predecibles. Al externalizar nuestra memoria a Google y nuestro criterio a los algoritmos de recomendación, ¿no estamos renunciando a las mismas herramientas que nos permiten juzgar, discernir y, en última instancia, ser libres? La ética, después de todo, nace de la capacidad de detenerse, de ponderar las consecuencias de nuestros actos en un marco temporal extenso, algo imposible en un flujo de estímulos que vive en el eterno presente del feed.

La recuperación de la atención, por tanto, no es un consejo de productividad de un influencer en LinkedIn. Es un imperativo ético y un acto de soberanía personal en la era digital. Es la decisión de ver esa película compleja en una pantalla, a oscuras, entregado. Es apagar las notificaciones para leer a críticos modernos como Byung-Chul Han o a Rebecca Solnit o a Mariana Mazzucato sin que un pop-up nos hable de la última polémica en X (Twitter). Es tener el valor de aburrirse, de dejar que la mente divague sin un estímulo prefabricado, porque en esos intersticios de silencio digital es donde surgen las ideas propias, las conexiones genuinas. Implica crear rituales: una hora de lectura analógica al día, un paseo sin teléfono, una comida donde los dispositivos estén fuera de la mesa. No se trata de un retorno luddista, sino de un uso intencional. La tecnología puede ser una biblioteca de Alejandría portátil, pero debemos dejar de tratarla como un casino luminoso que nunca cierra.

En definitiva, nuestra capacidad de atención es el lienzo sobre el cual pintamos nuestra comprensión del mundo, nuestra empatía hacia los demás y nuestra integridad frente a nosotros mismos. Defenderla es defender la profundidad en un mundo que premia la superficie, la coherencia en medio del fragmento, la humanidad lenta frente a la eficiencia maquínica. En cada decisión de apagar una pantalla para encender la mente, de elegir un libro sobre un timeline, de sostener una mirada en lugar de deslizar un dedo, estamos discerniendo por el tipo de seres conscientes que queremos ser. No es una batalla por el tiempo, sino por la sustancia de nuestra experiencia. Y en esa batalla, el acto más revolucionario puede ser, simplemente, prestar verdadera atención.

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