El desierto y la Ciudad del Sol. Un viaje ético a través del calor sonorense

Miguel Huerta

Prólogo: la geografía como destino moral

Nacer, migrar y vivir en la Ciudad del Sol (Hermosillo, Sonora) es recibir un contrato existencial escrito en calor y arena. Es una ciudad que no se limita a albergarnos; nos constituye. En cada poro se lleva la huella indeleble de un paisaje que es, ante todo, un estado de conciencia. Este ensayo íntimo y personal explora cómo este rincón del desierto sonorense forja no sólo un carácter, sino una postura ética ante la vida; una geografía moral donde el calor, el desierto y la comunidad enseñan a ser.

I. El horno del mundo: el fuego que purifica y enseña

El clima hermosillense es una lección de ontología práctica. El calor es el ambiente mismo, una presencia tangible que dicta los ritmos de la vida. Este fenómeno no es una simple adversidad; es un maestro existencial que nos enfrenta a una elección socrática fundamental.

Frente a él, no se cultiva la queja, sino una sabiduría práctica del límite. Se aprende la paciencia como inteligencia ecológica: la dignidad de moverse con lentitud deliberada, de valorar la sombra como derecho vital, de beber agua como acto de autocuidado sagrado. Es una relación de respeto que revela la humildad estoica del desierto, en donde la verdadera libertad no es cambiar el mundo, sino encontrar nuestra agencia dentro de sus límites infranqueables. El sol nos enseña que la fortaleza es la virtud forjada en el diálogo con lo inmutable.

Nuestros abuelos y abuelas del desierto, esas grandes personas que nos enseñaron en el pasado a vivir bajo el sol, así como las comunidades originarias de Yaquis, Seris, Ópatas, Mayos, son ejemplos de resistencia y solidaridad, de revolución y paz; su vida bajo el sol las tocamos en nuestras pieles. No son pasado, son tradición permanente que se siente y palma en el calor del desierto. Pues el desierto purifica y forja el espíritu.

II. El banquete del desierto sonorense

Por otro lado, nuestra respuesta ética al clima se materializa en un acto sagrado: la comida. La gastronomía sonorense es una filosofía materialista que celebra la vida surgida de la tierra árida.

El ritual de la carne asada es una micro-utopía social, en donde la igualdad se hace evidente y en donde todas las generaciones se vuelven una sola. El asador, con su fuego proveniente del mezquite que se encarnó en carbón y que a su vez se transfiguró en brasa poderosa, es el altar donde se disuelven las jerarquías. Allí, el tiempo se suspende y la compañía se vuelve el valor más importante. Es la sabiduría práctica de un pueblo que sabe que un oasis es el círculo de personas que se protegen mutuamente. Cada oportunidad de hacer y convivir alrededor del fuego, por más que el calor nos acompañe, es un acto social que trasciende nuestra propia esencia. Es la liturgia permanente y perfecta del sonorense, donde todos y todas conviven, platican, comparten la vida, se apoyan mutuamente, ayudan en todo y ofrecen lo poco o mucho que se tiene.

En la vena existencial de los pueblos de Sonora, se considera que no se invita a comer, se invita a convivir; pues se ofrece un plato lleno con la misma naturalidad con que se ofrece la sombra bajo un mezquite. Este compartir es un lenguaje sin palabras que nos dice: “En este paisaje exigente, bajo este sol abrasador, tu bienestar es parte del mío”. Así, el taco de machaca que se pasa de mano en mano, el caldo de queso que se sirve en un plato grande, el raspado que se comparte a cucharadas bajo un mismo sol, la coyota, con su masa rústica y su corazón dulce de piloncillo, son la metáfora perfecta de la gente del desierto: una aparente rudeza que custodia una delicia y dulzura intensas; todos son actos que tejen una red de reciprocidad sutil y firme.

En cada gesto de ofrecer lo que hay, sea mucho o poco, se renueva ese pacto ancestral de nuestros abuelos y abuelas: la supervivencia se dulcifica y la vida se hace llevadera no en el aislamiento, sino en el círculo ampliado donde la comida común se transforma en consuelo compartido y en la más tangible expresión de que, en el desierto, la verdadera abundancia se mide por la capacidad de hacer de la mesa un oasis para la humanidad entera.

III. La soledad poblada del desierto

Alrededor de la Ciudad del Sol se extiende una inmensidad que calla. El desierto sonorense no es un vacío, sino un espacio lleno hasta el borde de presencia: de silencio, de luz cruda, de formas puras.

Adentrarse en él también es experimentar una catarsis geográfica y humana. Su escala sobrecogedora realiza una operación filosófica inmediata: nos reduce a nuestro tamaño verdadero y, al hacerlo, nos expande. Derriba las ficciones del ego y las urgencias inventadas. En su vastedad, uno se siente partícipe de algo enorme. Ahí, la ética del “tener” se desmorona para dar paso a una ética del ser: a simplemente estar, a contemplar, a escuchar la voz interior que el ruido del mundo ahoga. El desierto enseña que el silencio no es ausencia, sino la condición primordial para la conexión auténtica, primero con uno mismo y luego con todo lo demás.

Las comunidades originarias del desierto sonorense (los Comca’ac/Seris, los Yaquis, los Mayos) no son solamente un capítulo de la historia, sino la raíz viva y profunda que nutre el alma de esta tierra. Nuestros abuelos y abuelas, ya sean descendientes directos de estos pueblos o herederos de su sabiduría, son el puente tangible con esa identidad primordial. En sus manos arrugadas por el sol y el tiempo reside la memoria de cómo leer los mensajes en las nubes escasas, de cómo encontrar agua en la sequedad y significado en la austeridad. Su paciencia frente al calor no es resignación, sino una filosofía práctica heredada de quienes aprendieron a dialogar con el desierto, no a someterlo.

En el ritmo pausado de sus pasos, en la serenidad de sus miradas que contemplan el horizonte infinito, y en los silencios elocuentes que guardan, late el corazón del desierto: la resiliencia, el respeto profundo por el ciclo implacable de la vida y la certeza de que la verdadera fuerza se mide por la capacidad de perseverar. Nuestros antepasados son los custodios y custodias de un pacto no escrito entre el pueblo y la tierra, un pacto que nos recuerda que, antes de ser hermosillenses o sonorenses, somos, en esencia, gente del desierto, moldeados por su luz cruda y su silencio elocuente. Honrar su memoria no es nostalgia, es reconocer la brújula moral que nos legaron para navegar no sólo la aridez de la tierra, sino también la de los tiempos modernos.

IV. La sombra como pacto social y hospitalidad

En la Ciudad del Sol, la sombra no es una simple ausencia de luz; es un bien común, un refugio permanente y, sobre todo, el fundamento material de un pacto social tácito. Este pacto nace de una necesidad fisiológica ineludible (el cuerpo humano no puede soportar indefinidamente los 45 grados a la intemperie) y se eleva a la categoría de virtud cívica. La frase “pásele a la sombra”, pronunciada en un porche, en la esquina de una calle o bajo la copa escasa de un palo verde, es mucho más que una fórmula de cortesía. Es un reconocimiento mutuo de vulnerabilidad y, simultáneamente, una declaración de solidaridad. Quien la dice y quien la acepta establecen, en ese instante, un pequeño contrato: “Reconozco que compartimos la misma adversidad; mi bienestar está ligado al tuyo”.

Este intercambio crea una micro-ética del espacio compartido. La sombra, al contrario que la propiedad privada, es por naturaleza líquida y generosa; no se posee, se usa y se cede. No se puede acumular. Por eso, en la lógica social hermosillense, acapararla es una falta grave contra la comunidad. Ofrecerla, en cambio, es el primer acto de ciudadanía. Este gesto se ramifica en rituales cotidianos: el vecino que, al atardecer, riega su banqueta no sólo para su propio frescor, sino para bajar la temperatura de toda la acera, transformando un acto privado en un beneficio público. O la paciencia peculiar en el tráfico o en las filas, que no es pasividad, sino una cortesía climática colectiva: una comprensión tácita de que la irritación y los movimientos bruscos sólo aumentan la carga térmica para todos y todas.

Así, el pacto de la sombra trasciende lo físico y se convierte en una metáfora operativa de la convivencia. La verdadera hospitalidad norteña, tan celebrada, no es únicamente un rasgo cultural amable; es la sabiduría práctica forjada en el horno del desierto, que dicta que la supervivencia individual está supeditada al bienestar colectivo. En un entorno donde el sol es un agresor democrático, pues no distingue entre ricos y pobres, la sombra se democratiza como respuesta. Compartirla es el antídoto social contra la agresión natural, un recordatorio constante de que la comunidad humana, aquí, no es un concepto abstracto, sino el círculo concreto de personas que, al turnarse bajo un alero, crean un oasis momentáneo de humanidad compartida. Este es quizá el legado ético más profundo y práctico del desierto: la comprensión de que nadie sobrevive solo al mediodía, y que la grandeza de este pueblo sonorense se mide por la sombra que proyecta para las y los demás.

V. La luz interior del ausente

Para el hermosillense y sonorense lejos de casa, la nostalgia es una lente filosófica con una cualidad casi física. No es solamente el recuerdo de un lugar, es también la añoranza de una textura existencial: la memoria en la piel del primer soplo de aire fresco nocturno, el anhelo del olor a tierra mojada tras las primeras lluvias (las agüitas) o el sabor mental del agua de cebada y las tortillas de harina.

Esta nostalgia es un hilo vital que nos ata a nuestro origen, un antídoto contra el desarraigo en un mundo globalizado. Es, en el fondo, gratitud. Gratitud por la fortaleza que nos dio el desierto, por la claridad mental que aprendimos al ver su cielo despejado, por la lección comunitaria de que la vida, como el palo fierro, florece y se sostiene donde todo parece imposible. Nos recuerda de qué estamos hechos, afirmando que la ética no surge del aire, sino de una tierra y bajo un sol específicos.

Igualmente, esta nostalgia no es un sentimiento negativo ni pasivo, sino una fuerza activa y constitutiva. Es la memoria del cuerpo que recuerda haber sido moldeado por una luz concreta, por un calor que definía los contornos de la resistencia. Esta nostalgia no idealiza un paraíso perdido, pues conoce demasiado bien el peso del clima, sino que trae a la memoria la textura auténtica de una existencia plena, forjada en la contradicción misma entre la dureza del clima y la ternura de la sombra compartida. Es el eco de un pacto, el que firmamos sin saberlo al nacer, con ese paisaje severo y magnífico que terminó por ser, más que un lugar, la clave para descifrar nuestro propio carácter. Es la brújula que, desde cualquier lejanía, sigue apuntando hacia el único norte verdadero: el sol que nos vio nacer.

Epílogo: una pregunta perdurable

La Ciudad del Sol es una maestra silenciosa. Su legado no es el orgullo vano, sino la serena certeza de haber sido forjados en un horno que no consume, sino que purifica y define. Llevarla dentro es llevar a Sonora y a su desierto vivo en el alma: un espacio de silencio interno, una resistencia templada al fuego, un sol interior que nos recuerda de qué estamos hechos.

Al final, la pregunta más perdurable resuena para quien aprendió sus lecciones: ¿cómo podemos ser, en cualquier lugar donde estemos, un oasis de sombra, un manantial de frescura, una mesa compartida y un fuego acogedor para quienes caminan a nuestro lado bajo su propio sol abrasador?

En esa pregunta (forjada entre el calor implacable, el silencio del desierto, el sabor de la comida y la nostalgia que guía) reside toda la sabiduría práctica y profunda de un pueblo que aprendió que el verdadero oasis nunca es un lugar, sino el tipo de presencia que ofrecemos al mundo.

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