Las batallas que elegimos. Revolución y legado en “Una batalla tras otra” (2025)

Miguel Huerta

Vivimos en una época donde las banderas ideológicas se enarbolan con facilidad en redes sociales y las convicciones parecen a menudo un hashtag, la película Una batalla tras otra (Paul Thomas Anderson, 2025) nos arroja a un espejo incómodo y frenético. Basada en la novela de Thomas Pynchon, Vineland, esta película no es un thriller de acción con un elenco estelar; es una sátira interesante que interroga el sentido mismo de la lucha, el peso de la herencia y las contradicciones morales de quienes pretenden cambiar el mundo.

Más allá de las persecuciones y el humor ácido, la película plantea una pregunta para nuestro tiempo: ¿qué queda de un ideal cuando la revolución termina, y qué legado, ético y emocional, transmitimos a quienes nos siguen?

La sátira del revolucionario convertido en padre “aburrido”

La premisa central ya es una parodia en sí. Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), un exintegrante del grupo French 75, vive ahora una vida anónima y aparentemente domesticada, preocupado por la crianza de su hija adolescente, Willa (Chase Infiniti). Anderson utiliza este contraste como un bisturí satírico: ¿acaso la máxima derrota del radical es convertirse en un padre responsable?

La película se burla de la romantización de la lucha armada al mostrarnos a su protagonista atrapado en las batallas cotidianas y banales, que resultan ser tan complejas como las ideológicas. Esta es la primera gran lección: la coherencia en lo pequeño, en lo privado, puede ser un campo de batalla más desafiante y auténtico que la épica revolucionaria. El film cuestiona si la verdadera resistencia no está, a veces, en construir algo (una familia, una vida tranquila) en un sistema que preferirías destruir.

El legado tóxico y la herencia de la lucha

La trama se desencadena cuando el pasado, en la figura del coronel Lockjaw (Sean Penn), llama a la puerta. Lockjaw no es un villano más; es la personificación burda del fanatismo ideológico convertido en obsesión personal y patética. Su cruzada contra Ferguson ya no tiene un propósito político claro; es puro resentimiento y racismo disfrazado de misión. Aquí, la sátira apunta a cómo las grandes narrativas de lucha (ya sean de “revolucionarios” o de “patriotas”) pueden degenerar en conflictos personales vacíos de sentido, pero llenos de violencia.

Frente a esto, la relación entre Bob y Willa representa el núcleo ético de la película. ¿Se hereda la obligación de luchar? ¿O se hereda, más bien, el trauma y el cansancio? Willa no pide ser parte de esta guerra. Ella encarna a una generación que recibe un mundo lleno de batallas ajenas sin terminar. La película argumenta, de forma conmovedora, que el legado más importante no es la ideología, sino la capacidad de elegir con autonomía, incluso si eso significa rechazar el camino de los padres. La esperanza, sugiere el filme, no está en ganar la guerra antigua, sino en permitir que la nueva generación defina sus propias batallas.

La crítica a las contradicciones y el “performance” de la rebeldía

Una batalla tras otra es magistral en mostrar la hipocresía en todos los frentes. Los revolucionarios del French 75 no son héroes puros; son desorganizados, egocéntricos y a veces bobos incompetentes. Las figuras de autoridad son bufones peligrosos. Esta sátira universal es un recordatorio ético crucial: toda posición de poder (incluso la que se gana al oponerse al poder) corre el riesgo de la corrupción y la contradicción.

Y aunque actualmente habitamos en un mundo donde la “autenticidad” es un valor de mercado, esta película nos muestra personajes cuyas identidades son performances: el exrevolucionario performando normalidad, el coronel performando patriotismo, la activista performando pureza ideológica.

Esto es un espejo para nuestra realidad, donde el activismo puede reducirse a gestos y fotografías para redes sociales y la indignación a un commodity más. Otra pregunta que emerge es: ¿cómo actuar con integridad en un sistema que absorbe y teatraliza hasta la rebeldía? La película no ofrece una respuesta fácil, pero insiste en que la autoconciencia de nuestras propias contradicciones es el primer paso.

También es importante destacar que en medio de esas contradicciones, la película retrata muy bien el trabajo de las redes de apoyo. Un punto que actualmente vemos en las sociedades: redes de apoyo a migrantes, a desplazados, a víctimas de genocidios, a mujeres e infancias vulnerables, entre otros grupos humanos. Estas redes de apoyo se tejen de manera amplia y surgen cuando más se necesitan. En la película, dichas redes son universos humanos que se ofrecen como espacios solidarios, confiables, amistosos, seguros y de apoyo incondicional. Es uno de los grandes méritos que esta película ofrece al público.

Conclusión: la ética del cuidado frente a la ética de la destrucción

Al final, el viaje de Bob Ferguson no es sobre ganar la batalla final contra Lockjaw. Es, en esencia, una transición de una “ética de la destrucción” (la lucha contra el sistema) a una “ética del cuidado” (la protección de su hija). Este giro es profundamente significativo. En filosofía moral, la ética del cuidado, asociada a pensadoras como Carol Gilligan, enfatiza las responsabilidades en las relaciones concretas, frente a abstracciones e ideales. La película sugiere que, en un mundo de ideologías fallidas, la responsabilidad hacia el otro/otra concreto (en este caso, la hija) puede ser el fundamento ético más sólido y revolucionario.

Una batalla tras otra logra, con su ritmo frenético y su tono entre cínico y conmovedor, lo que pocas obras contemporáneas: usar la sátira no para frivolizar, sino para profundizar. Nos deja con una idea incómoda pero esperanzadora, que quizá las batallas más necesarias no son las que se libran contra monstruos externos, sino las que libramos para construir algo digno de ser salvado en medio del caos.

Al final, en un mundo de batallas infinitas, elegir cuál vale la pena pelear (y, también, por quién) sigue siendo una de las preguntas éticas por excelencia y a su vez una de las preguntas más peligrosas que nos podemos hacer como humanidad.

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