La alquimia de la impunidad. Poder y dinero en el caso Epstein

Miguel Huerta

El caso del pedófilo y millonario Jeffrey Epstein revela la mecánica precisa de una alquimia moderna que bien podemos llamar como la conversión de dinero en poder, y de poder en impunidad. Esta no es solamente una historia de pedofilia y abuso a secas; es el manual de operaciones de una maquinaria donde la riqueza no sirve para comprar lujos, sino para adquirir algo más valioso y siniestro: la suspensión de la realidad moral y legal.

El dinero aquí no fue el motivo final, sino el combustible y la herramienta para construir un espacio social alternativo, una tierra independiente de lo jurídico donde los deseos más oscuros de la élite mundial pudieran realizarse sin consecuencias. Esta red operó bajo un axioma perverso: que todo, incluida la dignidad humana, tiene un precio, y que quienes poseen capital suficiente pueden pagar incluso por el derecho a transgredir las leyes fundamentales de la convivencia.

El poder que se exhibe en este caso es de un tipo particular; no es el poder político tradicional, visible y sujeto a rendición de cuentas, sino lo que el sociólogo Manuel Castells llamaría poder de la conexión en red. La isla privada, el jet, la mansión, no eran únicamente símbolos de riqueza; eran nodos de una topografía exclusiva, espacios aislados donde la ley ordinaria era reemplazada por la ley del anfitrión. Epstein actuó como un ingeniero de conexiones, tejiendo una red que unía magnates de las finanzas, políticos, académicos y científicos bajo el vínculo dual del favor social y el secreto compartido. El dinero construyó el escenario físico, pero fue la promesa de acceso a esa red (el capital simbólico de la figura) lo que atrajo y, potencialmente, silenció a muchos. En este ecosistema, el abuso no era un desliz personal; era el rito de iniciación y la moneda de cohesión de una cofradía tácita de multimillonarios (al estilo de Ojos bien cerrados de Kubrick). El poder residía precisamente en la interdependencia creada: todos conectados, todos potencialmente comprometidos, todos interesados en que la fachada permaneciera intacta, todos cubriéndose la espalda en ese pacto elitista.

Esta dinámica expone la falacia más peligrosa del liberalismo extremo: la idea de que el dinero es una fuerza neutral que, en un mercado libre, simplemente optimiza recursos. En la red Epstein, el dinero fue un arma de distorsión masiva de la realidad. Se usó para financiar una arquitectura legal ofensiva encarnada en ejércitos de abogados cuyo trabajo no era buscar justicia, sino fabricar obstáculos, desacreditar víctimas y negociar inmunidades. Se usó para corromper el proceso científico, mediante donaciones millonarias a universidades de prestigio que, a cambio, otorgaban respetabilidad intelectual a un depredador. Se usó, en definitiva, para externalizar el costo del crimen. Mientras las víctimas cargaban con el trauma infinito, los costos para los perpetradores y sus cómplices se limitaban a transacciones financieras que se materializaron en pagos por silencio, honorarios legales, o en donaciones filantrópicas reparadoras de imagen. El dinero permitió convertir un delito moral y penal en un mero problema de gestión de riesgos y relaciones públicas.

Pero quizá la función más perversa del dinero en este entramado fue la de crear una zona de ambigüedad moral calculada. La riqueza extravagante de Epstein, su aparente filantropía y sus conexiones de alto nivel actuaron como un cortina de humo epistemológica. Ante la duda (los rumores, las niñas que entraban y salían), el estatus económico y social generaba una presunción de inocencia o, al menos, de “excentricidad inofensiva”. La sociedad, e incluso algunas instituciones, sucumbieron a lo que podríamos llamar el sesgo de la credibilidad capitalizada: la tendencia a atribuir mayor veracidad, sofisticación e incluso moralidad a quienes poseen y exhiben una gran fortuna. El dinero, así, no sólo compraba silencio activo, sino que generaba escepticismo pasivo hacia los acusadores. La víctima real y pobre siempre es sospechosa de querer extorsionar; el magnate rico se considera, en cambio, “víctima” de un intento de manchar su legado (ejemplos son Trump y su séquito, Musk, la familia real inglesa, Salinas Pliego, Zedillo, Salinas de Gortari, Aznar, y un largo etcétera de millonarios).

Finalmente, el caso revela los límites del dinero para comprar lo único que, al final, importa: la verdad histórica, la justicia y reparación de las víctimas y la rendición de cuentas. Los archivos, como un ácido, están disolviendo esa alquimia. El dinero pudo retrasar la justicia durante décadas, pero no pudo borrar el rastro documental ni acallar para siempre la tenacidad de las víctimas y de periodistas obstinados. Sin embargo, la lección ética y política es sombría: vivimos en un mundo donde las estructuras de poder y los flujos de capital pueden crear bolsas de impunidad casi perfectas, que solo colapsan ante fallas sistémicas cataclísmicas o una acumulación improbable de obstáculos superados.

La respuesta a este caso, por tanto, no puede ser únicamente individual (encarcelar a los culpables), sino estructural. Exige desmontar la alquimia. Exige: 1) transparencia radical del capital opaco, para que las redes de influencia construidas con dinero no puedan ocultarse en paraísos fiscales y fideicomisos opacos; 2) una justicia inmune, financiada y diseñada para ser resistente a la presión de los poderes económicos; y 3) una devaluación social de la credibilidad comprada, cultivando en la cultura pública un escepticismo saludable hacia el poder que emana únicamente de la riqueza. El legado más tóxico de la red Epstein, además de los crímenes y sus redes de millonarios involucrados, es la demostración de que nuestra sociedad aún tiene circuitos donde el dinero puede, temporal pero eficazmente, anular la conciencia, corromper la ley y negar la humanidad de las personas más débiles. Recordar esto no es pesimismo; es el primer paso necesario para construir defensas más robustas. Porque una civilización se juzga, precisamente, por su capacidad para impedir que la riqueza de unos pocos se convierta en la sentencia de injusticia para la mayoría.

Deja un comentario