Miguel Huerta
Imagina por un momento que eres Tony Stark. Tienes recursos ilimitados, tecnología de punta y la capacidad de cambiar el mundo. Pero en lugar de eso, decides usar tu poder para asfixiar económicamente a una pequeña isla, prohibir que reciba medicinas y sancionar a cualquiera que intente ayudarla. Suena al guion de un villano de segunda, ¿verdad? Pues bienvenidos al bloqueo de Estados Unidos contra Cuba, la sanción más larga de la historia moderna y, quizá, uno de los mayores fracasos éticos de nuestro tiempo.
Desde la izquierda solemos defender la autodeterminación de los pueblos. Es un principio sagrado: cada nación tiene derecho a construir su propio camino, incluso si desde fuera consideramos que se equivoca. Aquí es donde el bloqueo se convierte en una medida política y sobre todo en una violación filosófica. No se trata de discutir si el modelo cubano es perfecto, ninguno lo es, sino de reconocer que al asfixiar a Cuba no se la está “salvando” ni “liberando”. Se la está castigando por atreverse a decir “no”. Es como si en Juego de Tronos, los Lannister además de querer todo el poder, prohibieran la venta de trigo y medicinas a Desembarco del Rey durante décadas. El castigo desproporcionado deja de ser estrategia y se convierte en crueldad sistémica.
Una de las grandes victorias del bloqueo para quienes están detrás de ello ha sido la lingüística. Llamarlo “embargo” o “sanción” suaviza su naturaleza real. No es una simple restricción comercial; es un cerco total que persigue barcos, congela cuentas y amenaza a terceros países. Es, en esencia, una guerra económica. Y la guerra económica no mata con bombas, pero mata: mata por falta de insulina, por herramientas que no llegan, por equipos de rayos X que no se pueden reparar porque la pieza de repuesto es “made in USA”. Aquí la cultura nos da una metáfora perfecta, encarnada en George Orwell. En su novela 1984, el Gran Hermano no necesita matar a todos; le basta con borrar la historia y controlar el lenguaje. Llamar “embargo” a un bloqueo es ese ejercicio de neolengua: suena a medida administrativa, pero es condena sanitaria.
También una de las narrativas más perversas del bloqueo es presentar a Cuba únicamente como un receptor de ayuda, un país pobre que necesita ser rescatado. Y sí, la isla tiene carencias graves, pero ocultar lo que Cuba da al mundo es amputar la historia. Durante la pandemia de COVID-19, mientras las naciones ricas acaparaban vacunas, Cuba desarrollaba las suyas propias y enviaba brigadas médicas a Italia, Andorra o Sudáfrica. ¿Cuántos países bajo bloqueo son capaces no solamente de sobrevivir, sino de salvar vidas en el exterior? Ahí reside la gran lección ética para la izquierda global: Cuba no es un museo de la revolución; es un laboratorio vivo de resistencia. Y mientras tanto, el bloqueo sigue operando como una herida profunda: no destruye de golpe, pero debilita constantemente. Cuba sin acceso al comercio internacional se agota, pero no cae.
Si eres de izquierda, seguramente militas a favor de los derechos humanos y contra el racismo, el clasismo o el cambio climático. Pero ¿militas contra el bloqueo? Porque este también es una cuestión de clase: el bloqueo no distingue entre un burócrata del Partido y un campesino en La Habana, Santiago, Matanzas o Guantánamo. Golpea primero a las y los más vulnerables, como siempre. Y sin embargo, durante décadas, amplios sectores progresistas han mirado hacia otro lado, asumiendo que “esa es una pelea de cubanos”. No lo es. Es una pelea contra la extraterritorialidad de las leyes de un imperio. Es una pelea por la soberanía de los pequeños. Es, sobre todo, una pelea por la coherencia, pues es una convicción personal y de izquierda que no se puede defender la justicia social puertas adentro y permitir el asedio económico puertas afuera.
El bloqueo no es sólo una disputa entre dos países. Tampoco es culpa de Cuba esa realidad que padece. Es un síntoma de un orden mundial que considera legítimo castigar a quienes desafían sus mandatos. Es la prueba de que, para el poderoso, la democracia y los derechos humanos son herramientas selectivas. Levantar el bloqueo no convertirá a Cuba en un paraíso ni resolverá todos sus problemas. Pero devolverá al pueblo cubano algo fundamental: el derecho a decidir su futuro sin un pie en el cuello. En tiempos donde la cultura nos enseña que la humanidad se define por sus elecciones, quizá ha llegado el momento de que la comunidad internacional deje su papel pasivo y secundario y elija, por fin, el camino de la justicia.
¡Viva Cuba!