El derecho de vivir en paz

Miguel Huerta

Ante el imperialismo, defensa. Ante el poder, humanidad. Ante el terror, alegría. Ante el fascismo, lucha, resistencia y revolución. Esta consigna, que bien pudo haber sido escrita por la voz desgarrada y comprometida de Víctor Jara, resuena hoy con la misma urgencia que en aquellos días de 1973, cuando el cantautor chileno tomó su guitarra para enfrentarse a la barbarie. Víctor Jara, cuyas manos fueron mutiladas por la dictadura chilena antes de asesinarlo, comprendió que el derecho a vivir en paz no es un regalo que se otorga, sino una conquista que se defiende cada día. Sus canciones no fueron simplemente melodías; fueron trincheras éticas desde las cuales se cantaba para no olvidar que la paz no es la ausencia de ruido, sino la presencia de justicia.

Vivir en paz parece, a primera vista, un deseo tan universal como incontrovertible. Sin embargo, cuando examinamos este derecho desde la filosofía política, descubrimos que su aparente simplicidad esconde profundas tensiones. ¿Qué paz es aquella que se construye sobre la aceptación de la desigualdad? ¿Puede llamarse pacífica una sociedad que garantiza la tranquilidad de unxs a costa del sufrimiento de otrxs? La historia nos demuestra que los poderes hegemónicos han invocado constantemente la paz para justificar la represión, para silenciar a quienes denuncian la injusticia, para mantener intacto un orden que beneficia a pocos mientras excluye a la mayoría (ejemplo muy actual y profundamente inaceptable es el “plan de paz” para Gaza expuesto por Trump y sus aliados). El derecho de vivir en paz se convierte entonces en un campo de batalla semántico donde se disputa su auténtico significado.

Desde una perspectiva ética, el derecho de vivir en paz implica necesariamente el reconocimiento del otro/otra como un ser digno, portador de derechos que no requieren de concesión sino respeto. No se trata simplemente de coexistir, sino de construir una existencia compartida donde la diferencia no sea amenaza sino posibilidad. Esto exige una profunda transformación de nuestras estructuras sociales y económicas, pues difícilmente puede hablarse de paz cuando millones de personas carecen de acceso a la salud, la alimentación, la educación o una vivienda digna. La paz que no combate la desigualdad es una paz cómplice, un silencio que encubre la violencia estructural.

Víctor Jara cantaba sobre el derecho de vivir en paz cuando las balas aún no habían silenciado su voz, pero ya el fascismo mostraba sus garras en América Latina. Su legado nos recuerda que la paz no es pasividad, que el pacifismo no debe confundirse con la indiferencia. Hay ocasiones en que la ética nos exige alzar la voz, organizarnos colectivamente, resistir frente a quienes pretenden reducir nuestra humanidad a cifras en un balance económico o a votos en una urna manipulada. La paz verdadera es dinámica, creativa, rebelde. No se conforma con la ausencia de guerra, sino que trabaja incansablemente por la presencia de la dignidad.

El derecho de vivir en paz nos enfrenta también a preguntas sobre nuestra responsabilidad individual y colectiva. ¿Somos meros espectadores de un mundo que se desgarra cotidianamente o reconocemos que nuestras decisiones cotidianas, lo que consumimos, a quién votamos, qué discursos reproducimos, configuran realidades de paz o de violencia? La filosofía nos invita a abandonar la comodidad del observador neutral para convertirnos en agentes éticos que asumen el compromiso indeclinable con la justicia. No hay paz posible allí donde reina la indiferencia.

Asistimos hoy a una escalada global de discursos de odio, de militarización de la vida cotidiana, de concentración obscena de la riqueza mientras las mayorías sobreviven precariamente. En este contexto, reivindicar el derecho de vivir en paz es necesariamente un acto subversivo. Es negarse a aceptar que la guerra sea el estado natural de la humanidad. Es afirmar, contra toda evidencia empírica, que otro mundo no solo es posible sino necesario. Como enseñaba Jara, la cultura, el arte y el pensamiento crítico son armas cargadas de futuro, herramientas para desmontar los relatos que naturalizan la dominación.

Finalmente, el derecho de vivir en paz nos obliga a pensar en las generaciones venideras. ¿Qué mundo estamos legando a quienes nos sucederán? ¿Les dejamos un planeta devastado, instituciones vaciadas de sentido, una democracia reducida a su carcasa procedimental? La responsabilidad intergeneracional es quizá la dimensión más olvidada de la ética contemporánea. Construir la paz es también plantar árboles bajo cuya sombra no esperamos sentarnos, es luchar por libertades que quizá no alcancemos a disfrutar plenamente.

La consigna que abrió este texto no es una declaración ingenua, sino un programa ético. Defender la vida frente al imperio, oponer humanidad al poder desbocado, responder al terror con la alegría indomable de quienes saben que la muerte no tiene la última palabra, combatir el fascismo con organización y ternura revolucionaria. Víctor Jara comprendió que la guitarra es también un instrumento de combate, y que cantar en tiempos oscuros es una forma de mantener encendida la memoria del futuro. Su legado nos interpela: el derecho de vivir en paz no se decreta, se construye cada día con la certeza de que, como él escribió, “es el canto universal, cadena que hará triunfar”.

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