Miguel Huerta
La primera temporada de True Detective (HBO, 2014) nos regaló una de las metáforas más precisas sobre el funcionamiento del poder que ha dado la ficción contemporánea. La poderosa familia Tuttle, con sus escuelas, sus iglesias y su influencia política, construyó durante décadas un mecanismo perfecto de impunidad: protegían a los depredadores, silenciaban a las víctimas y, cuando la investigación apretaba, activaban sus contactos en el gobierno o en el departamento de policía para que todo quedara en nada.

Lo más inquietante de aquella trama no era la existencia del monstruo ejecutor Errol Childress, sino la certeza de que sin la red de los Tuttle, Childress habría sido atrapado en su primer asesinato. La serie nos confrontaba con una verdad ética incómoda: el mal no opera solo, necesita de estructuras de poder que lo cobijen, lo financien y lo justifiquen. Y esa verdad, que en 2014 podíamos consumir como entretenimiento de calidad, ha regresado ahora con la fuerza de lo real a través de los archivos Epstein.
Lo que estamos presenciando con la publicación gradual de estos documentos es exactamente el mismo mecanismo, pero trasladado del pantano de Luisiana a las altas esferas de la política global. La red que protegía a Jeffrey Epstein no era una secta marginal, sino un entramado de multimillonarios, jefes de Estado, premios Nobel y miembros de la realeza que compartían vuelos, propiedades y, según los testimonios y los correos filtrados, un desprecio común por la dignidad de las jóvenes a las que consideraban mercancía. Cuando leemos fragmentos como “encontré al menos a tres jóvenes pobres muy buenas” escritos por personas con poder real sobre economías y naciones, entendemos que el problema no es la patología individual de un financiero excéntrico, sino la existencia de una cultura de élite que normaliza la depredación como un privilegio más del estatus. La ética, en esos círculos, deja de ser un marco de obligaciones universales para convertirse en un lujo que los poderosos pueden permitirse ignorar.
Quizá lo más revelador de este proceso, y lo que conecta de forma más profunda con la reflexión filosófica, es la coreografía de la impunidad que vemos desarrollarse en tiempo real. El gobierno estadounidense publica los archivos, sí, pero los publica con censuras que los propios legisladores denuncian como injustificadas, con nombres de hombres poderosos tachados sin explicación, con documentos que han sido filtrados de tal manera que las revelaciones importantes se diluyen en un mar de burocracia. Es el mismo movimiento que hacía el personaje Billy Lee Tuttle cuando creaba su grupo de trabajo para “ayudar” a la investigación: la apariencia de cooperación como la forma más sofisticada de obstrucción. Mientras tanto, las consecuencias reales siguen un patrón geográfico revelador. En Europa, políticos y aristócratas han tenido que disculparse públicamente o han visto sus carreras destruidas; en Estados Unidos, los nombres que aparecen en los archivos continúan ocupando posiciones de poder, asistiendo a actos públicos y, en algunos casos, postulándose nuevamente a puestos políticos. La justicia, parece decirnos este espectáculo, no es ciega: tiene direcciones preferentes y sabe perfectamente qué caminos no debe transitar.
Desde una perspectiva ética, el caso Epstein y su desarrollo posterior nos obligan a enfrentar una pregunta: ¿qué significa realmente la justicia cuando el poder puede gestionar su propia persecución? En True Detective, Rust Cohle (Matthew McConaughey) y Marty Hart (Woody Harrelson) logran matar a Errol Childress, pero la cámara, en esos minutos finales, nos recuerda que los verdaderos responsables, los hombres del video snuff (capítulo 7), los que financiaban y participaban en los rituales, nunca serán identificados. La serie termina con una victoria personal, pero con una derrota estructural. Algo muy similar está ocurriendo ahora: algunos nombres han sido sacrificados al escrutinio público, algunas carreras se han hundido, pero la red que permitió que Epstein operara durante décadas sigue intacta, sigue protegiendo a los suyos, sigue censurando los nombres que podrían llevar la investigación a lugares verdaderamente incómodos. La justicia se convierte así en un espectáculo, en un simulacro que satisface la demanda social de transparencia mientras garantiza que el orden fundamental permanezca inalterado.
Y tal vez sea esa la lección más perturbadora que nos deja este episodio de nuestra historia reciente. Durante años, la filosofía política ha debatido si las democracias liberales contienen mecanismos de autocorrección suficientes para enfrentar los abusos del poder. Los archivos Epstein, con sus páginas censuradas y sus revelaciones dosificadas, parecen inclinar la balanza hacia el escepticismo. El poder, cuando alcanza cierta magnitud, desarrolla una capacidad casi orgánica para protegerse a sí mismo, para absorber los golpes sin perder su estructura fundamental, para presentar como transparencia lo que es, en realidad, una gestión calculada del daño. Como en Carcosa, el laberinto sigue ahí, y el Rey Amarillo sigue sonriendo desde el centro, sabiendo que por cada Childress que cae, hay cien Tuttle esperando en las sombras para ocupar su lugar. La diferencia, quizá, es que ahora nosotrxs, espectadorxs de esta temporada que no termina, hemos aprendido a mirar más allá de los nombres censurados y a reconocer la verdadera naturaleza del monstruo, que sigue ahí, en la oscuridad.