Miguel Huerta
Introducción: cuando la tierra tiene voz
En un mundo saturado de imágenes apocalípticas y discursos ecologistas vacíos, el cine tiene la capacidad única de devolverle el rostro humano a la crisis ambiental. La reserva (2025), del director mexicano Pablo Pérez Lombardini, no es simplemente una película sobre la tala ilegal en Chiapas; es un tratado visual sobre la ecología y una exploración profunda de lo que ocurre cuando el extractivismo desenfrenado choca contra la cosmovisión de una comunidad que se concibe a sí misma como parte del bosque.

Esta obra se presenta como un caso de estudio indispensable sobre la justicia social, el bien común y la necesidad de ampliar nuestra comunidad moral para incluir a lo no humano.
La comunidad como sujeto político
La película nos presenta a Julia, una guardabosques chiapaneca. Ella no lucha únicamente por una convicción personal, sino porque su identidad está tejida con la tierra que pisa. Sus ancestros habitaron esa selva, y su ética no es una construcción racional abstracta, sino una memoria corporal, transmitida por generaciones. Desde una perspectiva ética, esto desafía el liberalismo clásico que entiende la justicia únicamente como un contrato entre individuos autónomos. La comunidad de Julia opera bajo una lógica de interdependencia: el bienestar de la persona es inseparable del bienestar de la selva y del tejido social. Cuando los talamontes llegan, no solo están cortando árboles; están rompiendo un pacto comunitario milenario. La injusticia, por tanto, es doble: es ecológica y es social, pues atenta contra la estructura misma que da sentido a la vida de esas personas. La película nos obliga a preguntarnos: ¿puede existir la justicia social sin justicia ambiental?
La tala como rostro de la injusticia
La empresa maderera en la cinta no es un villano de caricatura, sino la encarnación de una lógica económica que el filósofo Byung-Chul Han podría describir como la “sociedad del rendimiento” llevada a su extremo depredador. Es una lógica que solo ve recursos donde hay territorios, y plusvalía donde hay cultura. La película expone con crudeza cómo la corrupción política y el crimen organizado se alían para silenciar a quienes defienden lo común.
Aquí, la injusticia social se manifiesta en la criminalización de la defensa del territorio. Julia pasa de ser una guardiana a una fugitiva en su propia tierra. La película plantea una pregunta incómoda: ¿qué legitimidad tiene un Estado que protege por la fuerza a quienes destruyen el bien común (los bosques, el agua, el aire) y abandona a quienes lo protegen? Este es el núcleo de la injusticia socioambiental que La Reserva denuncia con pulso de thriller.
Hacia una ética de la tierra
Si bien la justicia comunitaria es el eje central, la película da un paso más allá, adentrándose en el terreno de la ecología profunda. A través de su fotografía, que convierte a la selva Lacandona en un personaje más, Lombardini nos invita a adoptar lo que el conservacionista Aldo Leopold llamó una “Ética de la tierra”: ampliar los límites de la comunidad para incluir suelos, aguas, plantas y animales. En La reserva, los árboles no son meros objetos estéticos; son archivos vivientes de la historia comunitaria, hogares de especies, reguladores del clima. Su caída no es únicamente un delito ambiental, es un asesinato simbólico de la memoria. La película nos confronta con el antropocentrismo que subyace a nuestras leyes y nuestra moral. Al mostrar el sufrimiento de la selva en paralelo al sufrimiento y violencia que padece Julia, la narrativa sugiere que la justicia no estará completa hasta que reconozcamos que la naturaleza tiene derechos. No por lo que nos da (servicios ecosistémicos), sino por lo que es.
Conclusión: una ontología de la resistencia
La reserva es, en esencia, un ensayo sobre la resistencia. Nos recuerda que defender el territorio es defender una forma de estar en el mundo. En una época de crisis climática, la película nos conmueve y nos interpela: ¿de qué lado estamos? ¿Del lado de la lógica extractivista que ve el mundo como un almacén de recursos, o del lado de las comunidades que entienden la tierra como madre, como hogar y como sujeto de derechos?
Para quien mira con atención a la ética, la película deja una lección imborrable: la justicia social del siglo XXI será inevitablemente una justicia ecológica, o no será. En el coraje de Julia vemos el germen de una nueva y a la vez antiquísima forma de hacer política: aquella que pone en el centro la vida, en todas sus formas. Es, sin duda, una de las obras mexicanas más urgentes de nuestra década, no solamente por su calidad cinematográfica, sino por la pregunta que siembra en la conciencia de quien la ve.