La empatía frente a la migración (Shakespeare y «los extranjeros»)

Miguel Huerta

Hay momentos en la historia de la literatura en los que un texto parece trascender su tiempo y se convierte en un espejo incómodo del presente. El monólogo atribuido a Shakespeare en la obra Sir Thomas More es uno de esos casos. Escrito hace más de cuatro siglos, este discurso que Sir Thomas More dirige a una multitud enfurecida contra los inmigrantes en Londres no sólo conserva su vigencia, sino que interpela directamente nuestras discusiones contemporáneas sobre fronteras, identidad y pertenencia. Lo fascinante del texto no reside únicamente en su origen, en esas tres páginas manuscritas que muchos expertos consideran el único testimonio de la letra de Shakespeare en una obra teatral, sino en la profunda lección de filosofía moral que encierra: la empatía entendida no como un sentimiento piadoso, sino como el fundamento mismo de la vida en común.

A continuación presentamos el monólogo:


Monólogo de Sir Thomas More (Atribuido a William Shakespeare)

Contexto: Thomas More se dirige a una multitud enfurecida que exige la expulsión de los inmigrantes («extranjeros») de Londres.

Concédanme que los expulsan, y concedan que este su alboroto
Ha acallado a la fuerza toda la majestad de Inglaterra;
Imaginen que ven a los pobres extranjeros,
Con sus bebés en las espaldas y su escaso equipaje,
Arrastrándose hacia los puertos y costas para su destierro,
Y que ustedes se sientan como reyes en sus deseos,
La autoridad enmudecida por completo ante su gresca,
Y ustedes, envueltos en el orgullo de sus opiniones;
¿Qué habrían ganado? Se los diré: habrían enseñado
Cómo deben prevalecer la insolencia y la fuerza bruta,
Cómo debe ser aplastado el orden; y siguiendo este ejemplo,
Ni uno solo de ustedes llegaría a ser un hombre de edad,
Porque otros matones, según se les antojara,
Con la misma mano, las mismas razones y el mismo derecho,
Se abalanzarían sobre ustedes, y los hombres, como peces voraces,
Se devorarían unos a otros .

Digan ahora que el rey
(Que es clemente, si el ofensor se arrepiente)
Se quedara tan corto ante su gran pecado
Que sólo los desterrara: ¿hacia dónde irían?
¿Qué país, por la naturaleza de su delito,
Les daría cobijo? Vayan a Francia o a Flandes,
A cualquier provincia alemana, a España o Portugal,
No, a cualquier lugar que no se aferre a Inglaterra.
Pues entonces ustedes serían los extranjeros: ¿les complacería
Encontrar una nación de temperamento tan bárbaro,
Que, estallando en horrible violencia,
No les ofreciera un hogar en la tierra,
Que afilara sus detestados cuchillos contra sus gargantas,
Los pateara como a perros, y como si Dios
No los hubiera creado ni fuera su dueño, y como si los derechos
No fueran para el bienestar de todos,
Sino que estuvieran reservados sólo para ellos,
¿Qué pensarían si los trataran así?
Este es el caso del extranjero;
Y esta, su montaraz inhumanidad .


El mecanismo retórico que emplea el personaje es tan sencillo en su planteamiento como devastador en sus implicaciones. No intenta apelar a la autoridad, ni a la ley, ni siquiera a un principio religioso abstracto. En lugar de ello, invita a sus interlocutores a un ejercicio de imaginación moral: «Digan ahora que el rey […] sólo los desterrara: ¿hacia dónde irían?». Con esta pregunta, More desactiva la ilusión de superioridad que alimenta el discurso xenófobo. Recuerda a la turba que su condición de ingleses no es una propiedad intrínseca e inalienable, sino una circunstancia contingente que podría revertirse en cualquier momento. La fuerza del argumento reside en su capacidad para disolver la frontera entre «nosotros» y «ellos», mostrando que la categoría de extranjero no designa una esencia, sino una posición relativa que cualquier persona podría ocupar. Esta inversión de perspectivas constituye un ejercicio filosófico de primer orden: la exigencia de universalizar el propio punto de vista, de someter los propios juicios a la prueba de la reciprocidad.

Lo notable del discurso es que More no niega los miedos o las frustraciones de la multitud. No descalifica sus emociones ni las trata como irracionales. En lugar de ello, las toma en serio y las lleva hasta sus últimas consecuencias. «¿Les complacería encontrar una nación de temperamento tan bárbaro, que, estallando en horrible violencia, no les ofreciera un hogar en la tierra, que afilara sus detestados cuchillos contra sus gargantas?». La pregunta no es retórica en el sentido vacío del término: exige una respuesta sincera, una toma de conciencia. Al obligar a la turba a imaginarse a sí misma como víctima de la misma violencia que están a punto de perpetrar, More revela la contradicción performativa en la que incurren. No se puede reclamar para uno mismo un trato que se niega a los demás sin destruir el fundamento mismo de cualquier comunidad ética.

Esta lección adquiere una densidad filosófica aún mayor cuando consideramos el contexto histórico en el que fue escrita. La Inglaterra isabelina era ya una sociedad profundamente heterogénea, atravesada por tensiones religiosas, económicas y nacionales. Los «extranjeros» a los que se refiere la obra eran principalmente refugiados protestantes que huían de la persecución en los Países Bajos y Francia. Shakespeare, o quienquiera que escribiese estas líneas, no vivía en una torre de marfil ajena a los conflictos de su tiempo, sino en el corazón de una ciudad donde la convivencia intercultural era una realidad cotidiana y conflictiva. Su respuesta a esa conflictividad no fue la exaltación de una pureza identitaria imaginaria, sino la afirmación de una humanidad compartida que precede y fundamenta cualquier pertenencia particular.

La expresión con la que cierra el discurso en nuestra traducción («montaraz inhumanidad»), condensa toda la potencia crítica del texto. El adjetivo «montaraz» evoca lo salvaje, lo incivilizado, aquello que vive fuera de los límites de la ciudad y, por tanto, fuera de los límites de la ley y la comunidad política. Al aplicarlo a la actitud de quienes se consideran a sí mismos defensores del orden y la pertenencia, More invierte completamente los términos del debate. La verdadera barbarie no habita del otro lado de la frontera, sino en el corazón de quienes niegan al extranjero el reconocimiento que exigen para sí mismos. La inhumanidad no consiste en ser diferente, sino en tratar al diferente como si no mereciera el mismo respeto y la misma protección que uno reclama para los suyos.

Lo más sobrecogedor de este monólogo, al escucharlo en la voz de Ian McKellen o al leerlo en la tranquilidad de nuestro hogar, es comprobar cómo los argumentos que refuta siguen siendo exactamente los mismos que circulan hoy en los debates públicos sobre migración. Las mismas apelaciones al orden, la misma retórica de la invasión, el mismo miedo a la disolución de una identidad que se imagina pura y amenazada, la misma violencia con la que se recibe a quien migra. Shakespeare no necesitaba conocer los términos del debate contemporáneo para desmontar su lógica, porque esa lógica no es nueva: es la tentación recurrente de resolver la complejidad de la convivencia mediante la exclusión de quien creemos diferente. Frente a ella, el dramaturgo no opone un programa político ni una doctrina cerrada, sino una exigencia ética tan simple como radical: imaginar al otro/otra como uno mismo, reconocer en su rostro la misma humanidad que reclamamos.

En un tiempo donde las fronteras se blindan y los discursos de odio encuentran eco en las más altas instancias, traer a la memoria estas palabras escritas hace más de cuatrocientos años no es un ejercicio de erudición nostálgica, sino un acto de sincera y humilde humanidad. Porque la filosofía moral, cuando alcanza la crítica social y busca justicia, no consiste en acumular argumentos eruditos, sino en recordarnos lo que ya sabemos pero preferimos olvidar: que la humanidad no se hereda, se reconoce; que la pertenencia no es un privilegio que se concede, sino una condición que se comparte; y que la verdadera barbarie no es la del que llega, sino la de quien cierra la puerta al que llama.

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