Miguel Huerta
En The Truman Show (1998), el protagonista vive convencido de que el mundo que le rodea es real. Cada noticia, cada conversación, cada puesta de sol está diseñada por una productora invisible cuyo único interés es mantenerlo dentro del set. Cuando el personaje Truman (Jim Carrey) comienza a notar las grietas (una lámpara que cae del cielo, un actor que improvisa mal) no lo llaman iluminado, lo llaman loco. Esta película, y su mensaje, ha envejecido mejor que cualquier análisis académico sobre libertad de información. Hoy, la productora que construye nuestra realidad no tiene nombre en los créditos: se llama Comcast, Meta, Google, Paramount, o simplemente Elon Musk. Y lo inquietante no es sólo que existan, sino que operan en un escenario donde la diferencia entre el poder corporativo y el poder político se ha vuelto indistinguible.
La concentración mediática en Estados Unidos ha alcanzado dimensiones que habrían resultado inimaginables hace apenas dos décadas. Siete corporaciones controlan más de un centenar de cadenas de televisión. La empresa Paramount (sionista y de derecha extrema) posee CBS, Nickelodeon, MTV, Paramount Pictures y franquicias como Misión Imposible o Star Trek. Las mismas personas se sientan en los consejos de administración de varias de ellas simultáneamente, convirtiendo la supuesta pluralidad del mercado en una ilusión bien vestida. Ya la filosofía del siglo XX ha advertido que el totalitarismo no necesita censores con uniforme, basta con que la realidad sea fabricada con suficiente consistencia para que nadie imagine que podría ser de otra manera. Lo que en el siglo XX requería un Estado, en el XXI lo logra un algoritmo.
El caso más elocuente de esta nueva forma de poder no es estrictamente mediático: es una constelación de satélites. Starlink, la red de comunicaciones de SpaceX, representa hoy el 65% de todos los satélites activos en órbita, imaginemos esa magnitud y poder que representa. Cuando inició la guerra entre Rusia y Ucrania, Starlink se convirtió en la columna vertebral de las comunicaciones militares ucranianas. Pero Elon Musk decidió limitar su cobertura en determinadas zonas operativas, alterando el curso de la contraofensiva. Un individuo privado, sin mandato democrático de ningún tipo, movió las piezas de una guerra. George Orwell en 1984 imaginó al Gran Hermano como una entidad gubernamental; nunca consideró que el Gran Hermano podría cotizar en bolsa y tener cuenta en una red social de su propiedad.
Paralelamente, asistimos a una reconfiguración del panorama mediático tradicional donde las operaciones financieras revelan la verdadera naturaleza del poder narrativo. La fusión de Paramount con Skydance no es una mera transacción empresarial. Se aprobó después de que Paramount alcanzara un acuerdo extrajudicial de dieciséis millones de dólares con Donald Trump (con dinero del gobierno, para ser más claros) para zanjar una demanda relacionada con la edición de una entrevista a Kamala Harris. La presión del gobierno sobre la Comisión Federal de Comunicaciones para aplicar la normativa de “tiempo igualitario” había puesto a la cadena CBS, propiedad de Paramount, contra las cuerdas. El resultado es una fusión condicionada por intereses políticos, donde el relato se pliega a quien tiene la capacidad de aprobar o tumbar operaciones millonarias. Mientras tanto, la Comisión Federal de Comercio investiga a Apple News por presunto sesgo conservador, en una batalla donde la censura se acusa desde todos los frentes y nadie parece dispuesto a reconocer que el problema de fondo no es quién censura, sino que exista quien pueda hacerlo.
Este fenómeno trasciende las fronteras estadounidenses con la naturalidad de quien no necesita pasaporte. La cultura global consume narrativas fabricadas en Hollywood, en Silicon Valley, en las salas de servidores de Seattle. Cincuenta millones de estadounidenses ya no tienen acceso a noticias locales, pero su vacío informativo es llenado por las grandes plataformas nacionales. Cuando eso se exporta al mundo en desarrollo, el efecto es aún más corrosivo: los países que dependen de Starlink para su infraestructura digital han cedido, sin debate parlamentario ni referéndum, una parte de su soberanía a una empresa privada extranjera. Las agencias de noticias internacionales (tipo AP, AFP, Reuters) deciden qué merece ser historia y qué queda fuera del mapa. Esto no es periodismo, es cartografía del poder. En Brasil y México, lxs cineastas independientes ven cómo se encoge el espacio para sus películas porque los gigantes del streaming ya no compiten por contenido local; en Australia, el gobierno legisla para obligar a Google y Facebook a pagar por las noticias que utilizan; en Francia, los periodistas se organizan en cooperativas para no depender de los grandes grupos.
Y en el vacío que deja el periodismo que desaparece crece como una mala hierba el contenido generado por inteligencia artificial. Más de mil doscientos sitios web se hacen pasar por medios creíbles cuando en realidad son granjas de clicks sin alma, sin ética, sin periodistas. Es como si la caverna de Platón se hubiera digitalizado, pues ya no vemos sombras proyectadas por una hoguera, sino sombras generadas por algoritmos que aprendieron de nuestras sombras anteriores y ahora producen sombras nuevas, sombras que parecen más reales que la realidad.
En Los juegos del hambre (2012), el Capitolio controla no solamente los alimentos, sino también las imágenes, los discursos, los recuerdos. La diferencia es que allí lxs ciudadanxs sabían quién era el enemigo, mientras que aquí el enemigo se disfraza de recomendación personalizada, de contenido sugerido para ti, de tendencias que nadie decidió pero que todxs siguen. El pan y el circo ya no se reparten en el Coliseo, se sirven en la pantalla del móvil, perfectamente empaquetados para que no tengamos que masticar, sino solamente tragar.
Ya en Grecia, Platón describió a prisioneros encadenados que confundían las sombras proyectadas en una pared con la realidad. Nuestra caverna contemporánea tiene mejores gráficos, un feed personalizado, una burbuja de confirmación construida por aprendizaje automático, una propuesta de contenido diseñada no para informarnos sino para mantenernos dentro del sistema el mayor tiempo posible. Netflix sabe lo que verás antes de que tú lo sepas. TikTok conoce tu estado emocional mejor que tu familia, pareja o amistades. Y quien controla el algoritmo controla qué sombras se proyectan en la pared. La pregunta que me hago ya no es si somos libres, sino si sabemos que no lo somos. Porque cuando The Washington Post despide a más de trescientos periodistas y cierra corresponsalías, no es sólo Estados Unidos el que pierde capacidad de fiscalizar el poder, somos todxs los que nos quedamos sin esa mirada externa que alguna vez sirvió para que sociedades con menos libertad de prensa pudieran asomarse a sus propias realidades e inquietudes.
No obstante, sería deshonesto presentar este diagnóstico sin sus antídotos. La resistencia existe, y adopta formas más interesantes que el utopismo tecnológico de los años noventa. Las redes descentralizadas como Mastodon, Bluesky y PeerTube, entre otras, proponen una arquitectura donde ningún propietario único puede dictar las reglas del juego. Son imperfectas, minoritarias, y no están exentas de reproducir sus propias dinámicas de poder. Pero representan un principio filosófico crucial: que la infraestructura del discurso público no puede pertenecer a nadie. La palabra tiene que ser res publica, cosa de todxs, o deja de ser libre. La Unión Europea ha sido el laboratorio regulatorio más audaz frente a estos monopolios. Su Ley de Mercados Digitales obliga a las plataformas dominantes a abrir sus sistemas, compartir datos y actuar con transparencia publicitaria. En marzo de 2025 ordenó a Apple abrir la conectividad de sus dispositivos a terceros. No es una revolución, pero es un reconocimiento institucional de que estas empresas ya no son simples negocios sino infraestructura pública disfrazada de empresa privada. Y a la infraestructura pública se le exigen responsabilidades públicas (Mazzucato es una gran defensora de estas ideas y del uso del dinero gubernamental sobre estas tecnológicas en su libro El valor de las cosas, por ejemplo).
Pero la regulación, por necesaria que sea, llega siempre tarde. La verdadera resistencia es epistémica antes que legal. Se trata de recuperar la capacidad de preguntarse quién produce esta información, con qué interés, y qué queda fuera del encuadre. En la serie Breaking Bad, Walter White comprende que el problema no es el crimen organizado, es la narrativa que le permite a la sociedad fingir que no existe. Hoy, el poder mediático opera con una lógica similar, ya que no niega la realidad, sino que la encuadra. Y cambiar el encuadre requiere ciudadanxs que hayan aprendido a mirar los bordes de la pantalla. Porque al final, lo que está en juego no es sólo la pluralidad informativa, sino la posibilidad misma de la democracia. Una democracia sin ciudadanxs informadxs es un cascarón vacío, un decorado de cartón piedra donde se representan elecciones pero no hay deliberación, donde se cuentan votos pero no hay debate, donde se proclama la libertad de expresión pero todxs repiten el mismo guion. Y cuando el guion lo escriben cuatro empresas que responden a intereses políticos cruzados, cuando las redacciones se vacían y los algoritmos se llenan, cuando lo que no se dice en Nueva York no existe en Buenos Aires ni en Madrid ni en Ciudad de México, entonces la caverna deja de ser una metáfora y se convierte en el único mundo posible.
La cuestión última es profundamente ética: ¿quién tiene derecho a controlar el relato colectivo de una sociedad? No se trata de un debate técnico sobre algoritmos ni de un litigio antimonopolio. Es una pregunta sobre legitimidad, sobre quién otorgó a un puñado de corporaciones y multimillonarios la autoridad para decidir qué existe y qué no en el espacio público. La democracia liberal asumió que la libertad de prensa sería garantizada por la competencia entre múltiples actores. Esa competencia ya no existe. Y cuando el mercado falla como mecanismo de pluralismo, la filosofía política tiene la obligación de buscar otras respuestas. Pero la historia de la humanidad es también la historia de quienes se negaron a aceptar el relato único.
Desde Sócrates bebiendo la cicuta antes que callar, hasta esxs periodistas mexicanxs que arriesgan su vida para contar lo que el poder quiere ocultar, pasando por cada persona que en su día a día decide contrastar, preguntar, dudar. La pluralidad no es un don que recibimos, es una tarea que construimos, difícil y riesgosa pero libre. Y construirla, hoy más que nunca, exige mirar el algoritmo a los ojos y decirle “no, gracias, prefiero elegir yo”.
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