En algún lugar de Irán. Un acercamiento cultural

Escribo estas palabras mientras las bombas caen sobre Irán, mientras los aviones estadounidenses e israelíes siembran muerte en una tierra que lleva miles de años alumbrando civilización. Escribo mientras más de mil personas han muerto y los gobiernos de varios países guardan un silencio cómplice o, peor aún, aplauden el bombardeo. Porque eso es lo que ocurre cuando se construyen narrativas: un día el agresor es el otro, y al día siguiente el mismo agresor se convierte en defensor de la libertad, y nosotrxs, dóciles, cambiamos el cartelito sin inmutarnos. Pero la historia, ese espectro con memoria de elefante, no olvida tan fácilmente.

Y qué historia la de Irán. No es un país cualquiera, no es un invento colonial trazado con regla sobre un mapa. Es una de las civilizaciones continuas más antiguas del mundo, con asentamientos urbanos que se remontan al quinto milenio antes de Cristo. Cuando en muchos lugares del mundo aún vivían en condiciones muy extremas, en la meseta iraní ya florecían ciudades como Susa, fundada hacia el 4000 a. C., contemporánea de las primeras dinastías sumerias. Fue el Imperio Aqueménida de Ciro el Grande (sí, ese al que la Biblia llama “ungido de Dios” por liberar a los judíos del exilio en Babilonia) la primera superpotencia mundial, un imperio que abarcaba tres continentes y gobernaba con una tolerancia religiosa y cultural que asombró incluso a los griegos, sus enemigos. Hegel, ese gigante de la filosofía, llamó a los persas el “primer pueblo histórico”. No era un cumplido: era un reconocimiento de que sin Persia, la historia occidental sería incomprensible.

Quienes hoy lanzan misiles sobre Teherán parecen ignorar que esta tierra ha sobrevivido a todos sus invasores. Griegos, árabes, mongoles, turcos. Todos pasaron, todos creyeron que borrarían Persia del mapa, y todos acabaron, de un modo u otro, absorbidos por su cultura, seducidos por su lengua, conquistados por su civilización. Los mongoles, que arrasaron Bagdad y acabaron con el califato, terminaron construyendo mezquitas en Persépolis y adoptando las formas persas de gobierno. Porque Irán tiene esa cualidad misteriosa de los lugares verdaderamente antiguos: la capacidad de esperar. Sabe que los imperios van y vienen, que las bombas de hoy son polvo mañana, que ella seguirá ahí, bajo el sol del desierto, cuando los burócratas, políticos y generales que ahora firman órdenes de bombardeo sean apenas una nota a pie de página en sus anales.

Y sin embargo, hoy duele. Duele saber que mientras escribo, hay padres y madres iraníes buscando a sus hijxs entre los escombros de una escuela en Minab, donde más de 168 personas (en su mayoría niñas pequeñas) fueron masacradas por un bombardeo. Duele saber que el hospital Gandhi de Teherán, donde atienden a personas heridas, ha sido dañado por las bombas. Duele saber que la Media Luna Roja Iraní, esa institución que encarna lo mejor del espíritu humanitario, ha visto siete de sus bases destruidas. Duele, sobre todo, saber que el mundo mira hacia otro lado porque, nos susurran al oído, “es Irán”, “es el régimen de los ayatolás”, “son los malos de la película”. Como si lxs niñxs muertos tuvieran ideología. Como si el dolor tuviera pasaporte.

Los expertos de Naciones Unidas, esos que suelen ser ignorados, han denunciado esta agresión como lo que es: una violación flagrante de la Carta de la ONU, un ataque ilegal lanzado sin autorización del Consejo de Seguridad, en medio de negociaciones diplomáticas. Han recordado que atacar civiles, escuelas y hospitales constituye una grave violación del derecho internacional humanitario. Pero sus voces se pierden en el estruendo de las bombas y en el silencio cómplice de los medios. Porque Irán, nos dicen, se lo ha buscado. Porque Irán apoya a Hamás. Porque Irán es una amenaza. Porque tienen armas nucleares. El mismo argumento de siempre, el mismo manual que justifica cualquier atrocidad si quien la comete es “el otro”.

Miento si digo que Irán es una democracia perfecta. Miento si ignoro las protestas que han sacudido el país, la represión que denuncian organizaciones de derechos humanos, los miles de detenidos, las ejecuciones. Todo eso es cierto y debe ser denunciado. Pero una cosa es criticar a un gobierno y otra muy distinta es aplaudir el bombardeo de una nación entera. Una cosa es señalar las injusticias internas y otra es justificar la matanza infantil por razones geopolíticas. Lxs iraníes que protestaban por la inflación y la falta de libertades no pidieron que les cayesen bombas estadounidenses. Estudiantes, médicxs, profesorxs, artistas que sueñan con un Irán distinto no merecen que su país sea arrasado por otro ajeno totalmente a su realidad.

He escuchado y dialogado en algún momento con mujeres y hombres iraníes. Gente culta, hospitalaria, orgullosa de su historia y lúcida sobre sus problemas. Me hablaban de Hafez y de Rumi, de la poesía persa, de la filosofía que durante siglos hizo de puente entre Oriente y Occidente. Me contaban que en su país conviven persas, azeríes, kurdos, baluchis, armenios, judíos (sí, hay una comunidad judía en Irán anterior a la fundación de Israel, y tienen su escaño en el parlamento). Me explicaban que el 98% de la población es musulmana, pero que hay iglesias, sinagogas, templos zoroastrianos. Me hablaban de su comida, de su música, de esa manera suya de entender la vida como un poema largo donde la belleza y la tragedia se entrelazan. Y yo pensaba: ¿cómo se bombardea esto? ¿Cómo se reduce a escombros una cultura milenaria en nombre de la libertad?

La respuesta es sencilla: se hace deshumanizando. Se hace llamándoles “el régimen”, como si no hubiera personas debajo. Se hace borrando su historia, reduciéndolos a una amenaza, a un peligro nuclear, a un enemigo abstracto. Se hace construyendo un relato donde ellxs son el mal y nosotrxs el bien, y donde cualquier crimen queda justificado por la nobleza de la causa. Es el mismo mecanismo que permitió el genocidio de los pueblos originarios en Estados Unidos, la esclavitud de los pueblos africanos, el holocausto, la bomba atómica sobre Hiroshima. Es la misma maquinaria infernal que convierte seres humanos en cifras, en daños colaterales, en estadísticas.

Defender hoy a Irán no es defender a sus gobernantes. Es defender a su gente. Es defender el derecho de un pueblo a existir sin ser bombardeado. Es recordar que la ética no es un menú a la carta donde elegimos qué vidas nos importan y cuáles no. Es hacer memoria de que Persia existía cuando el resto del mundo apenas sobrevivía en otros entornos, y que existirá cuando los imperios de hoy sean polvo. Es, en definitiva, negarse a aceptar que la barbarie tenga cabida en el mundo.

Mientras escribo el último párrafo, en algún lugar de Irán una madre busca a su hijo entre los escombros. No sé su nombre, pero su dolor es idéntico al de esa madre palestina en Gaza. Idéntico al de cualquier madre del mundo que busca a sus hijxs masacradxs. Porque el dolor no entiende de fronteras, ni de religiones, ni de bandos. Todas las lágrimas importan. Todas las vidas son sagradas. Todxs merecen vivir. Aunque nos empeñemos en olvidarlo.


© Acción Ética – Todos los derechos reservados. Este ensayo fue escrito con fines de reflexión y análisis cultural.

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