El negocio de la guerra

Miguel Huerta

Vivimos en una época de paradojas inquietantes. Mientras millones de personas en Ucrania, Gaza o Sudán se preguntan si verán el amanecer, en las juntas directivas de Lockheed Martin, Rheinmetall o Palantir se celebra el mejor año fiscal de la historia. En 2024, la humanidad gastó 2,72 billones de dólares para matarse entre sí. Esa cifra, tan colosal que resulta abstracta, merece un ejercicio de traducción: podríamos haber erradicado el hambre mundial varias veces, financiado la transición energética global o garantizado educación universal durante décadas. Pero en su lugar construimos misiles, tanques y, sobre todo, algoritmos diseñados para optimizar la muerte. La pregunta que atraviesa este ensayo no es sólo económica, sino profundamente ética: ¿qué clase de civilización es aquella que ha encontrado en su propia autodestrucción el motor de crecimiento más fiable?

Cuando Eisenhower advirtió en 1961 sobre la influencia del “complejo militar-industrial”, seguramente no imaginaba que medio siglo después sus profecías se quedarían cortas. Las cinco grandes contratistas estadounidenses se embolsaron 771.000 millones de dólares entre 2020 y 2024. Es como si cada familia estadounidense hubiese hecho una transferencia voluntaria de 6.000 dólares a estas corporaciones. Pero no hubo voluntad: hubo impuestos, hubo guerras financiadas con dinero público y, sobre todo, hubo un mecanismo perfectamente engrasado que convierte la sangre en dividendos. La alemana Rheinmetall, por ejemplo, vio crecer sus ingresos un 47% gracias a los proyectiles de artillería que Europa necesita para seguir alimentando el conflicto ucraniano. Cada obús que impacta en el frente es, al mismo tiempo, una tragedia humana y un éxito empresarial.

Lo más perturbador de todo este entramado no es su existencia, sino su naturalización. Hemos aceptado que la guerra sea un negocio como cualquier otro, que cotice en bolsa y reparta dividendos. La ética kantiana nos recordaría que tratar a las personas como meros medios es la esencia de la inmoralidad. Pues bien, la industria armamentística ha perfeccionado el arte de tratar a millones de personas (soldados, civiles, desplazados) como simples medios para incrementar el valor de las acciones. Cuando Lockheed Martin anuncia con orgullo que su cartera de pedidos alcanza los 194.000 millones de dólares, lo que está diciendo, traducido al lenguaje ético, es que tiene garantizada la demanda de muerte durante los próximos años.

Pero el negocio ha mutado. Ya no se trata sólo de vender tanques o aviones de combate, como en los tiempos de la Guerra Fría. La nueva frontera es digital, y sus profetas visten camisetas y vaqueros en lugar de uniformes. El caso más paradigmático es Palantir, la empresa cofundada por Peter Thiel, cuyo software de análisis de datos ha sido utilizado por el ejército israelí para identificar objetivos en Gaza. Según ha documentado el medio @ajplusespanol, la inteligencia artificial permitió aumentar la capacidad de generar objetivos de bombardeo de 50 a 200 por mes. Es decir, lo que antes requería semanas de inteligencia humana, ahora se resuelve en minutos con algoritmos. La guerra se ha industrializado definitivamente, y sus trabajadores son líneas de código.

Esta transformación nos sitúa ante un dilema ético de dimensiones desconocidas. Cuando un algoritmo decide qué edificio bombardear, ¿dónde queda la responsabilidad humana? ¿Quién responde moralmente por los errores? Ya hemos dicho que Hannah Arendt escribió sobre la banalidad del mal refiriéndose a burócratas que cumplían órdenes sin cuestionarlas. Hoy podríamos hablar de la banalidad del mal algorítmica, donde la decisión de matar se delega en un sistema que sólo optimiza eficiencia sin considerar el peso ético de cada vida segada. El Capitán Picard, de Star Trek, solía decir que “las decisiones fáciles no requieren de un capitán”. Pues bien, estamos entregando las decisiones difíciles a máquinas incapaces de comprender su trascendencia.

La cultura popular lleva décadas advirtiéndonos. En la saga Terminator, Skynet decide exterminar a la humanidad porque la considera una amenaza. En Matrix, las máquinas nos convierten en baterías. Pero quizá la advertencia más lúcida sea la de la serie Years and Years, donde una inteligencia artificial militar llamada “Útil” acaba desencadenando una catástrofe global porque su lógica fría no puede procesar variables humanas como el miedo o la compasión. Estas ficciones dejaron de serlo cuando comprobamos que, efectivamente, se están utilizando algoritmos para seleccionar objetivos en Gaza.

Y luego está el caso ruso, que añade otra capa de complejidad al análisis. Allí la economía entera se ha transformado en una máquina de guerra. La producción de proyectiles de artillería de 152mm aumentó un 420% entre 2022 y 2024. Una nación entera reorganizada en torno a la producción de muerte. Es el Leviatán hobbesiano llevado a su extremo: el Estado que se convierte en fabricante de armas para sobrevivir, atrapado en una espiral donde la paz significaría el colapso económico. Rusia ya no puede permitirse dejar de guerrear porque su economía depende de ello. Es el perfecto ejemplo de cómo la guerra devora incluso a quienes creen estar dirigiéndola.

Frente a este panorama, el pensamiento ético tradicional parece insuficiente. La teoría de la guerra justa, con sus refinadas distinciones entre combatientes y no combatientes, entre medios proporcionados y desproporcionados, se estrella contra la realidad de los algoritmos que deciden en milisegundos y los drones que no distinguen un niño de un militante. Necesitamos nuevas categorías morales para un mundo donde la muerte se ha vuelto industrial, donde las víctimas son datos y los verdugos, líneas de código.

Quizá por eso resulta tan revelador el dato de que el gobierno estadounidense haya tenido que limitar los beneficios de los contratistas de defensa al 10% en pedidos de emergencia, para evitar acusaciones de especulación bélica. Incluso en la lógica del capitalismo más despiadado, existe un umbral a partir del cual el beneficio resulta obsceno. Ese umbral se cruzó hace tiempo, pero seguimos mirando hacia otro lado.

La guerra siempre ha sido negocio, desde que los mercaderes venecianos armaban cruzadas o la banca Rothschild financiaba ejércitos. Pero lo que distingue nuestro tiempo es la escala, la frialdad algorítmica y, sobre todo, la aceptación social de que así sean las cosas. Hemos normalizado lo monstruoso. Como escribió Susan Sontag, “la guerra sigue siendo lo que era, pero nosotros nos hemos acostumbrado a sus imágenes”. Nos hemos acostumbrado tanto que ya no nos escandaliza que haya empresas cuyo éxito dependa de que otrxs mueran.

Al final, la pregunta ética fundamental sigue siendo la misma que planteaba Tolstói en Guerra y paz: ¿qué justifica que un ser humano decida sobre la vida de otrx? Ahora el que decide no es siempre un ser humano. Es un algoritmo, una junta directiva, un accionista que vive a miles de kilómetros y sólo conoce la guerra a través de los dividendos que le reporta. La tecnología ha creado la distancia moral perfecta: podemos matar sin ver, sin oler, sin sentir. Podemos incluso hacerlo con la conciencia tranquila, porque nunca estuvimos realmente allí.

Mientras tanto, las cifras siguen creciendo. 2,72 billones de dólares. 679.000 millones en ingresos para las cien principales empresas armamentísticas. 194.000 millones en cartera de pedidos para Lockheed Martin. Números que marean, que deshumanizan, que convierten la muerte en estadística. Detrás de cada cifra hay una historia que no se cuenta: las infancias que no volvieron a casa, la de la madre que espera sin esperanza, la del soldado que carga con recuerdos que no pidió. Pero esas historias no aparecen en los informes anuales. No cotizan en bolsa.

Y quizá por eso, al final, el negocio de la guerra no sea sólo inmoral, sino profundamente estúpido. Porque ninguna de esas empresas, ningún algoritmo, ningún misil, podrá devolvernos el tiempo, la humanidad, la compasión que sacrificamos en su nombre. Como bien lo dijo el autor del Eclesiastés, “todo es vanidad”. También, y sobre todo, la vanidad de creer que podemos enriquecernos con la muerte sin acabar, de un modo u otro, muertos por dentro.


© Acción Ética – Todos los derechos reservados. Este ensayo fue escrito con fines de reflexión y análisis cultural.

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