Miguel Huerta
Lo que ocurrió en los aviones privados y las mansiones del millonario y pedófilo Jeffrey Epstein fue, ante todo, un universo de experiencias silenciadas. Cuando finalmente estalló el escándalo, la cuestión central que emergió no fue sólo “¿qué sucedió?”, sino “¿a quién creer?”. El análisis filosófico de este caso desde la epistemología del testimonio (rama que estudia cómo y por qué el conocimiento se transmite a través del relato de otrxs) resulta iluminador y perturbador. Revela cómo los sistemas de poder no solo cometen abusos, sino que estructuran activamente las condiciones de credibilidad para que esos abusos permanezcan incrédulos, es decir, fuera del dominio de lo aceptado como real.
La epistemología tradicional, desde Descartes, ha sospechado del testimonio; prefería el conocimiento fundado en la evidencia individual y la razón. Pero, como señalan teóricos contemporáneos como Miranda Fricker, sabemos que la vida social y nuestro entendimiento del mundo dependen abrumadoramente de lo que otrxs nos cuentan. La confianza epistémica es un tejido social esencial. Sin embargo, este tejido no es neutro. En el caso Epstein, vimos operar lo que Fricker llama “injusticia testimonial”: un prejuicio sistemático que hace que un oyente desacredite la palabra de un hablante por motivos de identidad social. Las jóvenes, muchas de ellas de entornos vulnerables, fueron descreídas a priori. Su palabra fue recibida con un escepticismo hiperbólico, mientras que la palabra de hombres poderosos, respaldada por trajes caros y estatus social, gozó de una presunción de veracidad casi automática. La injusticia no fue únicamente moral; fue epistémica. Se les robó su dignidad y su capacidad de ser creídas como fuentes de conocimiento sobre su propia experiencia. Su testimonio fue descalificado en el mismo acto de enunciación.
Esto se agrava con lo que podríamos llamar la economía política de la credibilidad. El testimonio no flota en el vacío; circula en un mercado donde un ciertas monedas (el prestigio, el poder, el capital social, etcétera) tienen más valor que otras. La red Epstein funcionó como un cartel que monopolizaba la producción de realidad. Generó un contra-relato poderoso: el de las “exageraciones”, las “fantasías”, las “chicas problemáticas” que buscaban dinero. Este contra-relato no era una simple mentira; era un marco interpretativo que, al ser emitido desde centros de poder (equipos de abogados prestigiosos, círculos de influencia mediática, relaciones con la inteligencia), poseía un peso epistémico institucionalmente respaldado. Frente a este andamiaje, el testimonio individual de una víctima, por más veraz que fuera, aparecía como un dato anecdótico, débil y disputable. La epistemología social nos enseña que la construcción de conocimiento es colectiva. En este caso, la colectividad del poder se organizó para invalidar, aislar y sofocar la colectividad emergente del testimonio de las víctimas.
El silencio, por tanto, no fue una mera ausencia de palabras. Fue un efecto epistémico activamente producido. Fue el resultado de una maquinaria diseñada para hacer que ciertas verdades fueran inarticulables o, si se articulaban, ininteligibles para el sistema. La filósofa feminista Rae Langton hablaría de un daño en la capacidad ilocucionaria de las víctimas: sus actos de habla (denunciar, acusar, narrar) fueron sistemáticamente impedidos o vaciados de su fuerza performativa. Decir “fui violada” no producía la reacción social y legal que debería producir; en cambio, a menudo generaba contra-performances de desprestigio y amenaza. El silencio se convirtió así en la condición de supervivencia dentro de un régimen epistémico hostil.
Finalmente, la liberación de los archivos representa un momento de cambio epistémico forzado. Es la irrupción masiva de evidencias documentales (correos, calendarios, declaraciones) que actúan como “potenciadores de credibilidad” para el testimonio vivo que durante años fue negado. Los documentos no reemplazan el testimonio, pero le otorgan un andamiaje objetivo que obliga al sistema a reconfigurar sus criterios de creencia. Ya no se trata solamente de la palabra de una joven contra la de un magnate; se trata de una red de papeles que corrobora y da cuerpo a una verdad colectiva. Es un triunfo tardío, pero crucial: muestra que el monopolio sobre la construcción de la realidad puede ser quebrado cuando la evidencia se vuelve demasiado abrumadora para ser contenida por los filtros del poder.
En conclusión, el caso Epstein es una lección maestra sobre cómo el poder se ejerce, también, como un poder epistemológico y cuando el poder de decidir qué cuenta como real, quién es dignx de ser escuchadx y qué historias pueden circular como verdaderas. La lucha de las víctimas fue, en un nivel fundamental, una lucha por restablecer una ecología justa del testimonio, donde el valor de una palabra no dependa del estatus social de quien la pronuncia, sino de su coherencia, su corroboración y su inherente derecho a ser considerada. La justicia, en estos términos, requiere castigar a los culpables y reparar las condiciones sociales de escucha y credibilidad que fueron tan brutalmente corrompidas. Porque sin una epistemología justa, no puede haber una ética justa, ni una política justa. La verdad, antes de ser una sentencia judicial, es un acto de fe social en la palabra del otrx. Y ese acto de fe fue, durante demasiado tiempo, denegado.