Miguel Huerta
Desde el primer mandato de Trump, he pensado que el tema religioso es una línea dura de su administración, aunque su gobierno no lo publicite realmente. Traigo esto a colación porque a principios de marzo de 2026, el secretario de Estado Marco Rubio explicó la razón por la que Estados Unidos decidió atacar Irán: “Irán está gobernado por lunáticos, lunáticos fanáticamente religiosos”, declaró ante la prensa. La tesis era clara: el peligro de Irán radica, fundamentalmente, en que sus dirigentes mezclan la fe con el poder. Que ven el mundo a través de categorías teológicas. Que están dispuestos a actuar movidos por una lógica que no obedece a la razón instrumental sino a un mandato divino.
Dos días después, el secretario de Guerra (Defensa) Pete Hegseth cerró una rueda de prensa sobre la misma ofensiva con las siguientes palabras del Salmo 144: “Bendito sea el Señor, mi roca, que adiestra mis manos para la guerra y mis dedos para la batalla”. El mismo gobierno que declaraba la guerra contra el fanatismo religioso la inauguraba con una oración bélica sacada de la Biblia.
Esta contradicción no es un accidente ni una hipocresía menor. Es el síntoma de algo más profundo. De la incapacidad de Occidente para reconocer en sí mismo aquello que proyecta sobre el enemigo. Y para entenderla hace falta ir más allá de la anécdota y preguntarse por qué el poder político recurre a lo sagrado, sin importar quién lo ejerce.
Carl Schmitt observó que todos los conceptos fundamentales de la teoría moderna del Estado son conceptos teológicos secularizados. La soberanía, la excepción, la decisión última, entre otras, son categorías que la modernidad heredó de la teología y trasladó al campo político sin deshacerse de su lógica. Lo que Schmitt describía como diagnóstico, la historia reciente lo confirma como práctica cotidiana. El poder político recurre a lo sagrado porque necesita un sustrato de legitimidad que trascienda la mera correlación de fuerzas. Las leyes pueden cuestionarse, los tratados pueden renegociarse, los mandatos electorales expiran. Pero la voluntad divina, correctamente invocada, no admite apelación. Convierte la decisión contingente en necesidad metafísica, el interés en destino y la violencia en misión.
Este mecanismo no distingue tradiciones ni geografías. Netanyahu invocó repetidamente el versículo de Amalek, el pueblo que el Antiguo Testamento ordena exterminar sin excepción, para describir a Hamas y justificar la respuesta israelí: “Recordar lo que nos hizo Amalek, dice nuestra Santa Biblia”. Su ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, fue más explícito todavía y es que al exigir la destrucción total de varios enclaves de Gaza, añadió la cita directa del Deuteronomio: “Borrarás el recuerdo de Amalek de bajo del cielo”. El ministro de Seguridad Nacional Itamar Ben-Gvir, al defender la colonización de los territorios palestinos, recurrió a la Torah: “Conquistarás la tierra y te establecerás en ella”. Y Smotrich cerró un discurso ante colonos del Oeste del Jordán con la expresión: “Si Dios quiere, juntos venceremos y nos estableceremos”.
Mientras tanto, Mike Huckabee, embajador de Estados Unidos en Israel y pastor evangelista, sintetizó ante Tucker Carlson el fundamento teológico de toda la política regional: “Israel es una tierra que Dios entregó, a través de Abraham, a un pueblo que él eligió”. Cuando Carlson le preguntó si eso significaba que Israel tenía derecho a todo el territorio prometido en el Génesis, desde el Nilo hasta el Éufrates, Huckabee respondió sin titubear: “Estaría bien que lo tomaran todo”. El secretario de Defensa, por su parte, había declarado años antes en Jerusalén que “no hay razón por la que el milagro de la reconstrucción del Templo en el Monte del Templo no sea posible”, una afirmación que implica demoler la mezquita de Al-Aqsa para cumplir una profecía cristiana acerca del regreso de Cristo. Y el propio Netanyahu enmarcó la guerra en términos explícitamente mesiánicos, declarando que Israel “llegará al reino” y que el país “llegará al retorno del Mesías”. El cuadro que emerge no es el de funcionarios que usan el lenguaje religioso como ornamento retórico. Es el de una coalición de poder en la que la teología política no es decorativa sino operativa: orienta decisiones, legitima violencia, define quién pertenece al pueblo elegido y quién al enemigo a exterminar.
Volvamos a Rubio. Su argumento tiene una larga genealogía en el pensamiento liberal-occidental: es la idea de que el islam en general, el Oriente o el Sur global, son presa de una irracionalidad religiosa que los hace inherentemente peligrosos, mientras que Occidente opera bajo parámetros racionales, bajo leyes y con moderación. El “fanático religioso” es siempre el/la otrx. Esta proyección cumple una función ideológica precisa: hacer invisible la propia teología política. Al nombrar el fanatismo exclusivamente en el adversario, el poder se autorrepresenta como secular, pragmático, guiado por intereses legítimos. Que sus funcionarios cierren ruedas de prensa con salmos de guerra, que su embajador justifique conquistas territoriales con el Génesis, que sus ministros y aliados invoquen el exterminio de Amalek: todo eso queda fuera del campo semántico del “fanatismo”. Es otra cosa. Es fe. Es civilización. Es el orden providencial. Esta asimetría no es un error de percepción sino una construcción deliberada con consecuencias políticas muy concretas, pues permite declarar ilegítima cualquier motivación religiosa del adversario mientras se santifica la propia. El resultado es que la guerra se presenta como el enfrentamiento entre la racionalidad secular y el oscurantismo teocrático, cuando en realidad es, en una proporción significativa, el enfrentamiento entre distintas teologías políticas que compiten por el mismo recurso de legitimidad suprema.
Sería un error concluir de todo lo anterior que la religión es incompatible con la vida pública, o que la experiencia religiosa es inherentemente violenta. Ese sería otro reduccionismo. El problema no es que Netanyahu, Huckabee o Hegseth tengan convicciones religiosas. El problema es la función específica que esas convicciones cumplen en el ejercicio del poder: la de clausurar el debate político, hacer indiscutibles las decisiones que más debate requieren, y convertir el mandato divino en coartada para la violencia.
Hay una diferencia entre una ética pública informada por valores religiosos y una teología política que instrumentaliza lo sagrado para producir legitimidad bélica. No hay que mezclar las cosas. La primera puede convivir con el discernimiento crítico y la deliberación, también con el reconocimiento del adversario y la posibilidad del error. La segunda funciona exactamente como Rubio describió al gobierno iraní: como un sistema que percibe su propia violencia como mandato trascendente, por encima de cualquier cuestionamiento racional o moral.
El problema, entonces, no está en Teherán, Israel ni en Washington por separado. Está en la estructura de una modernidad política que nunca resolvió del todo la relación entre soberanía y trascendencia, y que sigue produciendo, en todos los bandos, la misma operación. Y es que convertir la guerra en cruzada, el interés en destino, y al enemigo en el mal encarnado que Dios ha ordenado destruir, no es el camino que el mundo deba recorrer. Guerras santas han habido muchas y ninguna ha traído a Dios a la tierra.
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