Miguel Huerta
Hace unos días platicaba con un amigo muy involucrado en el trabajo religioso y me preguntaba sobre Dios. Yo le respondí que no me molestaba por su existencia. Creo que no esperaba esa respuesta de mi parte. Quizá esperaba un “no creo” rotundo, o un “sí creo” convencional, o tal vez una duda angustiada. En cambio, recibió una postura más parecida a la aceptación del misterio sin necesidad de poseerlo. Le dije que, eso sí, en algo creía, aunque desde el punto de vista más histórico y social: en el cristianismo como fenómeno, como cultura, como fuerza que ha modelado gran parte del mundo actual, como vía espiritual y de discernimiento, como tradición que merece ser estudiada y comprendida más allá de la fe personal; en otras palabras, en la humanidad que encarna el misterio, seamos o no creyentes de ello.
Él, entonces, soltó algo que agradecí profundamente, me compartió que a veces tiene dudas. Yo le respondí que eso está bien, que es lo más normal y lo más sano. Porque la fe sin dudas no es fe, es ideología. Es un castillo de naipes que cualquier pregunta sincera derriba. Al respecto, algo que he aprendido es que la duda no es enemiga de la fe; sino de la certeza absoluta. Y la certeza absoluta, en materia de lo trascendente, suele estar emparentada con la soberbia o el miedo.
En lo personal, lo que me atrapa son esas inquietudes históricas. Porque si hay algo que me fascina del cristianismo es su carne: cómo nació, cómo creció, cómo sobrevivió y, finalmente, cómo se transformó desde las catacumbas romanas hasta la actualidad. Me interesan especialmente dos cosas: la vida interna de esas primeras comunidades y el fenómeno de las persecuciones. Porque ahí, en esos primeros siglos de la era cristiana, ocurrió algo que merece ser contado.
Las comunidades originarias del cristianismo que se desarrollaron durante el Imperio romano no eran un grupo homogéneo de santxs de estampita. Eran redes de personas reales, con conflictos reales. Había comunidades de Palestina, judíos de la diáspora, personas de otras culturas, ricos y personas esclavizadas, hombres y mujeres que por primera vez se sentaban a la misma mesa en igualdad y diversidad. Se reunían en casas, antes del amanecer o después del trabajo, porque el domingo no era festivo. Compartían sus bienes, cuidaban de viudas y huérfanos, enterraban a sus muertos con dignidad. En un mundo donde la vida era compleja y el Estado no existía para lxs débiles, esas personas ofrecían algo revolucionario: una comunidad, un grupo, una familia para quienes no la tenían.
Luego estaban las persecuciones. Y aquí conviene desmontar el mito: las primeras comunidades cristianas no vivieron tres siglos escondidas en cuevas esperando al león y la espada. Las persecuciones fueron episódicas, locales y, a menudo, posteriores a malentendidos sociales y políticos. Al Imperio no le molestaba que creyeran en un dios extranjero; le molestaba que no adoraran a los suyos. En la mentalidad antigua, los dioses protegían Roma mientras Roma les diera culto. Negarse a quemar incienso ante el emperador no era un acto de fe, era un acto de sedición. Era poner en riesgo la pax deorum, la paz con los dioses que garantizaba las cosechas, las victorias militares y la estabilidad del Imperio.
Y aún así, las primeras comunidades resistieron. No con violencia, sino con algo más difícil de matar: la coherencia en su vida. Cuando la enfermedad asolaba ciudades, la comunidad se quedaba a cuidar a quien más lo necesitaba. Cuando un hombre o mujer eran ejecutados, alguien más ocupaba su lugar con una paz que desconcertaba a sus verdugos. Los textos de la época, como las actas de los mártires, reflejan ese asombro: ¿cómo es posible que alguien afronte la muerte con esa serenidad si no hay algo más?
Hoy, desde la distancia de los siglos, podemos mirar todo esto sin necesidad de creer. Podemos verlo como antropología, como historia, como filosofía política. Podemos preguntarnos cómo una pequeña secta judía del siglo I terminó transformando un imperio, desarrollando arte, arquitectura, derecho y cultura durante dos milenios. Y podemos, también, conversar con un pastor, sacerdote, hombre o mujer, o líder religioso que duda y decirle que está bien, que dudar es humano, que quizá la fe más auténtica es la que convive con la pregunta.
Porque al final, creer o no creer no es lo único que importa. También importa cómo vivimos, cómo nos organizamos, cómo cuidamos a lxs nuestrxs y cómo respondemos ante la injusticia, el miedo y la muerte. Y en eso, aquellas primeras comunidades cristianas, con sus luces y sus sombras, tienen todavía mucho que enseñarnos.