Miguel Huerta
Me encantan los libros, como lo que son, como objeto y como recurso personal para la vida y la reflexión. Y aunque habitamos un mundo que tiende hacia lo digital y lo efímero, el libro físico permanece como un testigo material de nuestra interioridad, un espacio de diálogo tangible entre el autor/autora y el lector/lectora, en otras palabras, es una herramienta que nos mantiene en tierra y nos devuelve algo de privacidad. Anotar en los márgenes, subrayar un pasaje, o incluso reparar un lomo desgastado, no son meros actos utilitarios, sino gestos éticos de apropiación del objeto libro.
Igualmente, como sugería el gran Sócrates a través de la mayéutica, el conocimiento verdadero nace de un proceso interno de interrogación. Un libro anotado es la huella física de ese proceso intelectual; cada subrayado es una pregunta, cada nota al margen, un destello de comprensión que se entrelaza con el texto original, creando una obra nueva, co-escrita. Walter Benjamin, en su ensayo Desembalando mi biblioteca, celebraba esta dimensión íntima: “La propiedad es la relación más íntima que se puede tener con los objetos. No es que cobren vida en él; es el coleccionista quien vive en ellos”. El libro personalizado es, en este sentido, el hogar donde habita una parte de nuestra conciencia. También Umberto Eco abogaba por la personalización del libro y en contra de lo digital, pues el libro se vuelve parte de la vida de quien lee, de quien tiene libros y de quien los utiliza.
Esta personalización constituye, además, un acto de resistencia cultural y social. Frente a la homogeneidad del producto cultural masivo, intervenir un libro impreso es afirmar la singularidad y heterogeneidad de la experiencia lectora. No existe una lectura idéntica a otra, como no existen dos conciencias iguales. Michel de Montaigne, padre del ensayo moderno como forma íntima, escribía en los márgenes de sus libros, y sus Ensayos son el fruto de esa digestión lenta y profunda de sus lecturas. Él no buscaba la verdad objetiva, sino la verdad para sí mismo. Personalizar un libro sigue este espíritu: es admitir que la lectura no es un consumo pasivo, sino una digestión activa, donde las ideas ajenas se funden con las propias vivencias, prejuicios y esperanzas.
El libro se convierte así en un palimpsesto, donde bajo el texto impreso late el manuscrito invisible de nuestra biografía intelectual. Un libro que habla de libros es un buen recurso para comprender su importancia, como nos lo dice Irene Vallejo en su magnífica obra El infinito en un junco en donde nos da muchas pistas para entender la importancia del objeto-libro y la intimidad que como personas establecemos con ese objeto. En este sentido, Vallejo nos muestra que al personalizar un libro, no sólo viajamos, sino que cartografiamos el territorio con nuestras propias coordenadas.

Hay aquí también una dimensión ética de cuidado, casi una responsabilidad. Al modificar y marcar un libro, establecemos con él una relación de reciprocidad. Deja de ser un objeto inerte para convertirse en un compañero de diálogo al que honramos con nuestra atención más fina.
Simone Weil entendía la atención como la forma más pura de generosidad intelectual. Ese cuidado que ponemos al pegar una página, al archivar una nota entre sus capítulos, o al elegir cuidadosamente el color o lápiz para una anotación, es la materialización de esa atención respetuosa. El libro personalizado encarna la paradoja de que, al apropiarnos radicalmente de algo, lo trascendemos como mero objeto. Se carga de tiempo, de memoria, de intención. Ya no es sólo el Meditaciones de Marco Aurelio o El reino de este mundo de Carpentier; es el ejemplar que me acompañó en aquel momento difícil o del que me clavé en mis años de estudiante, con las frases que me sostuvieron y volaron la imaginación subrayadas en azul o en rojo.
En última instancia, esta práctica nos recuerda que la sabiduría no reside en la acumulación de volúmenes inmaculados, sino en la asimilación fecunda y transformadora de las ideas. Un estante lleno de libros perfectos puede ser una librería sin más, pero un estante con libros gastados, abiertos, marcados y reparados, es una mente hecha visible. Es la materialización del propio pensamiento en proceso, siempre inacabado, siempre en conversación. Personalizar un libro es, en el fondo, escribir el primer borrador de una parte importante de nuestra autobiografía sobre el texto ya escrito por alguien más, tejiendo así, desde nuestra realidad, nuestro hilo en la gran conversación humana que son las letras.
Es afirmar que leemos, en definitiva, para aprender a vivir, y que ese aprendizaje merece dejar marca, tanto en el espíritu como en el papel.
Por último, algunas cosas que me han ayudado desde mi adolescencia y que hasta el día de hoy me han permitido leer y disfrutar del libro son:
- Un glosario personal del libro que lea en ese momento o uno general. Esto me ayuda a saber qué palabras aprendí de cada libro leído o qué argumento o giro del pensamiento me dio el libro en cuestión.
- El clásico de subrayar o anotar al margen de las páginas aquellos aspectos importantes para mi lectura. En algún momento he pasado de la tinta azul para pensamientos primarios y tinta roja para los secundarios, así como el uso de lápiz o pluma para marcar lo más importante o alguna frase.
- Ponerle nombre o marca de propiedad a los libros al inicio y su fecha de adquisición. Este aspecto me agrada desde hace mucho y son un gran ejemplo de personalización del libro y algo que merece la pena no perder en este mundo digital; muchxs quizá lo vean criticable pero ya es una decisión personal que por lo pronto no he dejado y dudo mucho que lo deje de hacer.
- Crear separadores personalizados por libro. Esta práctica la empecé a hacer en mi adolescencia, cuando tuve en mis manos mi primer libro de Julio Verne (Viaje a la luna). Con ese tomo empecé a cortar cartulina o papel duro para hacer un separador personalizado. Aún lo hago cuando es necesario pero ya no para todos mis libros.
- Mapas de lectura o esquemas, esto sobre todo cuando leo filosofía o libros más técnicos. Una práctica que adquirí en la universidad y que hasta el día de hoy la sigo teniendo.
Y hasta ahí, por el momento. Estos puntos y notas me agradan bastante y las utilizo con frecuencia, pues hacen de la lectura un espacio íntimo y personal, adecuado para gustos y fobias que van apareciendo en la lectura.
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