Miguel Huerta
Vivimos sumergidos en un torrente de estímulos, un bombardeo incesante de imágenes, polémicas y escándalos que compiten ferozmente por un recurso cada vez más escaso: nuestra atención. En esta economía de lo efímero, donde cada noticia nace con la vocación de ser inmediatamente desplazada por la siguiente, se esconde una de las formas de poder más sutiles y eficaces de nuestro tiempo. No es el poder que oprime mediante la fuerza bruta, sino aquel que moldea la realidad percibida para que los problemas fundamentales, los que erosionan los cimientos de nuestra vida en común, queden sepultados bajo una montaña de ruido. Es la estrategia de la distracción elevada a la categoría de arte de gobierno, una forma de manipulación que no necesita ocultar la verdad porque le basta con hacerla irrelevante.
Para comprender la magnitud de este fenómeno, debemos detenernos en un término que, procedente del léxico militar, ha terminado por filtrarse en nuestras conversaciones cotidianas: psyop, abreviatura de “operación psicológica”. En su definición técnica, una psyop es la planificación y ejecución de actividades diseñadas para transmitir información selectiva a audiencias específicas, con el objetivo de influir en sus emociones, motivaciones y razonamiento, orientando así su comportamiento hacia los fines de quien la orquesta. Tradicionalmente era un arma de guerra dirigida a poblaciones extranjeras o adversarias, una herramienta para minar la moral del enemigo o ganar el apoyo de los neutrales sin disparar un solo tiro. Sin embargo, en las últimas décadas el término ha trascendido su origen castrense para convertirse en un comodín del discurso público.
En el lenguaje coloquial, y especialmente en los laberintos de internet, acusar a algo de ser una psyop se ha transformado en un mecanismo para desacreditar cualquier narrativa incómoda, insinuando que tras ella se oculta una mano oscura que teje un engaño masivo para adormecer a la población. Esta evolución semántica revela, sin embargo, una intuición profunda: hemos llegado a sospechar que la realidad misma puede ser un campo de batalla.
El fenómeno de la distracción sistémica no es nuevo, aunque su escala y sofisticación sí lo sean. Los emperadores romanos comprendieron hace dos milenios que el pan y el circo eran herramientas más eficaces que la ley para mantener la estabilidad del Imperio. Mientras la plebe tuviera el estómago lleno y los ojos fijos en el espectáculo de la arena, las preguntas incómodas sobre la distribución del poder o la corrupción del Senado difícilmente encontrarían un eco peligroso. El circo moderno, sin embargo, ha perfeccionado el género hasta el infinito. Ya no es un evento puntual en el Coliseo, sino un flujo continuo, una corriente ininterrumpida de micro-espectáculos que habitan nuestras pantallas y, por extensión, nuestras mentes. Y quienes hacen las veces de gladiadores en esta arena renovada son, con frecuencia creciente, los llamados influencers: figuras que han convertido su personalidad en una marca, su vida cotidiana en contenido y su audiencia en una cifra de mercado. No se les convoca por decreto; se les paga. Detrás de cada “colaboración” convenientemente espontánea, de cada publicación marcada con un discreto #ad que casi nadie lee, existe una transacción económica que alinea la voz de quien tiene millones de seguidores con los intereses de quien puede permitirse comprarla. La polémica estéril, el insulto del famoso, la guerra cultural artificialmente avivada, el chisme elevado a debate nacional: todo ello conforma una neblina espesa que nubla nuestra visión de lo esencial. Y en esa neblina, el concepto de psyop adquiere una nueva dimensión: ya no designa únicamente una acción deliberada del estado mayor de un ejército, sino que pasa a describir la atmósfera misma de nuestra vida pública, una atmósfera en la que la distracción permanente cumple la función de una operación psicológica descentralizada pero igualmente efectiva.
El mecanismo psicológico es perverso en su simplicidad. Nuestra capacidad de atención es limitada, un bien preciado que la propia arquitectura de las redes sociales y los medios de comunicación ha diseñado meticulosamente para explotar. El algoritmo no premia la profundidad, sino la viralidad; no fomenta el debate sosegado, sino la confrontación emocional. En este entorno, un informe técnico sobre el deterioro de un ecosistema o las cláusulas ocultas de una ley que incrementa la desigualdad jamás podrá competir con la inmediatez visceral de un escándalo bien orquestado o con la última pelea entre creadores de contenido. El problema real, por complejo y estructural, requiere tiempo, contexto y una disposición al análisis que la dinámica del ruido ha atrofiado sistemáticamente. Así, la agenda pública se satura de falsos dilemas y de luchas fratricidas entre grupos sociales enfrentados de manera artificial, mientras las grandes corporaciones o los lobbies que dictan las políticas sustantivas operan en la penumbra, agradecidos por tener los focos alejados de sus puertas. En ese esquema, las campañas de contenido pagado en redes sociales no son un fenómeno marginal ni un simple recurso publicitario: son infraestructura. Una empresa farmacéutica que financia a un divulgador de salud, un gobierno que contrata a una agencia para inundar los trending topics con conversaciones favorables a su gestión, un partido político que paga a microinfluencers para que repitan sus marcos interpretativos como si fueran opiniones propias: en todos esos casos, lo que se compra no es un espacio publicitario sino algo mucho más valioso, que es la apariencia de espontaneidad. La ironía es que, al mismo tiempo que denunciamos la existencia de supuestas psyops orquestadas por poderes ocultos, somos presa fácil de una distracción masiva que cumple exactamente la misma función: mantenernos entretenidxs y divididxs mientras se deciden las cuestiones que realmente importan.
Esta dinámica alcanza su culminación en una estrategia retórica conocida como whataboutism, que no es sino la táctica del espejo: cuando se señala una herida profunda en el cuerpo social, la respuesta inmediata no es abordarla sino desviar la mirada hacia otra herida, real o imaginaria, en el lado opuesto del espectro. El objetivo no es la curación, sino el empate. Se construye así un lodazal argumental donde ninguna responsabilidad puede ser exigida, porque todos son culpables y, por tanto, nadie lo es. La energía ciudadana, que podría canalizarse en una exigencia colectiva de cambio, se diluye en una confrontación perpetua e inconclusa, un juego de suma cero donde la única victoria posible es la parálisis del adversario, y la única derrotada, la posibilidad de un bien común. Esta parálisis es el triunfo silencioso de la operación psicológica perfecta: aquella que convence a la sociedad de que el conflicto eterno es la única realidad posible, y que cualquier intento de abordar los problemas de fondo es ingenuo o, peor aún, sospechoso de ser él mismo una maniobra de distracción.
El peligro último de esta manipulación no reside tanto en que la gente acabe creyendo una mentira concreta, sino en algo más profundo y corrosivo: la instalación de un cinismo generalizado. Cuando todo se percibe como una operación de distracción, cuando cada noticia es sospechosa de ser una mera psyop y cada influencer parece un agente encubierto de algún interés inconfesable, se produce una curiosa paradoja. Por un lado, se alimenta una hiper-vigilancia conspirativa que ve manos ocultas tras cada acontecimiento, lo que a su vez genera más ruido y desconfianza. Por otro, se inocula una apatía paralizante. Si la política es sólo un teatro de sombras, si los debates públicos son pantomimas para ocultar la verdad de los poderosos, si incluso las voces que parecen independientes están en la nómina de alguien, ¿qué sentido tiene implicarse? La consecuencia es la despolitización: el abandono del espacio público a su suerte, la aceptación tácita de que las cosas son como son y no pueden ser de otra manera. El status quo, con todas sus injusticias estructurales, se perpetúa así no por su fortaleza intrínseca, sino por la anemia de la voluntad colectiva.
Frente a este panorama, la tarea ética e intelectual de nuestro tiempo adquiere una urgencia renovada. No se trata ya únicamente de distinguir la verdad de la mentira, sino algo más fundamental: de recuperar la capacidad de discernir lo relevante de lo accesorio. Es un ejercicio de resistencia, de higiene mental, que consiste en negarse a habitar permanentemente la superficie espumosa de la actualidad. Supone atreverse a bucear, a buscar las corrientes profundas que mueven los océanos, aunque ese buceo exija un esfuerzo que el circo no requiere. Supone preguntarse, ante cada polémica que aspire a secuestrar nuestra atención: ¿a quién beneficia este ruido? ¿Qué problema real está siendo oscurecido por esta nebulosa? ¿Quién financia la voz que me está diciendo hacia dónde mirar? En esas preguntas, en esa pausa reflexiva antes de consumir el siguiente estímulo, reside quizá la única posibilidad de desactivar el hechizo. Porque la primera victoria contra la manipulación es negarle al distractor lo que más desea: nuestra mirada fija en sus fuegos artificiales mientras, a nuestras espaldas, el mundo se desmorona. Y en esa negativa, en ese acto de atención consciente, comenzamos a desmontar la operación psicológica más exitosa de todas: aquella que nos ha convencido de que no tenemos el poder de mirar hacia otro lado.