“Incel”, masculinidades que matan y violencia digital

Miguel Huerta

Hay una escena que se repite con una regularidad que debería perturbarnos más de lo que nos perturba: un adolescente publica en redes sociales, horas antes de cometer un acto de violencia extrema, imágenes de sí mismo que funcionan como una despedida y una declaración. No lo hace en secreto. Lo hace frente a todxs, con nombre y rostro, en el mismo espacio donde sus compañeros publican memes y sus familiares fotos de cumpleaños. Y nadie lo detiene. El martes 24 de marzo de 2026, Osmar, de 15 años, entró a una preparatoria en Lázaro Cárdenas, Michoacán, México, ocultando un AR-15 en un estuche de guitarra, y asesinó a dos maestras. Nueve horas antes había anunciado en sus redes sociales lo que iba a hacer. Esta crónica de una violencia anunciada no es una excepción: es el patrón.

Podríamos, como suele hacerse, detenernos en lo penal. Discutir si debe ser juzgado como adulto, qué hace el Estado con los menores que matan o cómo se regula el acceso a las armas. Todas son preguntas legítimas y urgentes. Pero si nos quedamos ahí, si la conversación termina en el castigo y en el protocolo, estaremos, una vez más, tratando el síntoma y dejando la herida abierta. Lo que el caso de Osmar, y antes el del CCH Sur en CDMX, y antes el de Guadalajara, nos obliga a preguntarnos algo más incómodo: ¿qué tipo de mundo estamos construyendo para que un niño de quince años encuentre en la violencia contra las mujeres no sólo una salida, sino un acto de sentido?

Osmar era, según los perfiles que han circulado, seguidor de la ideología incel. El término, que proviene del inglés involuntary celibate, designa a una subcultura digital que comenzó, paradójicamente, como un espacio de apoyo emocional creado por una mujer canadiense para hablar de soledad y dificultad en las relaciones. Lo que ocurrió después es una de las más tristes metamorfosis que puede sufrir el lenguaje: un vocabulario pensado para el cuidado fue colonizado por el resentimiento, y lo que nació como comunidad de apoyo se convirtió en comunidad de odio. Hoy, un incel no es alguien que sufre por la soledad (aunque en el origen haya sufrimiento real), sino alguien que ha convertido ese sufrimiento en ideología, y la ideología en justificación de la violencia.

La arquitectura de esa conversión es precisa. Quienes investigan estos mecanismos culturales y sociales la describen como un proceso de radicalización gradual que comienza en el lugar menos sospechoso: un joven que busca en internet consejos sobre cómo hacer amistades, cómo hablar con mujeres, cómo sobrellevar el rechazo. Los algoritmos de las plataformas, que están diseñados no para el bienestar personal sino para maximizar el tiempo de atención, reconocen ese perfil y comienzan a dirigirlo hacia contenidos que ofrecen explicaciones más simples, más agresivas, más seductoras. Primero es la redpill, ese supuesto “despertar” que convierte la frustración personal en teoría social en donde las mujeres son el problema, el sistema está manipulado y “tú” eres víctima. Después viene la blackpill, que es la versión más oscura y fatalista: nada puede cambiar porque todo está determinado por la genética y la apariencia, y quienes no cumplen los cánones estéticos están condenados al fracaso. De ahí a la violencia como “retribución” hay un paso que, para algunxs, resulta inevitable dentro de esa lógica.

Lo que hace a esta ideología filosóficamente interesante, y éticamente devastadora, es que opera sobre una experiencia genuina: la soledad. No hay que minimizarla. La soledad masculina es un fenómeno real, extendido y sistemáticamente ignorado por una cultura que no le ha dado a los hombres ni el lenguaje ni los espacios para nombrarla. El filósofo noruego Lars Svendsen, en su ensayo sobre la soledad (A Philosophy of Loneliness), distingue entre la soledad pasajera y la soledad existencial que corroe la identidad. Esta última se define como la sensación de no pertenecer a ningún lugar, de no ser visto por nadie, de carecer de valor ante los ojos de lxs demás, es el caldo de cultivo perfecto para cualquier radicalización. Las comunidades incel no crean esa soledad, la aprovechan y de paso la transforman en rabia.

Aquí radica uno de los nudos éticos más difíciles del fenómeno: ¿cómo podemos, al mismo tiempo, reconocer el sufrimiento que está en la base de esta ideología y rechazar con toda claridad las consecuencias a las que conduce? La respuesta no puede ser elegir uno de los dos gestos y abandonar el otro. Condenar la violencia sin entender su génesis es moralmente cómodo pero intelectualmente deshonesto. Explicar el sufrimiento sin condenar la violencia es académicamente pulcro pero éticamente irresponsable. La única postura coherente es sostener la tensión y reconocer que detrás de cada agresor hay una historia de abandono emocional, y que ese abandono no justifica ni atenúa nada, pero que ignorarlo nos condena a seguir produciendo la misma tragedia. Porque hay algo que los titulares no dicen con suficiente claridad: Osmar tiene quince años.

El niño no llegó a esa edad con esa ideología por generación espontánea. Alguien, o más bien algo, lo formó. Un hogar, una escuela, unos algoritmos, una cultura. El psicólogo e investigador mexicano Mario Fausto Gómez-Lamont señala que las identidades masculinas más rígidas y violentas se construyen con frecuencia en entornos familiares donde la vulnerabilidad está prohibida, donde un hombre que pide ayuda es un hombre que fracasa. Si eso es cierto, y hay razones para creerlo, entonces la pregunta no es sólo qué hizo Osmar, sino qué le hizo la sociedad a Osmar antes de que él le hiciera algo al mundo.

Esto no es disculparlo. Es reconocer que la violencia tiene historia, y que esa historia no empieza con el primer disparo.

Hay otra dimensión que merece atención filosófica y que los análisis superficiales suelen pasar por alto: la fractura ideológica entre géneros que esta violencia revela. Vivimos un momento en que las mujeres jóvenes se identifican masivamente con causas que amplían sus derechos y su presencia pública, mientras un sector significativo de hombres jóvenes (no todos, pero tampoco un grupo marginal) experimenta ese avance como una pérdida, como una amenaza a algo que les pertenecía sin que nadie se los hubiera otorgado explícitamente. Esta asimetría no es un malentendido que se resuelve con diálogo. Es el síntoma de una transformación profunda en las estructuras del poder y del deseo que aún no hemos procesado colectivamente. El movimiento feminista ha logrado, con décadas de trabajo, nombrar lo que les pasa a las mujeres. Nadie ha hecho ese trabajo con honestidad para los hombres que se quedan atrás, y en ese vacío crecen los Osmar.

Esto no es un argumento contra el feminismo. Es un argumento a favor de tomarse en serio la crisis de masculinidad como un problema político y no sólo como un síntoma individual. Mientras sigamos tratando la violencia masculina como una anomalía individual (un muchacho perturbado, una familia disfuncional, un arma que circulaba) y no como el producto de un modelo de subjetividad que fabrica hombres incapaces de relacionarse con la frustración, el rechazo y la vulnerabilidad sin convertirlos en explosión, seguiremos llorando a las víctimas sin tocar las causas.

La pregunta filosófica central, entonces, no es jurídica ni siquiera psicológica. Es sobre el tipo de sujeto que producimos. Qué entendemos por masculinidad. Qué le enseñamos a un niño sobre lo que significa ser hombre en un mundo que le ofrece, simultáneamente, modelos de dominación obsoletos y la ilusión de que la pérdida de esos modelos es una injusticia. La machósfera/manósfera (ese ecosistema de influencers, foros y comunidades que alimenta a los incels) prospera en la brecha entre lo que la cultura tradicional prometía a los hombres y lo que la realidad ofrece. Es una ideología de la nostalgia y el agravio, y como toda ideología del agravio, encuentra sus reclutas más fáciles entre quienes más han sufrido y menos han tenido palabras para nombrarlo.

Hay quienes dirán que el problema es tecnológico y que se deben regular los algoritmos, moderar los contenidos, cerrar los foros. Todo eso es necesario, pero insuficiente. Lo hemos visto con cada plataforma prohibida y que la comunidad migra, se vuelve más cerrada, más radicalizada. La tecnología amplifica lo que ya existe, pero no lo crea. Si apagáramos internet mañana, seguiríamos teniendo una cultura que no sabe qué hacer con el dolor de los hombres jóvenes, y ese dolor buscaría otro canal. El problema no está en el servidor, está en el modelo de humanidad que hemos producido.

Lo que la filosofía puede aportar en este momento, y lo que un blog de ética tiene la obligación de decir en lugar de callar por delicadeza, es que no hay ética posible sin mirar de frente las condiciones que producen el mal. Que comprender no es perdonar. Que la indignación moral sin análisis es ruido, y el análisis sin indignación moral es complicidad. Que las dos maestras asesinadas en Michoacán merecen justicia, y que esa justicia no llegará con la condena de un adolescente de quince años, sino con la honestidad de preguntarnos qué tipo de mundo lo formó para creer que matar era la única forma de ser visto.

El abandono que mata no siempre deja marcas visibles. A veces se parece a una familia funcional, a una escuela que no detectó nada, a un algoritmo que ofreció comunidad cuando nadie más lo hizo. A veces tiene el rostro de un niño de quince años con un estuche de guitarra. Y para cuando lo reconocemos, ya es demasiado tarde para las dos personas que murieron ese martes por la mañana en Lázaro Cárdenas. No debería serlo para los que vienen después.


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