Miguel Huerta
En la cultura occidental moderna solemos alabar la autonomía como el grado más alto del desarrollo ético: ser dueñxs de nuestras decisiones, capaces de gobernar nuestras pasiones con la fría balanza de la razón. Hay algo tranquilizador en esa imagen de la persona firme, coherente, que sabe lo que quiere y actúa en consecuencia, y es que buena parte de la filosofía moral desde Kant hasta el liberalismo contemporáneo ha construido sus edificios sobre ese supuesto. Sin embargo, “Can’t Fight This Feeling” de la banda REO Speedwagon, esa balada poderosa de 1984 que todavía suena con profundidad en radios, plataformas, películas y series de mediana edad tipo Cobra Kai, nos presenta una situación que pone en jaque esa premisa de manera silenciosa pero contundente.

El protagonista no narra el inicio luminoso de un amor correspondido. Narra el momento exacto en que el andamiaje emocional construido durante años (quizá una amistad, quizá un contrato tácito de no traspasar ciertos límites), comienza a derrumbarse desde adentro, sin que nadie haya empujado nada. La frase central no es un grito de conquista ni una declaración de intenciones: es una confesión de rendición. Ya no es posible seguir luchando. Y desde una perspectiva ética, eso nos confronta con una paradoja que vale la pena tomarse en serio: la autenticidad no siempre reside en el dominio absoluto de quienes somos, sino en la capacidad de reconocer cuándo la estructura de nuestras convicciones ha quedado obsoleta frente a la fuerza de la experiencia vivida.
El conflicto que describe la letra es eminentemente sartreano, aunque Sartre (1905-1980) nunca habría esperado encontrar su filosofía en una canción de rock melódico (jajajaja). El protagonista se descubre arrojado (para usar el término exacto que Heidegger prestó y Sartre transformó), a una situación que no eligió deliberadamente, pero que ahora define su proyecto existencial. Ha reprimido ese sentimiento durante mucho tiempo, probablemente por lealtad a una imagen previa de sí mismx, o por respeto a un orden que consideraba sagrado: la amistad que no debe convertirse en otra cosa, el rol que uno ocupa y que no conviene abandonar. Eso es precisamente lo que Sartre llama mala fe: ese autoengaño productivo que nos permite seguir actuando como si nada hubiera cambiado, como si la vida interior y nuestro discernimiento pudieran mantenerse indefinidamente separados de la vida que uno-una vive hacia afuera. La mala fe no es cobardía en el sentido vulgar; es, con frecuencia, una forma de cortesía hacia una mismx, una manera de no tener que hacer las preguntas difíciles. Pero hay un punto en que ese mecanismo se rompe, y la canción lo capta con una precisión que la filosofía académica rara vez logra. Cuando el cuerpo y la emoción desbordan cualquier categoría racional previa, sostener la ficción se vuelve más costoso que abandonarla. La letra de la canción sugiere entonces que existe una dimensión ética anterior al cálculo utilitario: la fidelidad a lo que realmente se siente, incluso cuando eso implique desmoronar la identidad que construimos con tanto cuidado. No se trata de un impulso ciego ni de una capitulación al instinto. Se trata de la conciencia, lúcida-dolorosa, de que seguir fingiendo sería, paradójicamente, un acto inauténtico más destructivo que la confesión misma.
Si trasladamos el análisis al terreno de la ética de la vulnerabilidad, que pensadoras como Martha Nussbaum y Judith Butler han desarrollado desde ángulos distintos pero complementarios, “Can’t Fight This Feeling” se convierte en algo inesperado: un himno a la valentía de mostrarse frágil. Nussbaum lleva décadas argumentando que las emociones no son ese ruido de fondo que la razón debe silenciar, sino formas de conocimiento moral con su propia lógica y su propia inteligencia. Sentir algo con intensidad es también una manera de saber algo sobre el mundo y sobre nosotrxs mismxs.
Butler, por su parte, ha insistido en que la vulnerabilidad no es una debilidad privada sino una condición compartida que define lo humano antes de que cualquier identidad se consolide. Desde ese marco, el protagonista de la canción no está fallando en su proyecto de autocontrol: está siendo honesto sobre una condición que todxs compartimos y que pocxs se atreven a nombrar. Admite haber estado cerrando los ojos y deslizándose en el amor sin permiso explícito, casi sin querer, y esa admisión revela una verdad incómoda: los afectos más transformadores no obedecen a la lógica contractual del consentimiento previo. No se negocian. Emergen de una zona de indeterminación donde el sujeto racional ya no manda. La decisión ética, entonces, no está en impedir que ese sentimiento nazca, porque eso ya es imposible, y lo sabemos, sino en gestionar su irrupción sin violencia ni autoengaño, sin hacernos daño ni proyectar ese daño hacia afuera. La canción propone, casi sin proponérselo, que la madurez moral no consiste en no caer, sino en reconocer, con lucidez y sin culpa paralizante, que ya se ha caído, y que ese estado de rendición puede ser el primer acto verdaderamente libre de toda la historia.
La popularidad duradera de esta balada no se explica únicamente por su melodía, la excelente armonía, el piano o por la poderosa voz de Kevin Cronin escalando hacia el agudo en el estribillo. Se explica porque toca un nervio filosófico que no envejece: el conflicto entre el deber ser y el ser efectivo, entre lo que creemos que deberíamos sentir y lo que efectivamente sentimos cuando bajamos la guardia. El imperativo categórico kantiano nos pide que obremos siempre según máximas que puedan convertirse en ley universal. Es un criterio admirable, y probablemente necesario como horizonte regulativo. Pero ¿qué ley universal podría aplicarse a un sentimiento único, irrepetible e innegable como el que describe la canción? ¿Puede universalizarse la máxima de rendirse ante lo que realmente sentimos?
Tal vez sí, si entendemos esa rendición no como abandono irracional sino como aceptación humilde de que la razón tiene límites frente a la complejidad de la vida emocionada. Lo que la canción propone, en el fondo, es eso: dejar de gastar energía en una lucha que ya se perdió desde adentro, y redirigir esa energía hacia algo más honesto. Desde este blog que piensa la ética en el mundo real, “Can’t Fight This Feeling” merece un lugar, no como curiosidad pop, sino como recordatorio de que a veces la acción más coherente y valiente es la que nace de la rendición honesta ante lo que ya somos, en lugar de la lucha inútil por seguir siendo lo que creíamos que debíamos ser.
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