“Genocidio”, la palabra del 2025

Miguel Huerta

Imagina un mundo donde ciertas palabras no existieran. Donde no hubiéramos necesitado inventar un término para nombrar lo innombrable. “Genocidio” es una de esas palabras. Que en 2025 haya sido elegida como la palabra del año no es un logro, es una alerta roja que parpadea en el panel de control de nuestra humanidad. Es como si en la serie Black Mirror un episodio se volviera tan real que tuviéramos que crear un vocablo nuevo para describir su horror. Esta palabra, que nació de las cenizas del siglo XX, ha resurgido con fuerza en nuestro tiempo, invitándonos a una conversación incómoda pero necesaria.

La historia de esta palabra comienza con un hombre, Raphael Lemkin, que presenció lo que muchos prefirieron ignorar. En 1944, mientras el mundo aún temblaba por la Segunda Guerra Mundial, Lemkin combinó el griego “genos” (raza, pueblo) con el latín “cidium” (matar). No estaba creando un término académico; estaba forjando un arma conceptual para hablar de una realidad cruel. Como los jóvenes activistas de hoy que nombran las realidades que los adultos evitan mencionar, Lemkin nos dio las palabras para nombrar el horror sistemático. Su creación pasó de ser un neologismo de jurista a un principio legal en 1948, cuando la ONU adoptó la Convención para la Prevención del Genocidio. Pero las palabras en los tratados internacionales son como los superhéroes en los cómics: su verdadero poder se revela cuando debemos invocarlos en los momentos más oscuros.

Lo que hace al genocidio distinto de otros crímenes es esa intención específica, ese deseo de borrar a personas y a identidades enteras. Es el equivalente moral del “Rapero Fino” en One Piece que puede borrar la existencia de alguien de la memoria de todos, pero llevado a una escala aterradora. No es violencia caótica como la de The Purge; es metódica, sistemática, como un algoritmo de destrucción. Requiere planificación, como esos villanos de películas que tienen pizarras llenas de diagramas para dominar el mundo, pero con resultados trágicamente reales. Los cinco actos que legalmente constituyen genocidio (el asesinato directo de un grupo humano, lesiones graves a la integridad física y mental del grupo, sometimiento intencional a la destrucción del grupo, restricción en la natalidad del grupo y hasta la transferencia forzada de infancias) forman un manual de lo que nunca debería hacerse.

La cultura pop ha intentado acercarse a este abismo, a veces con acierto, a menudo con dificultad. En X-Men, la animosidad hacia los mutantes refleja ese miedo al “otro/otra” que puede escalar hasta la exterminación. Los juegos del hambre muestran cómo un poder opresor puede convertir la destrucción en espectáculo. Incluso en Harry Potter, la “pureza de sangre” que persiguen los mortífagos recuerda las ideologías que justifican lo injustificable. Pero ninguna ficción, por dura que sea, iguala la crudeza de los ejemplos históricos reales: desde el Holocausto hasta Ruanda, desde Srebrenica hasta el actual sufrimiento de los yazidíes y palestinos. Como los memes virales que nos recuerdan verdades incómodas entre tanta distracción digital, estos casos nos fuerzan a mirar.

Que genocidio sea la palabra del 2025 nos habla de nuestro presente incómodo. En una era de influencers y tendencias efímeras, esta palabra perdura como un recordatorio de que algunos horrores trascienden el ciclo de noticias. Las juventudes de hoy, acostumbradas a filtrar realidades a través de pantallas, se enfrentan a imágenes y testimonios que desafían cualquier filtro. Como cuando en El cuento de la criada vemos cómo se desmantelan derechos básicos, hoy presenciamos discursos que deshumanizan a grupos enteros, el primer paso hacia atrocidades mayores. Las redes sociales, capaces de unir al mundo para bailes virales, también pueden amplificar el odio que precede a la violencia masiva.

Aquí está nuestra paradoja generacional. Tenemos más herramientas que nunca para documentar injusticias, pero también más distracciones para evitarlas. Podemos ver en tiempo real lo que antes tomaba años descubrir, pero también podemos deslizar el dedo hacia el siguiente contenido. La palabra genocidio nos confronta con esta disyuntiva. Nos pregunta si seremos espectadores pasivos o testigos activos. Nos desafía a usar nuestra conectividad además de para compartir memes, también para mantener viva la memoria y la alerta.

Para el pensamiento ético, esta palabra ofrece un campo fértil para preguntas incómodas: ¿dónde empieza la responsabilidad cuando vemos surgir las condiciones para atrocidades? ¿Cómo mantener la empatía en un mundo de sobrecarga informativa? ¿Qué deberíamos hacer cuando las palabras de odio se normalizan en nuestros feeds? Estas no son preguntas académicas; son brújulas morales para navegar un mundo donde lo impensable sigue ocurriendo.

La elección de genocidio como palabra del año es un llamado a no acostumbrarnos, a no normalizar lo que nunca debería ser normal. En un mundo que a menudo prefiere el entretenimiento a la reflexión, esta palabra nos obliga a detenernos. Nos recuerda que algunas realidades no pueden reducirse a un emoji o un tuit, pues requieren que miremos fijamente lo que duele ver. Ojalá llegue el día en que genocidio sea una palabra histórica y no una realidad contemporánea. Hasta entonces, pronunciarla, entenderla y actuar frente a lo que representa es quizá uno de los actos más éticos que podemos realizar. Porque las palabras, además de que describen la realidad, también pueden ayudar a cambiarla cuando nombran verdades que no podemos ignorar.

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