Iniciar el año con un mundo saturado

Miguel Huerta

Un mundo saturado es el que tenemos hoy, y escribir eso ya es un acto de resistencia en una época donde la atención es un bien más escaso que el agua en Marte. Nuestros sentidos están en permanente estado de asedio. Salir a la calle es someterse a un bombardeo de pantallas, sonidos, olores y ofertas que convierten el simple acto de caminar en una navegación obstruida por pop-ups existenciales. 

Los ojos piden piedad, los oídos anhelan silencio, pero el negocio del mundo moderno se basa en que nunca estés quieto, nunca en paz, siempre un poco insatisfecho y, por lo tanto, siempre dispuesto a consumir la siguiente solución en forma de producto, experiencia o contenido rápido. Las experiencias mismas han sido empaquetadas y vendidas como mercancías; ya no vivimos momentos, los coleccionamos y los exhibimos, convirtiendo la autenticidad en el accesorio más irónico de todos. Viajamos para subir fotos, comemos para postear, nos relacionamos para tener material narrativo. Hasta el aburrimiento, ese antiguo semillero de ideas y rebeliones, ha sido medicalizado y sustituido por el scroll infinito, ese soma digital que nos mantiene dóciles y entretenidos. Y en este panorama de sobrecarga, incluso la barbarie encuentra su nicho de mercado: los conflictos bélicos se multiplican en la pantalla, convertidos en contenido en bruto que compite por nuestro scroll entre un reel de baile y un anuncio de ropa. 

La grosería política alcanza niveles de reality show, donde las decisiones que destruyen vidas se tuitean con la frivolidad de una pelea entre influencers, y la indignación moral, tan saturada como todo lo demás, se convierte en un emoji fugaz antes del siguiente post. La guerra, la máxima expresión de la saturación de la ética, se consume en streaming, otro producto más en el menú del horror contemporáneo.

Y mientras nuestras vidas se convierten en un archivo de momentos curados, nuestras finanzas se transforman en un castillo de deudas. Vivimos a crédito en todo sentido. Pedimos prestado dinero, tiempo, atención y hasta la posibilidad de un futuro estable. El sueño ya no es tener una casa, es tener un plan de pagos manejable. La información, por su parte, nos ahoga con la promesa vacía de sabiduría. Tenemos acceso a todo el conocimiento humano en un dispositivo que cabe en nuestro bolsillo, y lo usamos principalmente para ver memes, discutir con desconocidos y consumir noticias que nos dejan más ansiosos e informados de superficialidades. Estamos sobrealimentados de datos y desnutridos de comprensión. 

La mercancía, el dios final de este circo, lo ha devorado todo. Hasta nuestra identidad, nuestros deseos y nuestra indignación se pueden comprar, empaquetar y vender. La rebeldía se reduce a una camiseta, la espiritualidad a un curso online, y la crítica política a un sticker en la laptop. 

Nos reímos con humor desgarrado porque es el único tono que le queda a una realidad tan absurdamente autocanibalista. Nos estamos comiendo a nosotrxs mismxs, un like a la vez, y el sistema nos vende los cubiertos.

¿Qué sacrificas en el altar de la saturación —el silencio, el sueño o las conexiones reales— cuando el ruido del mundo exige tu atención perpetua? En un mercado que empaqueta hasta la desconexión y convierte cada experiencia en contenido, ¿dónde reside lo auténticamente tuyo, lo que no está en venta? Y si la deuda —económica, emocional, atencional, existencial— es el aire envenenado que respiramos, ¿cómo aprenderíamos a contener la respiración el tiempo suficiente para recordar qué queríamos ser antes de que nos dijeran qué debíamos comprar?


© Acción Ética – Todos los derechos reservados. Este ensayo fue escrito con fines de reflexión y análisis cultural.

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