Trump el fantasioso: cuando el poder disuelve la realidad

Miguel Huerta

La mentira en política es tan antigua como la propia polis. Maquiavelo aconsejó al príncipe la simulación; Platón defendió la “noble mentira” como herramienta de cohesión social; Leo Strauss teorizó sobre el esoterismo como protección de las verdades filosóficas frente al vulgo. Sin embargo, existe una diferencia cualitativa y éticamente decisiva entre la mentira estratégica (aquella que reconoce la realidad pero la oculta por un cálculo) y la que hoy define el discurso de Donald Trump (el político dos caras y fascista): la fantasía autorreferencial.

Llamar “fantasioso” a Trump no es un insulto coloquial ni una licencia retórica. Es un diagnóstico filosófico preciso contra la derecha y su ideología. El fantasioso no es el mentiroso clásico: el mentiroso mantiene un pie en la realidad, sabe lo que es verdad y elige tergiversarlo. El fantasioso, en cambio, parece habitar un espacio donde la distinción entre hecho y deseo se ha disuelto por completo. Su palabra no describe el mundo; pretende fundarlo, anulando la realidad compartida que hace posible la convivencia democrática. Y es justamente esa disolución, y no el contenido particular de cada falsedad, lo que convierte su discurso en una amenaza de orden constitutivo.

I. La cifra inventada: la verdad como obstáculo al poder

Uno de los patrones más reveladores de esta retórica es la inflación sistemática de datos. La inversión anunciada pasa de 9,6 a 18 billones de dólares (no como corrección, sino como ampliación del efecto) y la cifra se repite en foros internacionales como Davos sin rubor ni enmienda. No estamos ante un error de cálculo ni ante la exageración nerviosa de un político bajo presión. Estamos ante una cifra ficticia consolidada, reproducida deliberadamente porque funciona.

Desde la ética kantiana (Fundamentación de la metafísica de las costumbres [1785]), este acto representa una instrumentalización masiva de la audiencia. Al tratar a ciudadanos, líderes mundiales y mercados como receptores pasivos de su grandiosidad, Trump viola el imperativo categórico: niega a sus oyentes la información veraz que necesitan para ejercer su autonomía racional y, con ello, los reduce a medios de su propia exaltación.

Hannah Arendt (Verdad y política [1967]/ Los orígenes del totalitarismo [1951]) nos advirtió sobre la fragilidad particular de la verdad de hecho frente a la mentira moderna. El factum (lo ocurrido, lo medible, lo verificable) es contingente por naturaleza: no puede defenderse con la misma firmeza lógica con que se defiende una verdad matemática. Duplicar una magnitud económica sin consecuencias no es, pues, un acto aislado de deshonestidad; es una demostración de que la realidad empírica ha dejado de ser el terreno común de la deliberación política para convertirse en un obstáculo moldeable a voluntad. Cuando un dato puede ser alterado impunemente desde el poder, cualquier debate sobre política pública pierde su suelo firme.

II. Paz declarada sobre la guerra: la violencia epistémica

Si la inflación de cifras afecta al terreno económico, la afirmación de haber puesto fin a “ocho guerras” introduce una dimensión moral cualitativamente distinta. La verificación factual obliga aquí a un matiz que, lejos de debilitar el argumento filosófico, lo afila: algunos de esos conflictos sí existían (el alto el fuego en Gaza, el acuerdo entre Armenia y Azerbaiyán) y Trump jugó en ellos un papel real. El problema no es que haya inventado guerras de la nada, sino que ha llamado “fin” a lo que los hechos sobre el terreno desmienten: ceses del fuego frágiles presentados como paces definitivas, acuerdos disputados por las propias partes, conflictos que continuaron con violencia activa semanas después de ser declarados resueltos. No se maquillan estadísticas comerciales: se declara la paz sobre poblaciones que siguen muriendo. Eso es una forma de violencia epistémica: borra del mapa el sufrimiento real para adornar un legado presidencial.

Esta operación recuerda lo que Jean Baudrillard (Simulacra and Simulation” [1981]) denominó simulacro: no la representación distorsionada de algo real, sino la producción de un signo que ya no remite a ninguna realidad. Trump no simula haber terminado guerras; simula la existencia de una paz que nunca tuvo lugar, y ese simulacro, lejos de ser inofensivo, desplaza la atención pública de crisis humanitarias reales. Al declarar la misión cumplida, se abandona la responsabilidad geopolítica, se engaña a la opinión pública sobre la posición real de su nación en el mundo y se clausura, simbólicamente, cualquier demanda de rendición de cuentas.

Lo que diferencia este tipo de falsedad de la propaganda ordinaria es su carácter performativo: no describe lo que ocurrió, sino que pretende producir el estado de cosas al pronunciarlo. Es la retórica de quien confunde la palabra con el decreto.

III. Groenlandia, molinos y peces: La geografía del capricho imperial

Los ejemplos se multiplican y revelan un patrón estructural: la distorsión histórica para justificar pretensiones expansionistas sobre Groenlandia; el error geográfico fabricado para avivar la guerra cultural interna (los incendios de California y el pez); la negación de la realidad industrial de una superpotencia rival (la ausencia inventada de parques eólicos en China). En cada caso, el hecho objetivo es sacrificado en el altar de una narrativa conveniente: el interés imperial, la demonización del adversario político interno, la propaganda exterior.

Pero hay aquí algo más profundo que la mentira táctica. Arendt, al analizar los regímenes totalitarios, identificó en el “cinismo” propagandístico no un descuido, sino una declaración de poder: la afirmación de que el poder puede moldear la realidad más allá de cualquier evidencia. Sostener que China no tiene parques eólicos cuando los tiene visibles desde el espacio no es un error corregible; es una demostración de fuerza: “Puedo decir esto, y millones me creerán, porque mi voz tiene más peso que sus ojos”. Es la aniquilación de la experiencia sensible en favor del dogma del líder, el primer paso hacia lo que Arendt llamó la “fábrica de mentiras” que precede a la violencia política abierta.

IV. La “inundación de mentiras” como estrategia antidemocrática

Hay quienes analizan estas falsedades una a una, esperando que la acumulación de refutaciones produzca el escarnio público y el correctivo político. Esta estrategia malentiende la naturaleza del fenómeno. Lo que aquí se describe no es un conjunto de errores independientes, sino una saturación deliberada de los mecanismos de verificación: producir mentiras más rápido de lo que pueden ser desmentidas, de modo que el esfuerzo mismo de seguir el rastro agote a la ciudadanía y normalice la desorientación.

John Rawls en su texto El liberalismo político (1993) entendía que una democracia liberal se sostiene sobre una “razón pública” que apela a estándares compartidos de evidencia y argumentación. Al minar sistemáticamente la credibilidad de la ciencia, los medios, la estadística oficial y la historia, el proyecto que representan estas falsedades no solo miente: destruye los cimientos de la razón pública. Sin un espacio donde los hechos puedan ser verificados y aceptados por adversarios políticos, la democracia degenera en una guerra de tribus irreconciliables, cada una atrincherada en su propia realidad alternativa.

La trágica ironía es que el poder del fantasioso para reescribir la realidad es parasitario de su posición institucional. El caso de la radio y la televisión pública en Estados Unidos lo ilustra con precisión clínica: Trump ordenó mediante decreto ejecutivo retirar la financiación federal a NPR y PBS, declarándolas voceros del enemigo ideológico. Un juez federal declaró la orden inconstitucional por violar la Primera Enmienda, y ambas redes continúan emitiendo. Pero el daño político ya estaba hecho: para millones de seguidorxs, la cobertura de esas emisoras es, por definición, propaganda, independientemente de lo que transmitan y de lo que digan los tribunales. El decreto no necesitó ser ejecutado para producir su efecto real: inocular la desconfianza. Se genera así una profecía autocumplida que no requiere ser verdad para ser políticamente eficaz, y que convierte cualquier evidencia contraria, incluidas las sentencias judiciales, en prueba adicional de la conspiración.

Conclusión: la factualidad como acto político

Llamar a Trump “el fantasioso” es, por tanto, una operación filosófica y política necesaria. El término captura una amenaza que las categorías clásicas de “mentiroso”, “demagogo” o “populista” no alcanzan a nombrar con precisión. No estamos ante un político que miente para salvar su cargo o aprobar una ley, lo que situaría su conducta dentro de la tradición, lamentable pero conocida, de la razón de Estado. Estamos ante un arquitecto de realidades alternativas cuyo proyecto es, en su lógica profunda, incompatible con la forma de vida democrática.

Frente a ello, la defensa de los hechos, esa labor a veces gris, meticulosa y agotadora del periodismo de verificación y del pensamiento crítico, no es una actividad técnica ni neutral. Es, en el sentido más pleno, un acto político: la resistencia activa a que el espacio público sea colonizado por la fantasía del poder.

Antes de deliberar sobre cómo queremos vivir juntxs, que es, en el fondo, la pregunta de toda filosofía política, debemos ser capaces de ponernos de acuerdo sobre el mundo que habitamos. Solo sobre el suelo firme de la factualidad compartida puede florecer una ética genuina y una política orientada al bien común. Todo lo demás es el castillo de naipes de quien, como el emperador del cuento, espera que nadie se atreva a señalar que va desnudo. Y en democracia, señalarlo no es sólo un derecho, es una obligación cívica.


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