Miguel Huerta
El cuerpo siempre ha sido un texto, una superficie donde la cultura inscribe sus mandatos más urgentes. Durante siglos, Occidente leyó la delgadez como signo de virtud, de autocontrol, de esa fuerza de voluntad que distinguía a la ciudadanía ejemplar de quienes se abandonaban al deseo. La gordura, en cambio, se interpretaba como una confesión pública de pereza, gula o desorden moral. Ese sistema de signos, tan viejo como la modernidad, empieza hoy a resquebrajarse bajo el peso de una jeringa. Lo que ocurrió en Coachella 2026 no fue una simple anécdota de festival, sino la puesta en escena de una mutación ética profunda: la transformación del cuerpo delgado de prueba moral en producto de consumo, de evidencia de carácter en evidencia de poder adquisitivo. Esa transformación nos obliga a preguntarnos qué queda de nuestra autonomía cuando el deseo mismo se administra con receta médica.
Cuando los videos del Revolve Festival mostraban puestos de comida vacíos y filas interminables para conseguir gafas de sol, cuando la influencer Bran Flakez bromeaba atribuyendo el fenómeno al Ozempic y la cantante Nathy Peluso debía defenderse públicamente de acusaciones sobre su cuerpo, algo más profundo que la moda quedaba al descubierto. Asistíamos al nacimiento de una nueva jerarquía corporal. La delgadez ya no se presenta como el resultado visible de una vida disciplinada, sino como el efecto de una suscripción farmacológica. En el horizonte ético contemporáneo, la pregunta ha dejado de ser “¿qué has hecho para merecer tu cuerpo?” para convertirse en “¿qué puedes pagar para conseguirlo?”. Es un desplazamiento sutil pero devastador: donde antes reinaba la ética protestante del esfuerzo, ahora se instala la lógica del acceso, y con ella una forma inédita de distinguir entre quienes pueden y quienes no.
El filósofo Michel Foucault nos enseñó a reconocer cómo el poder no solo reprime los cuerpos, sino que los produce activamente. Su concepto de biopoder (esa gestión de la vida y la salud por parte de instituciones y saberes) encuentra en el fenómeno Ozempic una materialización casi perfecta. Durante décadas, el cuerpo gordo fue patologizado por un discurso médico que, con un paternalismo incuestionado, asumió la tarea de normalizarlo. Pero cuando ese mismo discurso ofrece una solución farmacológica, la respuesta cultural se vuelve profundamente ambivalente. Por un lado, se medicaliza la gordura como enfermedad crónica, liberando a las personas de la carga moral del fracaso personal. Por otro, se refuerza la patologización misma: si existe una pastilla, es porque hay algo que corregir. La liberación farmacológica de la culpa es también una ratificación de la anormalidad. La paradoja ética resulta ineludible: Ozempic te absuelve moralmente solo si aceptas que tu cuerpo natural era un problema que necesitaba arreglo.
Lo escenificado en ese festival paralelo merece una reflexión aparte. Allí se representó un ritual de renuncia que recuerda peligrosamente a las prácticas ascéticas de otras épocas, aunque vaciado de todo contenido espiritual. Mostrar desinterés por la comida gratuita en un espacio de hipervisibilidad es un acto performativo de distinción social. No es que el cuerpo no tenga hambre; es que exhibir la ausencia de hambre se ha convertido en la forma contemporánea de demostrar pertenencia a una élite. En la sociedad de consumo, donde la abundancia alimentaria es la regla, la restricción se convierte en el verdadero lujo. El ayuno monástico buscaba la purificación del alma; el ayuno farmacológico de Coachella busca la validación en Instagram. Ambos comparten, sin embargo, una desconfianza profunda hacia el cuerpo y sus apetitos.
La vigilancia corporal,esa mirada social que escudriña, juzga y clasifica los cuerpos ajenos, ha encontrado en Ozempic un nuevo combustible. El caso de Nathy Peluso, obligada a desmentir públicamente el uso del fármaco, expone el nuevo código moral que se está gestando: la delgadez asistida químicamente despierta sospecha, como si existiera una jerarquía entre quienes adelgazan por métodos considerados tradicionales y quienes lo hacen farmacológicamente. Es una inversión curiosa del estigma anterior. Si antes la gordura era la prueba visible del fracaso moral, ahora la delgadez rápida se convierte en la prueba visible de un posible atajo, de una autenticidad cuestionable. Aparece así la figura del cuerpo tramposo, del cuerpo que miente, del cuerpo que ha conseguido su forma por medios que, aunque legítimos médicamente, resultan culturalmente turbios. La autenticidad se ha erigido en la virtud suprema de nuestro tiempo, y el cuerpo intervenido, incluso por prescripción médica, despierta la misma desconfianza que cualquier otra forma de mejora artificial.
La dimensión de salud pública añade otra capa de complejidad ética que no puede soslayarse. Los beneficios metabólicos del fármaco para personas con obesidad son reales y significativos; eso está fuera de discusión. Pero el uso masivo fuera de una necesidad real, impulsado por la cultura de la celebridad y la aspiración estética, genera una escasez que afecta directamente a quienes tienen diabetes y dependen del medicamento para algo más que la apariencia. En Coachella, como en tantos otros espacios de élite, el fármaco circula como bien de consumo estético, mientras en las farmacias escasea para quienes lo necesitan por razones de supervivencia. Esto plantea una pregunta incómoda sobre justicia distributiva: ¿es éticamente aceptable que un medicamento se convierta en accesorio de lujo a costa de la salud de quienes no pueden competir en ese mercado? La respuesta intuitiva es no, pero el sistema en que vivimos carece de herramientas para distinguir entre el deseo de adelgazar y el derecho a la salud.
La pérdida del placer de comer, ese “food noise” que el fármaco silencia, representa una mutación antropológica de primera magnitud. La comensalidad es uno de los rituales fundacionales de la cultura humana. Compartir la mesa ha sido, desde tiempos inmemoriales, el acto que construye comunidad, sella pactos y celebra la vida. Un fármaco que elimina el deseo de comer no solo modifica el metabolismo individual; transforma la sociabilidad misma. En las cenas de trabajo, en los encuentros familiares, en las citas, la persona inyectada participa del ritual pero ha desertado del deseo que lo sostenía. Es una presencia ausente: un cuerpo que ocupa su lugar en la mesa mientras su subjetividad apetitiva ha sido químicamente puesta en pausa. La pregunta filosófica que emerge es si podemos llamar libertad a esta nueva condición. ¿Somos más libres si eliminamos químicamente un deseo que antes nos dominaba, o simplemente hemos transferido ese dominio a una instancia externa que ahora decide por nosotres qué desear y qué no?
El debate sobre el dopaje deportivo ofrece aquí una analogía iluminadora. Durante décadas, hemos considerado que quienes usan sustancias para mejorar su rendimiento cometen una falta ética porque atentan contra la igualdad de condiciones y porque su logro no es auténticamente propio. Pero cuando el dopaje abandona el estadio y se instala en la vida cotidiana, la línea se difumina hasta desaparecer. La cafeína que nos despierta cada mañana, los antidepresivos que estabilizan el ánimo, el Ozempic que regula el apetito: todas son formas de intervención química sobre el sujeto. La pregunta ya no es si usamos o no fármacos para vivir, sino dónde trazamos la frontera entre la terapia legítima y la mejora ilegítima, entre curar y potenciar, entre restaurar la salud y trascender los límites de lo humano. Esa frontera, nos recuerda este fenómeno, es una construcción cultural tan maleable como los propios cuerpos.
Lo que Coachella anticipa es la normalización de un cuerpo posnatural: un cuerpo cuyo aspecto, apetito y metabolismo serán gestionados farmacológicamente desde la juventud. Cuando los precios bajen y las versiones orales se popularicen, la delgadez química perderá su aura de exclusividad y se convertirá en la nueva normalidad. Quienes opten por no intervenir sus cuerpos, quienes defiendan la gordura como identidad política o simplemente no puedan acceder al tratamiento, quedarán señaladxs como desviadxs de una norma que ya no necesitará justificarse moralmente, porque se habrá disfrazado de salud. El biopoder habrá alcanzado entonces su victoria más sutil: habrá convertido la medicalización del cuerpo en una elección de consumo, y la vigilancia habrá sido interiorizada tan profundamente que cada dosis semanal será, para el sujeto, un acto de libertad. Pero la filosofía, fiel a su vocación intempestiva, debe seguir formulando la pregunta incómoda: ¿libertad para qué, y a costa de quién?
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