Xavier Zubiri (2): la esencia y la estructura del mundo

Miguel Huerta

Si en el ensayo anterior sobre Zubiri nos detuvimos en el acto de apoyar la mano sobre una mesa para descubrir la inteligencia sentiente, ahora cabe preguntarse qué es exactamente aquello que nuestra mano toca. Hemos establecido que la mesa se nos actualiza como algo “de suyo”, como una realidad. Pero ¿en qué consiste esa realidad? La respuesta inmediata de la tradición filosófica, de Aristóteles a la modernidad, ha sido apelar a la “sustancia”: la mesa sería un soporte oculto que aguanta una serie de accidentes o cualidades (el color marrón, la dureza, la forma rectangular) así como un gancho sostiene ropa. Xavier Zubiri consideró que esta explicación, aunque productiva durante siglos, resulta insuficiente porque imagina la realidad como un substrato pasivo e inerte que necesita ser activado desde fuera. Para él, la realidad no es una sustancia quieta sobre la que recaen accidentes, sino un sistema dinámico de notas que conforman una unidad coherencial. A esa unidad primaria, Zubiri la llama sustantividad.

Comprender la sustantividad es adentrarse en el núcleo duro de la metafísica zubiriana. Pensemos en un perro. Un perro tiene peso, color, tamaño; ladra y corre. Pero si decimos que el perro es una sustancia que simplemente “tiene” esas notas como accidentes, estamos ignorando algo decisivo: que esas notas no son añadidos aleatorios pegados a un soporte misterioso, sino que están intrínsecamente articuladas entre sí para constituir la unidad que es ese animal concreto. El color del pelaje, la estructura de sus patas, su metabolismo y su sistema nervioso no son piezas sueltas ensambladas sobre un sustrato oculto; son momentos de un único sistema constructivo. Eso es la sustantividad: la suficiencia constitucional de un sistema de notas. Las notas no son cualidades que le suceden a la cosa (que le caen encima desde fuera, como la lluvia cae sobre una piedra); son la cosa misma en su estar constituida. Por eso Zubiri prefiere hablar de la mesa como una sustantividad y no como una sustancia. La mesa no es un “algo” que subyace a su color y a su forma; la mesa es el sistema coherente que forman su madera, su resistencia, su superficie horizontal y sus patas. Nada falta; nada sobra.

Esta perspectiva transforma radicalmente lo que entendemos por esencia. La tradición filosófica buscó la esencia de las cosas como una definición inmutable y abstracta: un modelo ideal suspendido en un mundo aparte, ajeno al cambio y a la materia. Para Zubiri, en cambio, la esencia no es la definición lógica ni la idea platónica, sino el principio estructural mismo de la sustantividad. En el caso del perro, su esencia no es la “caninidad” flotando en el aire como un concepto desencarnado, sino la estructura genética, fisiológica y morfológica concreta que hace que ese conjunto de notas celulares, óseas y nerviosas constituya un sistema viviente. La esencia es, entonces, algo físico y real, no algo meramente conceptual: es la estructura que confiere unidad al sistema. Y aquí aparece una de las aportaciones más fértiles de Zubiri a la comprensión del mundo físico: al ser la esencia un principio estructural y no una idea fija, el mundo zubiriano es intrínsecamente dinámico.

La realidad, constituida por notas que pertenecen a un sistema, no es estática. Las notas no están simplemente “ahí”, como objetos dispuestos en un estante; están siendo activamente lo que son en virtud de su mutua respectividad. Una nota es tal nota por la función que cumple respecto a las demás dentro del sistema. El corazón es corazón porque bombea sangre en relación coherencial con los pulmones y el cerebro; extráigalo del sistema y lo que queda es un trozo de tejido, no una nota constitucional. Esto implica que la realidad está en perpetuo dar de sí. Las cosas no son lo que son porque sean copias de un modelo eterno e inamovible; se constituyen en su propia estructura, sosteniéndola desde dentro. Este dinamismo no es algo que le sobrevenga a la sustancia desde fuera, como un motor que empuja un carro parado: es el dinamismo propio del sistema en su mantenerse como tal, la tensión interna que lo mantiene vivo como unidad.

Esto tiene consecuencias que van más allá de la filosofía pura. Cuando la física cuántica o la biología evolutiva describen sistemas donde las partículas o las células se definen por sus interacciones y no por su aislamiento, están rozando la metafísica zubiriana sin saberlo. La sustantividad es una categoría mucho más afín a la ciencia contemporánea que la vieja noción de sustancia: nos permite hablar de la realidad de un ecosistema, de una molécula o de una sociedad sin necesidad de invocar un sustrato oculto detrás de las cosas. La realidad es la estructura que emerge de la coherencia de las notas. Si el primer ensayo nos mostró que estamos abiertos a la realidad porque nuestra inteligencia es sentiente, este segundo nos revela que la realidad a la que estamos abiertxs no es un bloque monolítico e inerte, sino un tejido de sistemas constitutivos en perpetua actividad estructural. La mesa no es una idea en mi mente ni un soporte mágico debajo de la madera; es la sustantividad misma de esa madera organizada de tal modo que yo puedo apoyar mi mano y sentir que el mundo ofrece resistencia.

Entender que el cosmos entero está compuesto de sustantividades articuladas nos prepara para otra pregunta de la serie: ¿cómo habita el ser humano, como sistema sustantivo particular, esa realidad? ¿Cómo se hace cargo una sustantividad inteligente del poder de lo real?


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