Notas para entender a la derecha desde la izquierda

Miguel Huerta

Hay una escena en Breaking Bad que funciona, si se la lee con suficiente mala fe filosófica, como una parábola perfecta del ascenso de la extrema derecha contemporánea. Walter White no seduce a nadie prometiendo maldad: seduce prometiendo relevancia. Durante décadas fue un hombre disminuido, correctamente ignorado, funcionalmente prescindible. Lo que lo transforma no es la ambición en abstracto, sino la experiencia acumulada de no contar, de haber jugado según las reglas y haber perdido de todas formas. Cuando rompe, lo hace con la gramática del agravio. Y millones de espectadores lo siguieron, no porque aprobaran el crimen, sino porque reconocieron en ese agravio algo propio. La pregunta que le corresponde a la izquierda no es cómo condenar a Walter White, sino por qué su historia resulta tan legible, tan visceralmente coherente, para sociedades que deberían producir otras narrativas de transformación personal y comunitaria.

Para comprender el avance contemporáneo de la extrema derecha desde una perspectiva de izquierda es necesario abandonar, antes que cualquier otra cosa, la tentación del desprecio moral automático. No se trata de un gesto de condescendencia generosa hacia el adversario, ni de esa tolerancia performativa que en el fondo esconde la misma superioridad que denuncia. Se trata de algo más exigente: una auténtica arqueología de las emociones políticas que vuelven verosímiles ciertos discursos para millones de personas. La paradoja que debe asumir cualquier análisis honesto es que las formaciones reaccionarias han logrado presentarse como las únicas fuerzas auténticamente rebeldes frente a un sistema que las derechas tradicionales ayudaron a construir. Son, en el sentido más productivo del término, un punk de derechas: rabia genuina, dirección equivocada, energía aprovechada por quienes tienen todo el interés en que esa rabia no encuentre su blanco real.

Escuchar, sin el filtro previo de la condena, las biografías colectivas que el discurso progresista suele estigmatizar sin matices es el primer movimiento intelectual honesto que esta tarea demanda. Existen amplias franjas de las clases trabajadoras y medias empobrecidas cuyo horizonte de vida ha estado marcado por la pérdida de empleos estables, de tejido comunitario, de rituales compartidos y, sobre todo, de un futuro previsible. No es difícil encontrar esa experiencia representada culturalmente si uno sabe dónde mirar. Está en el country estadounidense de los años noventa, en el corrido tumbado y su elogio ambiguo de la violencia como movilidad social, en el k-drama que muestra sin pudor los efectos psíquicos de la competencia extrema sobre jóvenes que ya no creen en las promesas del mérito. Está, brutalmente sintetizada, en Squid Game: un juego donde lxs perdedorxs del capitalismo se matan entre sí ante la mirada divertida de los ganadores, y donde la pregunta sobre por qué nadie señala hacia arriba es, en sí misma, la pregunta política central de nuestro tiempo.

La izquierda que aspira a la transformación social debe interrogarse seriamente por qué, frente a esa experiencia de desposesión material y simbólica, su proyecto de emancipación basado en la ampliación de derechos es percibido por muchos como una amenaza y no como una salvación. La respuesta no se encuentra solamente en la manipulación mediática o en la eficacia de la propaganda del odio, aunque ambas existen y operan. Hay una fractura más honda, de carácter epistémico y afectivo. El discurso emancipador ha adquirido, para ciertos sectores, el semblante de una exigencia formulada en un idioma que no es el suyo, desde una altura que no los reconoce, por élites culturales que celebran la diversidad en los menús de los restaurantes de moda mientras la precariedad de los otrxs se administra mediante políticas sociales diseñadas con la frialdad de un manual de gestión pública. El discurso reaccionario, en cambio, ofrece la calidez inmediata de un agravio reconocido y un enemigo claramente identificable. No pide paciencia ni sofisticación. Dice: te entiendo, te han robado, y sé quién fue.

Otro frente indispensable es la crítica de la gramática política con que la izquierda ha formulado sus demandas durante las últimas décadas. Hay una ironía dolorosa en el hecho de que el movimiento que históricamente se construyó sobre la fuerza de los símbolos, los himnos, los mártires y la épica de la dignidad colectiva haya terminado comunicando sus proyectos más importantes en el lenguaje de los protocolos institucionales y las categorías jurídico-administrativas. Cuando la defensa de lo común se expresa exclusivamente mediante tecnicismos y marcos regulatorios, se renuncia a la disputa por el sentido común. La extrema derecha ha ocupado ese vacío con una retórica de la sencillez brutal y la visceralidad. Habla de patria, de lealtad, de sacrificio, de orden: conceptos filosóficamente densos que la tradición de izquierda debería resignificar en lugar de abandonar como vocabulario contaminado. Fue Gramsci quien insistió, desde la cárcel, en que la hegemonía no se gana en los congresos sino en las escuelas, los bares, las canciones y los chistes. Hoy habría que añadir en los podcasts, en los memes, en los comentarios de YouTube a las tres de la mañana donde alguien descubre que hay palabras para su rabia y que esas palabras tienen apellido político.

Porque el fenómeno de la machósfera y de figuras como Andrew Tate no es, como suele presentarse, una anomalía cultural producida por mentes enfermas. Es el síntoma de una carencia. Cuando jóvenes sin horizonte encuentran en esos discursos una narrativa de iniciación, de disciplina, de pertenencia a una comunidad de elegidos que han visto lo que los demás no ven, están respondiendo a necesidades legítimas con una oferta ilegítima. El desafío ético para la izquierda no consiste en denunciar la oferta, eso es fácil y políticamente estéril, sino en preguntarse qué ofrece ella en cambio. Una fenomenología honesta del desamparo no lo puede reducir a falsa conciencia, a ignorancia que se cura con información correcta. Debe reconocerlo como un suelo fértil donde pueden germinar tanto la solidaridad ampliada como el resentimiento excluyente, y donde la diferencia entre uno y otro resultado no está predeterminada por ninguna ley de la historia.

La dimensión temporal del discurso reaccionario merece, finalmente, una atención filosófica específica. Mientras el progresismo se proyecta hacia un futuro que demanda paciencia, acumulación de esfuerzo y aplazamiento de la gratificación, la oferta reaccionaria se articula sobre la promesa de una restauración inmediata: volver a un pasado mítico donde las jerarquías eran claras, los roles estables y la identidad colectiva no necesitaba justificarse ante ningún tribunal. Esta estructura temporal no es exclusiva de la política: es exactamente la que ofrecen los algoritmos de las redes sociales, la dopamina instantánea del scroll infinito, la lógica del contenido que resuelve en treinta segundos lo que una novela tardaría trescientas páginas en problematizar. La extrema derecha es, en ese sentido, profundamente contemporánea: habla el idioma de la aceleración capitalista mientras finge combatirla. Su nostalgia no es un anacronismo, es una respuesta afectiva a la precarización de los vínculos y al vértigo de un cambio cultural permanente que ninguna institución progresista ha sabido acompañar con la suficiente atención y cuidado.

Comprender a la derecha desde la izquierda implica, entonces, hacer el duelo intelectual de la inevitabilidad histórica. Implica reconocer que el tiempo de la emancipación no se impone mecánicamente, que no hay ningún sentido de la historia garantizado que trabaje a favor de la justicia mientras nosotros esperamos. Implica, sobre todo, construir una contrahegemonía que no se limite al desenmascaramiento, que no confíe en que la verdad sola, correctamente argumentada, basta para mover voluntades. Porque el problema no es que la gente no tenga acceso a los hechos. El problema es que los hechos, sin un relato que los haga habitables, sin una comunidad que los encarne, sin una épica que los vuelva deseables, no compiten con la intensidad emocional de quien te dice que él sí sabe quién eres y de dónde vienes.

Ofrecer ese horizonte de arraigo, dignidad y sentido, tan potente como el que, de manera perversa, promete la reacción, es la tarea política más urgente y, acaso, la más difícil que tiene la izquierda contemporánea frente a sí misma.


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