Leer duele y nos deja a la intemperie

Miguel Huerta

La función más silenciosa y más radical de la lectura verdadera reside en su capacidad para dejarnos a la intemperie. No hablo aquí de la intemperie física, esa que combaten la ropa y los techos, sino de una desprotección más profunda y necesaria: la de las certezas. El espíritu humano, dejado a sus propios afanes, tiende a amurallarse en el pequeño castillo de sus convicciones, confundiendo la solidez de los muros con la verdad del paisaje. Leer un gran libro es, precisamente, abrir una brecha en esa fortaleza. Pero primero hay que querer abrirla, y eso, en una época que ha convertido la comodidad cognitiva en un modelo de negocio, ya es un acto casi subversivo.

El gran peligro que acecha a la humanidad no es la ignorancia, sino una forma particular de ella que se disfraza de sabiduría: el prejuicio del propio tiempo. La persona meramente actual cree vivir en la cima definitiva de la historia, igual que aquella otra de siglos atrás que jamás ha cruzado el mar, su ciudad o región y que proclama que su entorno es el ombligo del mundo. La diferencia es que esa persona al menos tenía la excusa de la distancia; el contemporáneo tiene toda la información del planeta en el bolsillo y, pese a ello, o precisamente por ello, no sabe nada que no haya sido previamente validado por un algoritmo que lo conoce mejor que su propia madre.

Basta contemplar la ingenuidad que recubre a las certezas científicas, los mandatos morales o las modas estéticas de hace apenas medio siglo para decir que somos el futuro ridículo de alguien, como otrxs lo serán del nuestro. La literatura actúa como un espejo retrovisor de enorme alcance que, lejos de mostrar lo que dejamos atrás, devuelve la imagen de lo ridículo de nuestras prisas. Y pocas imágenes son hoy más ridículas que la del intelectual de Twitter convencido de que un hilo de doscientas palabras sobre Heidegger equivale a haberlo pensado.

Su método, sin embargo, no es el de la fría lección histórica, sino el de un extraño y fértil desarraigo. Al adentrarnos en la conciencia de un personaje del siglo XIX, no aprendemos datos sobre su época: contraemos, casi sin quererlo, su forma de asombrarse, de temer y de amar. Descubrimos, con el sobresalto de quien se ve en una foto ajena, que su conflicto íntimo es idéntico al que nos desveló anoche. Es en ese instante, en esa fusión imposible de cronologías, donde el hechizo se consuma. Comprendemos que no somos el estreno de nada, sino un eslabón más en una conversación antigua que no esperó nuestra llegada ni la lamentará. La literatura, al arrancarnos de nuestra moderna estrechez, no nos vuelve anticuados; nos concede, por el contrario, la sabiduría más punzante: la que nos permite ver nuestra propia época con los ojos desengañados y piadosos de un fantasma de otro siglo. Nos convierte, en fin, en contemporáneos del tiempo, que es la forma más elegante de ser. Y eso, en una civilización que ha reducido el presente a un scroll infinito donde todo caduca en cuarenta y ocho horas, no es un privilegio menor: es casi una forma de resistencia armada.

Y sin embargo, sería un error confundir esa amplitud conquistada con una suerte de plácida convivencia de opiniones, un cómodo salón donde todas las voces del pasado se dan la mano con educada indiferencia. Eso no es leer: es pasear por un cementerio bien cuidado, o peor, es consumir contenido cultural, que viene a ser lo mismo con mejor branding. La verdadera literatura, la que deja cicatriz en la memoria, nunca nos ofrece un refugio; nos arroja a un campo de batalla donde las ideas no se exhiben sino que se degüellan entre sí. Leer no es coleccionar verdades ajenas, ni tampoco es lo que Netflix llama una experiencia narrativa enriquecedora; es presenciar cómo las ideas luchan en nuestro interior hasta que una de ellas, la que creíamos más sólida, muere en el piso. Cada gran libro es un disparo contra la complacencia, una granada metida debajo de la almohada del alma moderna, programada para estallar en el momento en que estamos a punto de dormirnos en nuestras certezas, con el teléfono en la mano y la conciencia anestesiada por el brillo azul de la pantalla. Y duele, cómo no va a doler, si viene a recordarnos que todo aquello que creíamos firmemente asentado (nuestra moral, nuestro progreso, nuestra sensibilidad) no es más que un breve parpadeo histérico al que el pasado ya ha visto morir mil veces. La literatura actúa como un ácido que corroe, uno a uno, los barrotes dorados de la celda contemporánea; no para que escapemos hacia ninguna arcadia pretérita, sino para que, una vez desnudos y sin la protección de nuestra época, nos veamos forzados a construir algo que no se pudra con el algoritmo.

Por eso la lectura auténtica nunca es un sedante para las noches de insomnio. Es, precisamente, la causa de ese insomnio. Es el aguijón que nos impide ser felices con la felicidad idiota del que nunca ha contrastado sus opiniones con un muerto, del que ha sustituido la biblioteca por el podcast y la reflexión por el resumen de tres minutos que una IA le genera para no tener que pensar.

Bienaventuradxs quienes salen de un gran libro con la sensación de haber perdido algo, pues han empezado a ganarlo todo. Quien no ha sentido ese vértigo o esa humillación necesaria, no ha leído nada. Ha pasado páginas, se ha entretenido, se ha confirmado en su narcisismo, pero no ha leído, igual que el que le pide a ChatGPT que le explique a Dostoievski no ha leído a Dostoievski: ha leído una autopsia. Porque leer es, en su sentido último y más terrible, un acto de violencia contra unx mismx; una declaración de guerra a la tiranía que llevamos dentro y que exige que el universo entero se arrodille ante sus caprichos de hoy, incluido el pasado, incluidos los muertos, incluida la inteligencia artificial que tan gentilmente le ahorra el trabajo.

La buena literatura nos niega ese homenaje. Nos escupe la sospecha de que tal vez no seamos el centro de nada, y nos obliga a besar la mano que nos abofetea. Si no sangramos un poco al cerrar el libro, es que el libro no ha cumplido su promesa más feroz y más sagrada: la de matar la realidad que creímos y lo que fuimos.


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