Miguel Huerta
La geografía, a diferencia de las matemáticas, no es una ciencia exacta. Es, ante todo, un relato: el que las civilizaciones dominantes han tejido para ordenar y ordenarse en el mundo. Y pocos capítulos de ese relato son tan reveladores como el que le toca a Asia. El continente más grande del planeta, cuna de las civilizaciones más antiguas y de una diversidad que ningún concepto puede abarcar, ha sido sometido a una de las distorsiones lingüísticas más persistentes de la modernidad: el uso de términos como “Medio Oriente”, “Cercano Oriente” o “Lejano Oriente”. Frases que suenan a referencias geográficas neutras, casi técnicas, pero que en realidad son artefactos de una visión eurocéntrica del mundo. Al intentar nombrar a Asia, la fragmentan. Al fragmentarla, la subordinan. Y al subordinarla, la definen exclusivamente por su distancia a Europa y al pensamiento colonial.
Tomemos el caso más paradigmático: “Medio Oriente”. El término no nació de ninguna realidad geográfica preexistente. Fue acuñado a finales del siglo XIX, principalmente por estrategas militares angloamericanos como Alfred Thayer Mahan, para dar nombre a una preocupación muy concreta: la ruta marítima hacia la India a través del Canal de Suez y, pronto después, las nacientes reservas de petróleo de la región. Lo que antes se llamaba vagamente “el Oriente” o “el Cercano Oriente” se redefinió a conveniencia del Imperio Británico. “Medio Oriente” nació, pues, como categoría administrativa y militar, no como descripción. Agrupó bajo un mismo nombre a pueblos, lenguas e historias tan distintas como la persa, la árabe, la turca, la kurda y la judía, homogeneizándolas bajo la lógica del poder colonial. No solamente nombraron una región; en realidad, la inventaron.
Y ese acto de nombrar es, en esencia, un acto de poder. Al llamar “Medio Oriente” a una franja que se extiende de Egipto hasta Irán, Occidente no sólo trazó un límite arbitrario en el mapa: implantó una narrativa que define la región por lo que no es. No es Europa. No es el “Extremo Oriente” (China, Japón, Corea). Es un espacio de tránsito, un “medio” sin esencia propia, cuya identidad queda suspendida en función de la de otro. Lo mismo vale para “Lejano Oriente”: un término que no describe, sino que evoca distancia, exotismo, impermeabilidad. Que durante siglos sirvió para justificar, con la coartada de la lejanía cultural, el desconocimiento y la superioridad moral de las potencias que se disponían a “abrir” esas sociedades.
La imprecisión de estos términos no es un defecto secundario. Es su característica más definitoria, y también su mayor problema. ¿Dónde termina exactamente el Medio Oriente y comienza el Sur de Asia? ¿Egipto, con su identidad africana innegable, pertenece a una categoría definida por su relación con Asia? ¿Y qué hacemos con Afganistán o Pakistán, encrucijadas donde confluyen influencias persas, del subcontinente indio y de Asia Central? Las fronteras mentales que estos términos crean oscurecen conexiones que, en cambio, la historia hace evidentes. Durante milenios, la Ruta de la Seda conectó lo que hoy llamamos “Medio Oriente” con el “Lejano Oriente” y el subcontinente indio en un espacio de intercambio continuo, vivo, sin las categorías que nuestra nomenclatura impone. Nuestra geografía lingüística fragmenta artificialmente lo que la historia unía.
Esta fragmentación tampoco es inocente en sus efectos culturales. Como Edward Said analizó con precisión en su crítica del orientalismo, agrupar una región tan diversa bajo un solo nombre alimenta un imaginario homogéneo y por lo general distorsionado. El “Medio Oriente” de los discursos hegemónicos es el espacio de los conflictos eternos, la irracionalidad política, el despotismo y el fanatismo religioso. El término se ha vuelto sinónimo de inestabilidad, y esa sinonimia borra sin contemplaciones las particularidades de naciones con historias radicalmente distintas. Un mismo vocablo termina englobando la protesta ciudadana del Líbano, la política iraní, las monarquías petroleras del Golfo y la riquísima historia cultural de Irak, diluyendo la agencia y la especificidad de cada sociedad en una imagen única y simplificadora.
Frente a esta herencia colonial en el lenguaje, la alternativa no es sólo una cuestión de vocabulario. Optar por denominaciones como “Asia Occidental”, “África del Norte”, “Asia Central”, “Asia Meridional” o “Sudeste Asiático” no es un ejercicio de corrección política. Es un acto de descolonización del conocimiento. Usar “Asia Occidental” en lugar de “Medio Oriente” sitúa a la región en su propio marco continental, reconociéndola como componente integral de Asia y no como apéndice de Europa. Hablar de “Asia Meridional” para referirse al subcontinente indio reconoce su unidad geográfica y sus interconexiones históricas sin la carga del término “Indias Orientales”, otro residuo de la visión comercial con que Europa se acercó a mundos que no comprendía y, precisamente por eso, bautizó a su antojo.
Los términos que usamos para nombrar las distintas partes de Asia no son neutrales. Son cápsulas del tiempo que contienen siglos de colonialismo, asimetrías de poder y una manera de ordenar el mundo desde un centro europeo que hace tiempo dejó de serlo y si es que alguna vez tuvo derecho a serlo. Al perpetuarlos, no sólo reproducimos una geografía imprecisa: contribuimos a una mirada que simplifica en exceso la realidad más diversa y compleja del planeta.
Revisar nuestro lenguaje geográfico es, entonces, un gesto pequeño con consecuencias grandes. Es empezar a ver a Asia y a sus pueblos no por su distancia o su utilidad para Occidente, sino por su propia centralidad en la historia global. Y eso, en el fondo, es también una forma de justicia.
© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.