Miguel Huerta
Imaginemos que entramos a una sala llena de gente que debate intensamente sobre un tema político. Parece un consenso espontáneo. Luego descubrimos que la mitad de esas gentes son maniquíes controlados por un mismo operador. Eso, exactamente, ocurre cada día en redes sociales y es gracias a las granjas de bots.
Las granjas de bots son fábricas de opinión artificial: miles de cuentas automatizadas a través de aparatos móviles y computadoras que replican, amplifican y simulan reacciones humanas para que una idea, personaje o producto parezcan más populares de lo que son. Además de crear fake news. No es ciencia ficción. Un estudio de Communications of the ACM calculó que entre el 9 y el 15% del tráfico en Twitter/X durante las elecciones de Estados Unidos de 2016 era generado por bots.
El problema no es sólo técnico. Es filosófico. Cuando no podemos distinguir una opinión real de una fabricada, perdemos algo fundamental: la capacidad de formarnos juicios propios sobre lo que piensa la gente a nuestro alrededor. El filósofo Luciano Floridi lo llama daño a la “autonomía epistémica”: nuestra libertad de conocer y decidir con información honesta.
¿Y quién es responsable? La pregunta es incómoda porque la respuesta se diluye: el programador dice que sólo escribe código, el cliente dice que sólo hace marketing, la plataforma dice que no puede controlarlo todo. Esta cadena de excusas tiene nombre académico, “accountability gap”, y es, precisamente, lo que hace tan difícil pedir cuentas.
La Unión Europea ya exige, con su AI Act de 2024, que el contenido automatizado sea etiquetado. Es un paso, pero insuficiente. La solución de fondo no la da ninguna ley: es aprender a leer el ecosistema digital con más escepticismo, preguntarse quién habla, por qué y con qué recursos. No para desconfiar de todo, sino para no confundir el ruido fabricado con la voz real de las personas.
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