La economía que olvidó cómo hacer cosas

Miguel Huerta

Una de las escenas más trilladas y que casi todo mundo ha visto en alguna película es la del ejecutivo ambicioso que despide a sus empleadxs, traslada la producción al extranjero porque es más barato y se embolsa la diferencia. En las películas, ese personaje suele perder al final. En la vida real, ganó durante décadas. Pero ahora estamos en la secuela que nadie quiso filmar: el momento en que el tiburón financiero descubre que, mientras hacía malabares con acciones, alguien más aprendió a fabricar lo que él ya no sabe hacer.

Esa es la historia de una economía que confundió el dinero con la riqueza. Como en El gran Gatsby, en donde el personaje Jay Gatsby cree que el capital basta para comprarlo todo (innovación, liderazgo, competitividad) para descubrir más tarde que hay cosas que no se improvisan con un fondo de inversión. La innovación real no se hace solamente con billetes; se hace con fuerza laboral, con sudor, con manos, herramientas, creatividad, tornillos, turnos de noche y de día, en resumen, con personas de diferentes disciplinas que mejoran un diseño paso a paso. Ese trabajo no sale en Bloomberg.

La diferencia es la misma que hay entre jugar Monopoly y construir una casa de verdad. En el tablero puedes comprar lo que quieras con dinero de mentira; en la construcción real, si no sabes mezclar cemento, la pared se te cae encima. Una economía adicta al Monopoly acaba siendo campeona del papel y analfabeta del ladrillo.

Mientras Wall Street se convertía en un casino (hipotecas empaquetadas, derivados, deuda sobre deuda), del otro lado del mundo (China) alguien abría fábricas, probaba baterías, se equivocaba, corregía y volvía a intentarlo. Sin glamur ni titulares. Sólo el trabajo silencioso y paciente que, con el tiempo, produce herramientas accesibles y tecnología de punta. El resultado es incómodo: la aún economía más poderosa del planeta, la de las barras y las estrellas, se parece cada vez más al Mago de Oz. Mucho ruido, mucho trono, mucha proyección de grandeza. Pero cuando alguien corre la cortina, lo que hay es un personaje operando palancas con la esperanza de que nadie mire demasiado cerca y descubran su realidad. La competitividad real vive en el taller. Y el taller se mudó hace años a donde la especulación no era el plato principal.

La moraleja es simple: el dinero puede gritar muy fuerte, pero cuando se trata de fabricar, el grito no sirve de nada. Solamente sirve saber hacer. Y eso, por más que duela, no cotiza en la bolsa.

Todo esto no es nuevo, ya lo dijo Marx en su momento y sigue siendo una realidad que no terminamos de aceptar. Así la cosa.


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