Miguel Huerta
Nada en el béisbol se parece a ese silencio absoluto que se hace ante las bases llenas. No es que la gente calle, es que el aire se espesa y el tiempo se frena. Ahí, en el montículo, el pitcher está más solo que nunca, aunque tenga a ocho compañeros y a cuarenta mil almas mirándolo. Lo que se juega en ese instante no es únicamente una carrera: es un drama filosófico de los buenos. Porque el lanzador no sólo se enfrenta a un bateador con un bat en las manos; pelea contra el futuro, contra el momento del hit que todavía no sale del bate pero que ya está viendo en su cabeza. Ese es el verdadero estrés: no el dolor físico, sino tener que actuar sabiendo que todo puede salir muy mal con un solo lanzamiento. Y aun así, hay que lanzar. Hay que actuar en lo que toca.
Lo más loco del momento es cómo se deforma el tiempo. Entre que el pitcher recibe la seña y empieza a moverse hay un tiempo escaso al ojo humano pero que se transforma en una eternidad en la vida interior de quien está experimentando ese momento. Ahí adentro pasan cosas: el pitcher calcula la curva o recta, sí, pero también se imagina perdiendo, se ve bajando del montículo con la cabeza gacha, escucha el batazo que no quiere escuchar. Eso no es ser negativo, es ser lúcido. Es saber que eres libre y que esa libertad pesa. Si sale mal, no hay excusas. Sartre (1905-1980) decía que nos angustiamos cuando entendemos que no hay nadie más que nosotrxs decidiendo; este pitcher lo entiende de sobra. La tentación, claro, es jugar a no perder: tirar miedoso, buscar la esquina suave, dejar que el bateador haga el trabajo sucio por equivocarse solo. Eso pasa por astucia, pero es puro miedo disfrazado. La ética del lanzador es lanzar con ganas, no regalar el alma por evitar el golpe. Aunque el batazo duela, uno se va más tranquilo sabiendo que compitió de frente.
Pero el que sufre no es solamente el pitcher. El jardinero está allí esperando, tenso como un resorte, deseando que la bola no vaya hacia él pero sabiendo que si va, su error se verá desde el espacio. El cácher vive el mismo estrés, pero desde la confianza: es el que elige la seña y le susurra al lanzador con los dedos: “tira esto, compa, y que sea lo que Dios quiera”. Todxs comparten ese nudo en el pecho. Los corredores, el adversario, no sólo amenazan con anotar: amenazan con existir, con moverse, con quebrar la concentración con su sola presencia. Y quienes estamos observando desde fuera, vislumbramos la luz y la sombra al mismo tiempo, sentimos el mismo estrés y alegría cuando sucede algo. El béisbol, en este punto, no va de batazos bonitos, sino de cómo manejamos la incomodidad ajena y propia. Eso es estresante. Y emociona. Por eso gusta.
Al final, el gran aprendizaje de las bases llenas es que el control es un mito. Puedes prepararte como un monje, estudiar todos los videos y tener la recta del año, que la vida (o el bateador de turno) te puede joder igual. Y es ahí donde el estrés se convierte en sabiduría.
No lanzas para dominar el azar, sino para aceptar que no lo dominas y aun así soltar tu mejor lanzamiento. De eso se trata, creo yo: de encontrarte en una situación imposible, con el pecho encogido y las bases llenas, y decir “bueno, si va a sonar, que suene con mi mejor envío”. Eso, que sólo parece un deporte más, es el bendito béisbol, y es bastante parecido a vivir.
© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.