“La Odisea”, lectura de los cantos 5-11

Siguiendo el argumento de la primera entrega dedicada a La Odisea de Homero, vemos que esta obra no describe solamente el relato de un regreso, sino que es una meditación sobre los límites de la libertad humana cuando se enfrenta al deseo, a la memoria y a la identidad misma.

Los cantos V a XI nos trasladan desde la asamblea de los dioses hasta las costas de Ítaca y al inframundo, y en ese trayecto la comunidad lectora descubre que el verdadero laberinto no está en Creta ni en la isla de los cíclopes, sino en la conciencia de quien debe elegir entre quedarse y partir, entre olvidar y recordar, entre ser quien fue y convertirse en quien necesita ser. Cuando Atenea obtiene de Zeus la orden de liberar a Ulises, Calipso no es simplemente un obstáculo cósmico: es la tentación arquetípica de una vida sin pasado, sin deberes, sin la carga de la identidad. La ninfa ofrece a Ulises la inmortalidad, la juventud eterna, el amor de una diosa. Su isla es un jardín donde florecen siempre los mismos frutos, donde el tiempo no marca, donde no hay pérdida porque no hay historia. Pero Ulises rechaza esta oferta con palabras que deberían resonar en cualquiera que haya sentido la nostalgia como forma de conciencia: prefiere a Penélope, una mortal, porque con ella existe la verdad del tiempo compartido. Esta elección no es sentimentalismo épico: es una declaración filosófica. La identidad humana se construye en la finitud, en la fragilidad, en la promesa que se hace sabiendo que puede romperse. Aceptar la inmortalidad de Calipso sería aceptar dejar de ser Ulises.

El “Canto V” nos muestra la salida del héroe de esta prisión dorada, y con ella una de las imágenes más poderosas de toda la literatura occidental: Ulises construyendo su propia balsa. No es Poseidón quien lo libera, ni Atenea quien lo transporta: es la persona misma, con sus manos, con su astucia, con la técnica que Heracles no necesitó y Aquiles despreció. Durante diecisiete días navega solo, hasta que Poseidón, enfurecido por el asunto contra su hijo Polifemo, desata una tormenta que lo reduce a la nada. Ulises pierde su embarcación, su orgullo, su certeza. Lo que sigue es un naufragio que no es castigo por hubris, sino purificación por humildad. Cuando emerge entre los juncos de la costa de los feacios, desnudo, cubierto de lodo, sin nombre ni estatus, ha alcanzado el punto cero de la existencia humana. La hospitalidad de Nausicaa, la princesa que lo encuentra y lo guía hacia la ciudad, no es mero decorado narrativo sino la demostración de que la civilización griega se funda en un gesto ético primordial, la xenia, la hospitalidad, el acogimiento del extraño. Nausicaa no sabe quién es el hombre que lava su cuerpo en el río, pero reconoce en él la dignidad de quien ha sufrido. Quien llega a este punto debe detenerse y preguntarse: ¿qué queda de Ulises cuando se le quitan todos sus atributos? La respuesta de Homero es clara: queda la capacidad de elegir la vida, de preferir la verdad del dolor a la mentira del confort.

Los “Cantos VII, VIII y IX” constituyen el corazón de la narración retrospectiva, el momento en que Ulises, ya entre los feacios, cuenta quién es y de dónde viene. Pero antes de hablar, debe ser reconocido. Alcinoo, el rey, y Arete, la reina, lo reciben en un palacio donde la tecnología divina ha eliminado el trabajo: los sirvientes son estatuas de oro, las puertas se abren solas, el jardín produce fruta todo el año. Es otro jardín sin tiempo, otra versión de Ogigia, pero esta vez habitado por seres mortales que han alcanzado la perfección de su especie. Los feacios son navegantes sin igual, pero no guerreros; viven en paz porque Poseidón los protege, no porque lo hayan conquistado. En este espacio de gracia, Ulises escucha al aedo Demódoco cantar la historia de Troya, y llora. Es la primera vez que el héroe llora en la epopeya, y lo hace no por su propio sufrimiento, sino por el recuerdo de la guerra que lo definió. La identidad no reside en la continuidad del yo, sino en la narración que otrxs hacen de nosotrxs. Cuando Demódoco canta el episodio del caballo de Troya, Ulises se revela: “Soy Ulises, conocido por todos por mi astucia”. Pero esta revelación no es triunfal; es resignada. El nombre que pronuncia es una carga, un destino que no eligió pero que debe asumir.

El “Canto IX” contiene el relato más conocido de toda la Odisea: el encuentro con Polifemo. Pero más allá de la aventura, lo que este episodio revela es la naturaleza ambigua de la metis, la astucia que Atenea protege. Ulises no mata al cíclope por fuerza, porque no puede: es un gigante inmortal, hijo de Poseidón, que vive fuera de la ley de los dioses y de la humanidad. En su cueva no hay asamblea, ni hospitalidad, ni promesas. Polifemo representa la barbarie pura, el estado de naturaleza donde el más fuerte devora al más débil sin ritual ni remordimiento. La estratagema de Ulises (embriagar al gigante, cegarlo con un tronco afilado, escapar colgado del vientre de las ovejas) es una victoria técnica, pero también una derrota ética. Cuando, ya a salvo en su nave, Ulises grita su nombre verdadero al ciego Polifemo, comete el error que definirá el resto de su viaje. La identidad pronunciada en voz alta se convierte en maldición: Poseidón escucha el nombre de su hijo y jura venganza. Acá debemos preguntarnos por qué Ulises, el más astuto de los griegos, comete esta imprudencia. La respuesta no está en la arrogancia, sino en la necesidad humana de ser reconocido. Sin el nombre, la victoria sobre Polifemo es anónima; con el nombre, se convierte en gesto de existencia. Pero ese gesto tiene precio, y el precio son diez años errantes. Y es que la astucia pura no basta, pues debe ir acompañada de la prudencia que sabe cuándo callar.

Los “Cantos X y XI” nos introducen en los territorios del más allá, donde la Odisea deja de ser aventura para convertirse en meditación sobre la mortalidad. En la isla de Eolo, Ulises recibe el viento que lo llevaría directo a Ítaca, pero sus compañeros, movidos por la curiosidad y la desconfianza, abren la bolsa donde está encerrado, liberando los vientos contrarios que los arrastran de nuevo al mar. Es la primera vez que la culpa no es del héroe, sino de la comunidad que lo acompaña. La tragedia de Ulises no es únicamente individual sino colectiva. En la tierra de los lestrigones, los compañeros son devorados por gigantes caníbales; en la isla de Circe, son transformados en cerdos. Circe, como Calipso, es una figura ambigua; es una hechicera que seduce y degrada, pero también maestra que instruye. Ulises la vence gracias a la hierba que Hermes le proporciona, pero no la destruye. En cambio, se queda con ella durante un año, y de ella aprende el camino hacia el Hades. Esta estancia, que la comunidad lectora juzga como traición a Penélope, debe comprenderse en su dimensión iniciática: Circe no es amante, sino puerta. Sólo quien ha descendido a los infiernos puede regresar transformado.

El descenso al Hades en el “Canto XI” es el centro gravitacional de toda la Odisea. Allá Ulises no encuentra monstruos, sino sombras: la madre Anticlea, que muere de pena por su ausencia; Agamenón, asesinado por la esposa que lo recibió con banquetes; Aquiles, el más grande de los guerreros, que prefiere ser labrador vivo que rey entre los muertos. Cada encuentro es una lección sobre los modos de morir mal: por traición, por impaciencia, por elegir la gloria sobre la vida. Pero el momento más terrible es la conversación con Aquiles. El héroe de la Ilíada, que eligió la fama eterna sobre los años, confiesa su arrepentimiento. La elección de Aquiles en Troya (gloria corta contra vida larga) era el paradigma de la virtud guerrera. En el Hades, ese paradigma se derrumba. Lo que Ulises aprende no es que la vida sea preferible a la muerte, sino que ninguna elección es pura, que toda gloria está manchada por la pérdida, que el héroe no escapa a la condición humana por ser héroe. Cuando regresa de entre los muertos, Ulises no es el mismo hombre que descendió. Ha visto lo que espera a quienes no regresan, ha escuchado el lamento de quienes eligieron mal, ha comprendido que su propia supervivencia no es mérito sino responsabilidad. El lector que acompaña este descenso no está siguiendo una aventura fantástica; está asistiendo al nacimiento de una conciencia ética que no podía formarse en la luz del día, sino en la oscuridad donde sólo quedan las preguntas sin respuesta.

Lo que estos cantos ofrecen a quien lee la Odisea desde una perspectiva filosófica son una cartografía del alma humana en tránsito. Ulises no regresa a Ítaca porque los dioses se lo permiten: regresa porque en cada isla, en cada encuentro, en cada pérdida, va desprendiéndose de lo que no necesita para recuperar lo esencial. La astucia que lo salvó de Polifemo casi lo destruye cuando se convierte en vanidad. La fuerza que lo sostuvo en Troya es inútil contra Circe. La paciencia que aprendió en Ogigia se vuelve su única arma en el Hades. La Odisea nos enseña que la virtud no es un estado que se posee, sino una tensión que se negocia en cada circunstancia. El héroe que emerge de estas páginas no es el mismo que partió de Troya, ni siquiera el mismo que lloró escuchando a Demódoco. Es alguien que ha aprendido que la identidad no es memoria fija, sino narrativa viva, que debe contarse y recontarse para no perderse en el silencio de Calipso o en el olvido de los muertos. Quien llega al final del “Canto XI” ha recorrido no sólo el Mediterráneo, sino el territorio más difícil de todos: la pregunta de si merece la pena volver, y si quien vuelve será reconocido por quienes esperan.


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