Miguel Huerta
Las categorías fundamentales del pensamiento de Xavier Zubiri (inteligencia sentiente, sustantividad, religación) no nacieron para resolver los problemas clásicos de la metafísica y quedarse luego en reposo, como piezas de museo. Nacieron para pensar la realidad, y la realidad sigue ocurriendo, con una aceleración que ninguna filosofía del siglo XX pudo prever del todo. Hoy esa realidad está poblada por algoritmos, pantallas y entornos digitales que prometen ampliar nuestra inteligencia, conectarnos con todo y con todxs, y liberarnos de las limitaciones del mundo físico. ¿Qué tendría que decir Zubiri, quien dedicó su vida entera a pensar la realidad como algo físico y contundente, sobre un mundo que tiende a volatilizarse en datos? Aunque murió en 1983, cuando la informática apenas balbuceaba, su pensamiento posee una sorprendente capacidad para diagnosticar las ilusiones y los riesgos que anidan en la tecnificación de la inteligencia.
Lo primero que habría que señalar, y que constituye quizá la advertencia más radical, es que la expresión misma “inteligencia artificial” encierra, desde sus presupuestos filosóficos, una profunda equivocidad. No se trata de un purismo terminológico ni de una resistencia nostálgica al avance técnico. Se trata de algo mucho más fundamental: la inteligencia, tal como Zubiri la entendió, no es primariamente una capacidad de procesar información, de calcular o de resolver problemas. Es un modo de sentir la realidad. Recordemos la tesis central de la noología zubiriana: sentir e inteligir no son dos actos separados, sino un único acto en el que la realidad se nos actualiza como algo “de suyo”. Un perro siente el calor como estímulo; un algoritmo procesa el calor como dato. Pero sólo la persona siente el calor como calor real, como algo que pertenece al mundo y no meramente a su sistema sensorial o a su código binario. Por eso, si fuéramos rigurosos con el vocabulario zubiriano, deberíamos decir que la máquina no intelige en sentido estricto. Lo que hace es algo distinto: procesa, calcula, simula. Pero no siente la realidad, y por tanto no intelige.
Esta distinción no es un mero ejercicio académico. Vivimos en una época en la que tendemos a atribuir a las máquinas cualidades antropológicas que no poseen. Decimos que un modelo de lenguaje “entiende” nuestras preguntas, que el algoritmo de una plataforma “sabe” lo que nos gusta, que un coche autónomo “decide” cuándo frenar. Pero entender, saber y decidir son verbos que, en su sentido originario, remiten a una relación con la realidad que solo puede darse en un ser que está físicamente implantado en ella, que la siente como algo que le afecta, que le importa, que le va la vida en ello. La máquina no tiene cuerpo en el sentido zubiriano del término: no tiene un sistema de notas que constituya una sustantividad viviente, no está religada al poder de lo real, no tiene que hacerse cargo de su propia existencia. Sus operaciones, por sofisticadas que sean, son formalizaciones recursivas, no respectivas. Procesan símbolos que remiten a otros símbolos dentro de un sistema cerrado, pero esos símbolos no remiten en ningún momento a la realidad como algo sentido, como algo que se impone con su peso físico y su carácter de alteridad irreductible.
Conviene detenerse en esta distinción entre formalización recursiva y formalización respectiva, porque es el núcleo conceptual más fecundo que el pensamiento de Zubiri ofrece para pensar el fenómeno digital. La inteligencia humana formaliza la realidad de manera respectiva: cada nota remite a las demás dentro de un sistema abierto que incluye al propio sujeto que conoce, y ese sujeto, a su vez, está abierto a la realidad como totalidad. Aprehendo este trozo de madera y, en ese acto, se me actualizan su textura, su peso, su origen vegetal, su posibilidad de arder o de sostenerse como mesa; y todo ello dentro del horizonte más amplio de lo real. La formalización es, constitutivamente, un abrirse al mundo. La inteligencia artificial, en cambio, formaliza de manera recursiva: sus operaciones son combinaciones de elementos previamente definidos que se realimentan a sí mismas, optimizando una función objetivo, pero que carecen de apertura a lo real en cuanto real. Un modelo de lenguaje puede generar párrafos filosóficamente plausibles sobre Zubiri sin haber aprehendido nunca la realidad de una mesa, sin haber sentido jamás el peso de una pregunta que le va algo. Su conocimiento es pura sintaxis sin semántica existencial: un logos sin aprehensión primordial de realidad. Y por eso mismo, un logos que puede ser extraordinariamente eficaz en su ámbito, pero que está constitucionalmente incapacitado para habérselas con lo real en su ultimidad.
Esta reflexión nos conduce a un segundo nivel de análisis: el de la llamada realidad virtual. Si la inteligencia artificial plantea el problema de si las máquinas pueden inteligir, la realidad virtual plantea el problema de si lo digital puede ser real. También aquí el pensamiento de Zubiri ofrece claves iluminadoras. Para Zubiri, la realidad no se define por ser una zona de cosas (las piedras, los árboles, los cuerpos físicos) frente a otra zona de cosas irreales (los sueños, las ficciones, los mundos digitales). La realidad es una formalidad: es el modo en que algo se actualiza en la inteligencia sentiente como siendo “de suyo”. Una piedra es real porque se me impone como algo que es lo que es por sí mismo, independientemente de que yo la esté percibiendo. Un unicornio, en cambio, no se me actualiza con esa formalidad: sé que es una ficción, un contenido de mi imaginación. El problema de la realidad virtual es que introduce una tercera categoría, enormemente ambigua: algo que no es físico, pero que tampoco es meramente imaginario. El avatar con el que interactúo en un videojuego no es una piedra, pero tampoco es un unicornio. Está ahí, en la pantalla, respondiendo a mis acciones, desplegando una forma de presencia que, de algún modo, simula la presencia de lo real.
Desde una perspectiva zubiriana, habría que decir que la realidad virtual no es realidad en el sentido pleno del término. Es una construcción digital que se actualiza en la inteligencia humana a través de una interfaz tecnológica. Lo que la pantalla me muestra no tiene la formalidad de lo “de suyo”: su ser es un ser puramente intencional, dependiente por completo del sistema informático que lo genera y de la interpretación que yo hago de él. Ahora bien, el peligro no está tanto en la confusión epistemológica (nadie va a confundir una silla física con una silla pixelada) sino en algo más sutil y más profundo: que, a fuerza de habitar esos entornos digitales, nuestra inteligencia sentiente vaya perdiendo la capacidad de dejarse afectar por lo real. El mundo digital está diseñado, en su lógica más íntima, para eliminar la resistencia. El scroll no opone fricción. La imagen no huele ni pesa. El vínculo virtual puede cancelarse con un clic. Y en esa ausencia de resistencia reside la trampa: porque la realidad, la realidad zubiriana, es precisamente lo que se impone, lo que no cede, lo que exige respuesta. Cuando nuestra experiencia cotidiana está cada vez más mediada por interfaces que suavizan, curan y optimizan todo contacto con lo real, el músculo que nos permite soportar el peso de las cosas, y responder a él con responsabilidad, puede atrofiarse sin que nos demos cuenta.
Hay un nombre para este proceso, tomado de la crítica contemporánea a la cultura digital, que la metafísica zubiriana ilumina con una precisión particular: la deshabitación. No la ausencia física de los espacios, sino el vaciamiento de la presencia real en favor de una presencia meramente virtual. Estar deshabitado significa estar en muchos sitios sin estar verdaderamente en ninguno; relacionarse con muchas personas sin exponerse realmente a ninguna; conocer muchos datos sin comprometerse con la verdad de lo conocido. El-la habitante digital perfecto es el que desliza el dedo sobre una pantalla durante horas, viendo pasar rostros, noticias, catástrofes y paisajes, sin que nada de eso le exija una respuesta comprometida. Es un sujeto que ha aprendido a estar en el mundo sin dejarse tocar por él. Desde Zubiri, habría que decir que ese sujeto está en proceso de perder la estructura más constitutiva de su humanidad: su condición de inteligencia sentiente, de ser que se hace cargo de la realidad porque la siente, porque la realidad le pesa y le importa. La deshabitación no es un accidente cultural. Es, si se la mira con rigor, una forma de mutilación antropológica. Y no es casual que sea también, como se ha señalado desde la crítica política, un mecanismo extraordinariamente eficaz de control: el sujeto distraído, el sujeto que habita la interfaz sin habitar la realidad, es un sujeto que difícilmente se hace cargo de las exigencias de lo real, incluidas las exigencias de la justicia y la participación política.
Sin embargo, sería injusto reducir la aportación zubiriana a una mera impugnación de lo digital. Su pensamiento también nos ofrece categorías para pensar un uso más humano de la tecnología. La noción de respectividad puede ayudarnos a imaginar sistemas tecnológicos que, en lugar de encerrar al usuario-a en una burbuja autorreferencial, lo abran a lo real: una tecnología que amplíe el campo de respectividad de la inteligencia sentiente en lugar de sustituirlo.
Una inteligencia artificial puede ser más o menos útil según se ponga al servicio de la inteligencia sentiente humana o pretenda competir con ella. El problema no es la máquina en sí misma. El problema es la idolatría de la máquina, la ilusión de que su forma de proceder (el cálculo, la recursividad, la optimización) es el paradigma de toda inteligencia posible. Frente a esa ilusión, Zubiri nos recuerda que la forma más alta de inteligencia no es la que resuelve problemas, sino la que se hace cargo de la realidad en su ultimidad, la que siente el peso de lo real y responde a él con creatividad, con responsabilidad, con compasión.
La lección más valiosa que el pensamiento zubiriano puede ofrecer al mundo digital es esta: la realidad no es un obstáculo a superar, ni un conjunto de datos a procesar, ni una limitación de la que la tecnología vendría a liberarnos. La realidad es el suelo que nos sostiene, el ámbito donde nuestra vida cobra sentido, el poder que nos religa y nos impulsa a ser más. Una civilización que, fascinada por sus propias creaciones digitales, fuera perdiendo el contacto con ese suelo, no estaría progresando. Estaría, simplemente, olvidando lo que es. La tecnología fecunda es la que nos devuelve a la realidad con mayor profundidad y capacidad de respuesta, no la que nos ofrece una salida hacia un simulacro más cómodo y menos exigente. Inteligir, nos enseñó Zubiri, no es calcular. Es sentir lo real. Y sentir lo real, con todo lo que eso implica de vulnerabilidad, de peso, de exigencia, sigue siendo la única forma de estar vivxs que merece ese nombre.
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