Xavier Zubiri (3): ética y existencia

Los dos ensayos anteriores sobre Zubiri nos han dejado en un umbral. Hemos visto que la inteligencia es sentiente, que capta la realidad sin intermediarios; hemos visto que la realidad es sustantividad, un tejido de sistemas coherenciales en perpetua actividad estructural. Pero falta la pregunta que toda filosofía, si es honesta, no puede eludir: ¿qué tiene que ver todo eso con cómo debo vivir mi vida? La respuesta de Xavier Zubiri es tan contundente como desafiante. La ética no es un añadido cultural, ni un catálogo de normas inventadas por la sociedad, ni siquiera un imperativo que la razón se dicta a sí misma en soledad. La ética es la consecuencia inevitable de estar religados al poder de lo real. Para comprender esto, que constituye la cima de su pensamiento maduro y el centro gravitacional de El hombre y Dios, debemos dar un paso más allá de la estructura del mundo físico y adentrarnos en la condición existencial del ser humano.

Comencemos por la experiencia más básica y a la vez más sobrecogedora de estar vivxs: la de no ser dueñxs absolutos de nuestra propia existencia. Nadie se ha dado la vida a sí mismo. No elegimos nacer, no controlamos el latido del corazón mientras leemos estas líneas, no podemos evitar que un día todo esto termine. En cada una de nuestras acciones hacemos uso de posibilidades que la realidad nos ofrece, pero la realidad misma, en su ultimidad, no es una posibilidad más entre otras: es aquello con lo que tenemos que contar, queramos o no. A esta experiencia radical de estar implantados en algo que nos excede y nos sostiene, Zubiri la denomina religación. No se trata de un sentimiento vago de dependencia, ni de una experiencia mística reservada a temperamentos especiales. La religación es un hecho constitutivo de la persona humana: somos porque estamos religados al poder de lo real. Antes de creer o no creer en Dios, antes de profesar una religión o declararse ateo, toda la humanidad compartimos esta estructura común: vivimos la vida como algo que no nos pertenece absolutamente, sino que nos está dado y, simultáneamente, nos está exigido. Estamos, en expresión de Zubiri, en manos de la realidad.

Esta idea transforma por completo la noción de persona. Ser persona no es simplemente pertenecer a la especie homo sapiens ni poseer un conjunto de facultades (voluntad, entendimiento, razón). Para Zubiri, la persona es una forma específica de realidad, una sustantividad que, a diferencia de una mesa o un perro, tiene que realizarse. La mesa es mesa y ahí se agota su ser; el perro vive actualizando sus instintos. Pero la persona, precisamente por estar religada al poder de lo real y ser consciente de ello, no puede simplemente “ser”: tiene que hacerse cargo de la realidad y, al hacerlo, tiene que configurar su propio ser en un proceso inacabable que Zubiri denomina dar de sí. La vida humana no es un guion escrito de antemano sino un proyecto que se despliega en el seno de la realidad. Y aquí aparece el fundamento de la ética. Si estoy religado a la realidad, y la realidad no es un caos sino un sistema estructurado de notas que son “de suyo”, entonces mi tarea como persona consiste en ajustarme a esa realidad. La moral no es obedecer una ley externa; es vivir según lo que la realidad exige ser vivida.

Zubiri critica con dureza la filosofía que ha intentado convertir a Dios en un objeto, en un ente supremo al que se llega por el final de un silogismo. Las pruebas tradicionales de la existencia de Dios han tratado a lo divino como una realidad-objeto, algo que está “ahí fuera” y que la razón puede demostrar o refutar como quien demuestra un teorema. La vía de la religación propone un camino radicalmente distinto. No se trata de demostrar que Dios existe, sino de mostrar que, en el mismo acto de vivir religadamente, el ser humano está ya en la pista de una realidad absolutamente absoluta. El poder de lo real no es ninguna de las realidades concretas que conocemos, ni la materia, ni el cosmos, ni la historia. Todas esas realidades son relativamente absolutas, porque dependen de otras para ser lo que son. Pero el hecho mismo de que haya poder de lo real, el hecho de que la realidad se imponga como fundamento último, lanza al pensamiento hacia la idea de una realidad que es pura sustantividad sin dependencia alguna: Dios como realidad-fundamento, no como realidad-objeto.

La distinción es crucial para la ética porque desplaza el centro de gravedad. Si Dios fuera un objeto, la moral consistiría en obedecer mandatos como quien obedece a un rey lejano. Pero si Dios es el fundamento que late en el poder mismo de lo real, entonces la moral consiste en vivir según la verdad de las cosas. Actuar bien es permitir que las realidades (las personas, el mundo, el propio cuerpo) desplieguen sus notas según su propia esencia, sin violentarlas, sin instrumentalizarlas como meros medios al servicio del capricho. Zubiri habla de una ética formal de la realidad: no formal en el sentido kantiano de un imperativo vacío de contenido, sino formal en el sentido de que la forma misma de la realidad, su ser “de suyo”, dicta el modo adecuado de habérnoslas con ella. Amar al prójimx, desde esta perspectiva, no es un mandamiento externo; es la respuesta adecuada ante una sustantividad personal que, como yo, está religada y tiene que realizarse. Faltar a la verdad de una persona, tratarla como un objeto útil, es una inmoralidad no porque viole una norma escrita, sino porque violenta la estructura misma de lo real.

Toda la filosofía de Zubiri es, en el fondo, una preparación rigurosa para este momento. La inteligencia sentiente nos abrió al mundo real sin intermediarios; la sustantividad nos mostró que ese mundo es un tejido de sistemas coherenciales; la religación nos descubre que ese tejido tiene un fundamento último que nos sostiene y nos impulsa a ser más. La vida ética es entonces la aventura de ir realizando el propio dar de sí en consonancia con el fundamento de lo real. No es una tarea cómoda, porque exige estar constantemente despiertxs, discerniendo qué pide la realidad en cada situación concreta. Pero es profundamente liberadora: nos saca del capricho subjetivista y del legalismo ciego para instalarnos en la responsabilidad radical de ser lo que estamos llamados a ser.

Al final de ese camino, quizá descubramos que lo que buscábamos como ideal lejano estaba presente desde el principio, en el simple hecho de estar vivxs y sentir el peso de lo real. La humanidad y Dios no son, para Zubiri, dos problemas separados. Son los dos polos de una misma realidad: la realidad de existir religadamente.


© Acción Ética — Espacio de análisis filosófico, crítica cultural y pensamiento político. Reproducción permitida citando la fuente.

Deja un comentario