Trump, el fascista descarado

Miguel Huerta

Últimamente hay mucho seguimiento al fascismo descarado en donde una de sus figuras es Trump. Para comprender este fenómeno sin caer en la histeria o la simple descalificación, es necesario realizar una radiografía ética y filosófica que vaya más allá del personaje para diseccionar la lógica interna que lo sostiene.

Reducir a Donald Trump a un bufón naranja o a un mero error histórico es un acto de negligencia intelectual. Lo que estamos presenciando no es una aberración de la democracia liberal, sino la manifestación sintomática de su crisis más profunda. Trump es el nombre comercial de una patología ética colectiva: el vaciamiento de la verdad como categoría vinculante y su sustitución por la performance del agravio permanente.

Desde una perspectiva kantiana, la mentira es el ataque más directo a la dignidad humana porque destruye la fuente del derecho y la confianza intersubjetiva. Pero Trump no miente de la manera tradicional, tratando de ocultar una realidad incómoda; él practica la mentira agresiva como forma de construcción de realidad. Cuando niega una derrota electoral sin pruebas, no está intentando engañar a un tribunal, está realizando un acto performativo de poder puro. Es la tesis fascista clásica llevada al terreno semiótico: no importan los hechos, importa la voluntad que se impone sobre ellos. Para quien está formado en el rigor del dato y la evidencia, esto resulta una afrenta cognitiva, pero precisamente ahí reside su eficacia: en la erosión de la idea misma de que existe un mundo objetivo sobre el cual discutir.

La filósofa Simone Weil (1909-1943), al analizar los mecanismos de opresión y el desarraigo espiritual de las masas modernas, advirtió que las sociedades se vuelven vulnerables al totalitarismo cuando pierden los vínculos comunitarios que dan sentido a la existencia y, con ellos, la capacidad de pensar por cuenta propia. La persona desarraigada no busca argumentos; busca pertenencia. La masa trumpista no cree ingenuamente cada ocurrencia de su líder, sino que celebra la demolición de los criterios de verificación que sustentan a las élites culturales y científicas. Trump es el gran igualador epistemológico: si todo es opinable y la ciencia es sólo otra narrativa, entonces el ciudadano desinformado y el experto tienen el mismo peso. Esta es una venganza simbólica contra la modernidad ilustrada. Su figura no representa la autoridad paterna clásica del dictador, sino una rebelión destructiva contra cualquier forma de autoridad racional.

Esta lógica se vuelve especialmente visible en el modo en que Trump trata a quienes se atreven a entrevistarlo. Ante una pregunta incómoda, no responde: contraataca. Interrumpe, ridiculiza, descalifica al periodista por su nombre o por el medio que representa, y convierte la entrevista entera en un escenario de dominación. Cuando la periodista Lesley Stahl de CBS lo presionó con hechos verificables, él abandonó el estudio y luego la acusó públicamente de parcialidad. Con Jonathan Swan de Axios, ante estadísticas que refutaban su gestión de la pandemia, agitó papeles y declaró que los números eran “fabulosos” sin elaborar más. No se trata de torpeza comunicativa: es una estrategia deliberada. Al humillar al entrevistador, le envía un mensaje a su audiencia, que lo observa, de que la pregunta misma es ilegítima, que el periodista es el enemigo y que la única verdad admisible es la que él pronuncia. La entrevista, instrumento clásico de rendición de cuentas democrática, queda así convertida en un ring donde él siempre proclama la victoria, independientemente de los hechos.

Éticamente, nos enfrentamos a la exaltación del carácter como único valor. No se trata de la ética de las virtudes aristotélica, donde el carácter busca el justo medio y la excelencia comunitaria, sino de una caricatura del vitalismo más grosero. Trump encarna al “hombre fuerte” que desprecia la prudencia por considerarla debilidad. Su retórica transforma la crueldad en honestidad y la empatía en hipocresía. Cuando se burla de un periodista con discapacidad o cosifica a las mujeres, sus seguidores no lo excusan a pesar de su grosería; lo aplauden precisamente por ella. Interpretan esa grosería como una señal de autenticidad liberada de las ataduras del “deber ser” moral. Esa es la trampa: confundir la falta de filtro con sinceridad y el narcisismo extremo con fortaleza de carácter.

El fenómeno trasciende a la persona porque Trump ha perfeccionado la política como gestión de agravios. En lugar de apelar a la esperanza en un proyecto común, moviliza el resentimiento. Aquí radica su mayor falsificación ética: se presenta como un outsider enfrentado al sistema, cuando él es la máxima destilación del capitalismo tardío, corrupto y depredador. Su presunto antielitismo es una farsa representada por un multimillonario que perpetúa la desigualdad fiscal. Sin embargo, logra que la sociedad trabajadora precarizada no vea en él al explotador, sino al vengador. Esta operación, puramente emotiva, secuestra el legítimo malestar social y lo redirige contra chivos expiatorios: el migrante, el intelectual, el funcionario público. Es una ética del odio instrumentalizado que destruye la posibilidad misma de una solidaridad de clase.

Filosóficamente, Trump opera como un sofista radical. Protágoras (485-411 a. C.) decía que la humanidad es la medida de todas las cosas, pero la sofística trumpista degrada ese principio: ya no es la humanidad la medida, sino su propio ego fluctuante. En una misma frase puede sostener una cosa y su contraria, no por dialéctica, sino porque la coherencia es un estorbo para la dominación. La velocidad de sus contradicciones genera un estado de shock que paraliza la crítica. Así consigue que la mentira repetida mil veces no sólo parezca verdad, sino que haga irrelevante la categoría misma de verdad. Es el triunfo del simulacro: gobernar no a través de hechos, sino a través de una telenovela de conflicto permanente donde él siempre es el protagonista agraviado.

La población y comunidad mundial debe entender que el fascismo del siglo XXI no necesita desfiles de antorchas ni campos de concentración para instalarse; necesita convencernos de que la política es un espectáculo cínico donde no hay más alternativa que elegir entre el caos nihilista o el autoritarismo eficaz. Trump es el síntoma de una sociedad que ha perdido el horizonte del sentido común y ha sustituido el debate ético por el clic, el algoritmo de la ira y la pertenencia tribal. Hacerle una radiografía es, en el fondo, hacerle una autopsia a nuestros propios miedos como cultura. Porque el verdadero peligro no es únicamente el líder, sino la desolación espiritual de una masa dispuesta a entregar su capacidad crítica a cambio de la embriagadora sensación de que, por fin, alguien dice en voz alta su desprecio por el otrx. Y eso, en términos estrictamente éticos, es la renuncia a lo que nos hace humanxs.


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