Ayuso, la ignorante selectiva

Miguel Huerta

La historia no es un espejo, sino una arcilla que el poder moldea a conveniencia. La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México (diez días de actos, condecoraciones y alianzas políticas culminados en una “Celebración por la Evangelización y el Mestizaje” en el Frontón México junto al compositor Nacho Cano) ha vuelto a poner sobre la mesa un fenómeno que merece reflexión filosófica. No se trata de un simple exabrupto ni de una provocación calculada, aunque ambas cosas lo sean. Se trata de un caso paradigmático de lo que podríamos llamar ignorancia selectiva: el uso estratégico de un conocimiento mutilado para construir un relato de superioridad moral. Su discurso no es fruto de la falta de lecturas, sino de una selección ideológica tan meticulosa que convierte la ignorancia en doctrina.

El mestizaje como coartada

Ayuso defendió la conquista en términos de “mestizaje” y “evangelización”, pidiendo “no renegar de todo lo que hizo España” en México, y aseguró que sólo “desde el amor” se entiende que cinco siglos después el español sea la lengua materna “más universal que existe”. La metáfora es insuficiente y el argumento, tramposo: celebrar el fruto del mestizaje sin mencionar la violencia que lo produjo es como celebrar la cosecha callando el incendio que quemó el campo para plantar.

La operación ideológica de fondo es una reedición de lo que Edward Said denominó “orientalismo”: la construcción de un “otro” inferior que necesita ser redimido por el “nosotros” superior. Ayuso no describe una historia; prescribe una jerarquía. Y lo hace con la seguridad de quien cree estar enunciando verdades evidentes, cuando en realidad reproduce el mito fundacional de toda empresa colonial: la superioridad intrínseca del colonizador.

La historia como botín de guerra

Lo más revelador del discurso de Ayuso es su relación con la verdad histórica. No la ignora por accidente. La ignora por oficio, porque su proyecto político necesita activamente de ese relato mutilado. Su ignorancia no es pasiva, sino activa y selectiva. Veamos las operaciones de esta selección interesada.

Primera operación: la descontextualización. La conquista se presenta como un acto de “encuentro entre mundos”, omitiendo siglos de trabajos forzados, esclavitud africana, encomiendas y un sistema de castas que estructuró la desigualdad racial en América. Hablar de “civilizar” sin mencionar el genocidio caribeño, donde culturas enteras fueron exterminadas en décadas, es negacionismo histórico. No es que Ayuso desconozca estos hechos: elige no verlos.

Segunda operación: la Leyenda Rosa. Su narrativa recupera la corriente que presenta la colonización española como una empresa esencialmente benigna, evangelizadora y moralmente justificable. Selecciona al misionero que bautiza y descarta al encomendero que esclaviza. Historiadores como Robert McCaa han descrito el siglo XVI novohispano como “una catástrofe demográfica”: estimaciones documentadas apuntan que entre el 85 y el 90% de la población indígena del continente murió durante el primer siglo de contacto, aunque las cifras varían entre el 30 y el 95% dependiendo de la región y la metodología. Las causas combinaron epidemias, violencia, hambre y trabajo forzado. ¿Qué concepto de lo “sagrado” es ese que se predica mientras diezma a los predicados? La ignorancia selectiva aparta la contradicción para quedarse únicamente con lo que conforta.

Tercera operación: la deshumanización del otro-otra. Al evocar que los pueblos originarios “ya se mataban entre sí”, se crea un falso dilema moral para justificar la intervención: si ellos ya eran violentos, nuestra violencia fue correctiva. Esta estrategia es idéntica a la que usaron todas las potencias coloniales. Selecciona el dato de los sacrificios aztecas y descarta deliberadamente que esas civilizaciones tenían sistemas jurídicos, filosóficos, astronómicos y urbanísticos que nada tenían que envidiar a los europeos coetáneos. La diferencia no era de civilización, sino de poder militar y vulnerabilidad inmunológica. Pero eso queda fuera del encuadre.

La gran contradicción: España y su deuda árabe

La ignorancia selectiva de este discurso queda al desnudo cuando dirigimos la mirada al otro gran episodio de la historia española: los casi ochocientos años de presencia árabe y bereber en la Península Ibérica. La misma derecha que presenta a España como exportadora de civilización es la que minimiza, borra o arrebata Al-Ándalus, uno de los centros culturales y científicos más avanzados de la Edad Media. Aquí la selección es doble: se exalta un legado imperial y se silencia una deuda cultural.

El español que Ayuso habla está impregnado de árabe: ojalá, aceite, almohada, alcalde, arroz. Casi cualquier palabra que empiece por al- tiene raíz árabe. La Alhambra, la Mezquita de Córdoba, los sistemas de riego, la recuperación del saber clásico que llegó al resto de Europa a través de la Península… todo eso es producto de la civilización que fue expulsada con violencia durante la llamada “Reconquista”.

Aquí está la paradoja insostenible: llaman “Reconquista” a lo que fue una guerra de limpieza étnica, y “civilización” a lo que fue una invasión y conquista. Los términos se invierten según quién sea el “nosotros” y quién el “ellos”. Las culturas precolombinas eran bárbaras; la cultura árabe, simplemente, se omite porque no encaja en el mito de la pureza cristiana. La España real es fenicia, griega, romana, visigoda, árabe, bereber, judía y cristiana.

El discurso de Ayuso selecciona sólo la capa imperial católica y desecha el resto. No es historia: es un escaparate diseñado para halagar a quien ya está convencido.

Cómplices del espejo: la derecha latinoamericana que aplaude el agravio

Pero el problema no termina en Madrid. Hay un capítulo especialmente bochornoso que merece análisis aparte: el de aquellos sectores de la derecha mexicana y latinoamericana que recibieron a Ayuso con alfombra roja. La agenda de su visita habla sola: reuniones con los gobernadores panistas de Chihuahua, Querétaro, Guanajuato y Aguascalientes (donde recibió la Medalla de la Libertad de ese Congreso estatal), actos en la Universidad de la Libertad del magnate Ricardo Salinas Pliego, y el respaldo entusiasta de corrientes conservadoras que arroparon el evento del Frontón México. En el resto de Latinoamérica, liderazgos como el de Javier Milei en Argentina o los sectores bolsonaristas en Brasil comparten el mismo marco mental: idealización de lo europeo, desprecio por lo indígena y la convicción de que la historia colonial debe recordarse como una gesta y no como una herida.

Esta derecha criolla practica lo que el filósofo mexicano Samuel Ramos (1897-1959) diagnosticó en su análisis de “el pelado” (el tipo social mexicano que interioriza una inferioridad profunda y la resuelve con una identidad prestada): la necesidad de negar el propio origen para aspirar a una respetabilidad ajena. Su ignorancia selectiva es doblemente grave. No solamente ignoran la historia, sino su propio lugar en ella. Hablan español, rezan a un dios cristiano, llevan apellidos hispanos y creen que eso los hace culturalmente europeos, cuando para una figura como Ayuso probablemente no dejarían de ser subalternos en el sentido más desnudo del término. Es el triste espectáculo de quien lame la mano que alguna vez lo golpeó, convencido de que esa sumisión lo hará parte del club.

Políticamente, esta alianza se sostiene sobre un pacto de negación mutua: Ayuso les ofrece un relato donde ser colonizado no fue una tragedia sino un privilegio, y ellos le ofrecen a Ayuso la validación internacional que su discurso necesita para presentarse como líder de una “hispanidad” transatlántica. Ambos se necesitan. Ambos se mienten. La diferencia es que Ayuso ejerce la ignorancia selectiva desde el lugar del poder histórico, mientras que sus admiradores latinoamericanos la ejercen desde el lugar del síndrome de Estocolmo cultural.

Ética contra la ignorancia selectiva

La ética nos exige algo que la política rehúye: la incomodidad de la complejidad. La historia no es un relicario de glorias para consumo presente, sino un territorio de sombras y luces que debemos habitar con honestidad. La filósofa María Zambrano (1904-1991), exiliada española, hablaba de la necesidad de “desentrañar” la historia para poder habitar el presente sin mentiras. Ayuso no desentraña: selecciona lo que halaga y entierra lo que incomoda. Y en esa operación encuentra cómplices entusiastas al otro lado del Atlántico, dispuestos a aplaudir su propio agravio con tal de sentarse a la mesa del poder.

El problema de fondo es ético antes que historiográfico. La ignorancia selectiva no es un defecto del conocimiento, es una decisión moral. Decidir qué recordar y qué olvidar. Decidir a quién humanizar y a quién reducir a bárbaro. Decidir un relato que conforta en lugar de una verdad que interpela. Esa decisión revela un proyecto político que necesita la pureza para sostenerse, aunque esa pureza nunca haya existido. Lo inquietante no es lo que Ayuso ignora, sino lo que ha elegido ignorar. Y lo verdaderamente trágico es que haya quienes, desde el lado agraviado de la historia, elijan ignorarlo con ella.

Frente a la ignorancia selectiva, la filosofía propone una mirada integral: aquella que acepta que toda identidad es mestiza, que toda cultura es deudora de otras, que ningún pueblo puede arrogarse el papel de redentor sin convertirse en opresor, y que ninguna dignidad se construye negando a los propios ancestros y ancestras para complacer a quien los oprimió.

La España que Ayuso reivindica es un mito cuidadosamente editado. La España real, la de carne, hueso y memoria, es demasiado compleja para caber en un eslogan. Y la América Latina real, la que no se arrodilla ante el espejismo de la pureza ajena, es demasiado digna para aplaudir a quien la desprecia. Esa complejidad y esa dignidad son, precisamente, las que hacen habitable la verdad.


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