Fe y geopolítica en la iglesia latinoamericana

Miguel Huerta

La fe es un asunto privado, pero el mapa de lo privado también ha sido territorio de los imperios. Cuando era niño escuchaba en alguna iglesia evangélica un canto que decía aquello de “somos el ejército de Dios”. Décadas después, y con la desclasificación de documentos del gobierno de Estados Unidos, esa metáfora militar y religiosa adquiría un matiz perturbador. No es que fueran, literalmente, soldados de una potencia extranjera. Pero los entusiasmos espirituales de ese grupo humano coincidieron, casi milimétricamente, con los intereses geopolíticos de la nación más poderosa de la tierra.

La pregunta incómoda (la que introduce la duda en el corazón del-a creyente y fascina al escéptico) es si ese fuego que llamamos avivamiento fue un soplo divino, una estrategia de Estado, o algo más inquietante aún: las dos cosas a la vez.

Para quien haya crecido en la Latinoamérica de finales del siglo XX, el fenómeno es innegable. La plaza pública de la fe se transformó radicalmente. Las comunidades religiosas que en los años setenta hablaban de sindicatos, cooperativas campesinas y la opción preferencial por los pobres comenzaron a ser desplazadas por el pastor pentecostal que hablaba de prosperidad personal, guerra espiritual y salvación individual. La Teología de la Liberación, con su lectura estructural del Evangelio y su llamado a transformar las condiciones históricas del pecado colectivo, era dinamita pura para el orden establecido. No es extraño que el establishment estadounidense y de derechas decidiera mover sus fichas. El Informe Rockefeller de 1969 fue clarividente al advertir que la Iglesia católica ya no era un aliado confiable del anticomunismo continental; había que buscar nuevos interlocutores en el negocio de la trascendencia.

La lógica era de una simplicidad brutal. Un pueblo que aguarda el inminente arrebatamiento celestial difícilmente se organiza para transformar las estructuras que lo oprimen. La promesa de que Dios te devolverá el doble de lo perdido, de que la enfermedad es una prueba y la pobreza un espíritu que se vence con fe y diezmos, funcionaba como el antídoto más eficaz contra cualquier conciencia de clase. Mientras los obispos y comunidades eclesiales del Sur Global señalaban al capitalismo como mal estructural, el nuevo discurso pentecostal individualizaba radicalmente el problema: “tu miseria no es consecuencia de las políticas del Fondo Monetario Internacional ni del extractivismo histórico, sino de una maldición generacional que no has tenido la fe suficiente para romper”.

La culpa se desplazaba de la estructura invisible a la sombra más cercana: yo mismo-a. Es el movimiento filosófico que Nietzsche llamaría el triunfo del resentimiento interiorizado, y que Marx denunciaría como la función más sofisticada de la ideología.

Sin embargo, reducir todo esto a una conspiración al estilo de un thriller político sería intelectualmente deshonesto y, sobre todo, un insulto a la complejidad de la fe y religión popular. La pregunta legítima es esta: ¿somos realmente tan maleables? ¿Somos meros títeres ideológicos? La realidad es más rara y más poética que cualquier teoría de la manipulación. El Espíritu, si existe, no sopla en el vacío sino en la historia, y la historia de esa época estaba atravesada por la angustia del desarraigo. Millones de campesinos, hombres y mujeres, migraban hacia las ciudades huyendo de la miseria rural o de la violencia política, dejando atrás el santo patrono del pueblo, la festividad ancestral, la comunidad que les daba nombre. En esos cinturones de miseria, el pentecostalismo no actuaba como un agente infiltrado, sino como una máquina de reconstruir identidades y dignificar a lxs invisibles. Donde el Estado llegaba únicamente en forma de policía, las iglesias llegaban con comida, guardería y la promesa radical de que Dios te había elegido a ti, precisamente a ti, para ser cabeza y no cola. El sociólogo Christian Lalive d’Epinay lo llamó, con notable lucidez, “el refugio de las masas”: no como crítica sino como diagnóstico.

Aquí reside el nudo filosófico del problema. La trampa está en el “o”. El pensamiento binario, tan propio del fundamentalismo teológico como del materialismo más reduccionista, nos obliga a elegir entre la intervención divina “o” la conspiración geopolítica. Pero la realidad, como sugiere Paul Ricoeur al hablar de una hermenéutica de la sospecha, exige que atravesemos la superficie del ícono para encontrar la economía política que lo sostiene, sin por eso negar la experiencia genuina que el ícono produce. Marx, Nietzsche y Freud nos enseñaron a desconfiar del altruismo, la moral y la confesión como fenómenos puros. Con la misma precisión debemos sospechar de los éxtasis colectivos. Que el gobierno estadounidense, a través de sus agencias y fundaciones altruistas, haya financiado y alentado a grupos que predicaban una espiritualidad deliberadamente apolítica (como lo confirman los documentos de Santa Fe I y II) está fuera de toda duda razonable. Lo que nadie pudo prever es que esa “apolítica” cultivada estratégicamente se convertiría, cuatro décadas después, en una fuerza política autónoma y de enorme peso electoral.

Ahí reside la ironía final, casi shakesperiana. El monstruo se volvió contra su creador. El movimiento alentado por su pasividad social es hoy el motor del conservadurismo político más estridente del continente. Del “no te metas en política, que eso es del mundo”, hemos llegado al “ponemos a los nuestros en el congreso para el reino de Dios”. La ola que el poder blando estadounidense ayudó a hinchar tiene hoy una agenda propia, a veces tan reaccionaria que incomoda a sus propios padrinos ideológicos. Esto nos enseña algo fundamental sobre la condición humana: se nos puede instrumentalizar, se nos puede usar en una guerra cultural, pero hay un núcleo de búsqueda genuina, ese anhelo de sentido y de trascendencia, que ninguna agencia gubernamental puede fabricar ni controlar del todo.

La historia de la iglesia latinoamericana es, como todas las grandes cosas humanas, una catedral construida con barro y oro: un misterio donde lo sagrado y lo profano bailan tan juntos que separarlos no sería análisis, sino empobrecimiento.


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