Toda fortuna tiene un pilar colectivo y uno individual. Olvidar a cualquiera de los dos es mutilar la realidad. Y sin embargo, esto es exactamente lo que hacen muchos magnates cuando cuentan su historia: la presentan como una hazaña solitaria, una mezcla de genio, sacrificio y suerte personal, como si el mundo entero hubiera sido un escenario vacío esperando a que ellxs llegaran a actuar. Pocos ilustran mejor este relato que Elon Musk, hoy el hombre más rico del planeta, con una fortuna que ronda miles de millones de dólares y que su imagen pública atribuye casi por completo a su propio genio e instinto disruptivo.
La frase “toda la riqueza sale del Estado, no del mérito individual” suena exagerada. Y en parte lo es. Pero contiene una verdad incómoda que el mito del “self-made man” prefiere no mirar: ningún logro económico es puramente individual. Toda riqueza privada se construye sobre un enorme legado colectivo (conocimiento, infraestructura, instituciones) y por eso una parte de ella debe regresar a la comunidad que la hizo posible.
Rousseau (1712-1778) lo explicó en su Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres hace casi tres siglos: la propiedad privada sólo existe porque, en algún momento, alguien cercó un terreno, dijo “esto es mío” y encontró a otros dispuestos a respetarlo. El cercado fue un gesto individual, sí. Pero su validez dependió por completo de que la sociedad aceptara esa regla. Lo mismo pasa hoy, a escala gigantesca. Tomemos el caso de Musk: Tesla existe gracias a décadas de investigación pública en baterías de litio y vehículos eléctricos, y recibió préstamos y subsidios estatales en sus años más frágiles; SpaceX construye sus cohetes sobre tecnología desarrollada por la NASA durante décadas y depende de contratos públicos como cliente principal. Ya Mariana Mazzucato en El valor de las cosas también nos lo mostró, y es que sin universidades financiadas con dinero público, sin internet (nacida de un proyecto militar estatal), sin tribunales que protegen patentes, sin carreteras y sistemas bancarios regulados, ese imperio simplemente no existiría. La “mano invisible” del mercado nunca ha funcionado sola: siempre necesitó la mano muy visible del Estado construyendo el tablero antes de que nadie moviera una pieza.
Dicho esto, decir que el Estado lo crea todo sería también una limitante, y la historia ya nos mostró a dónde lleva esa idea. El esfuerzo individual, el riesgo asumido, la creatividad de una persona concreta, importan. Si la riqueza brotara únicamente de lo colectivo, nadie tendría incentivos para innovar ni trabajar, y la economía se volvería más complicada. Pues lo que es de todos puede volverse de nadie.
El punto no es quitarle mérito a quien trabajó duro o tomó riesgos reales. El punto es esto: cuando alguien como Musk dice, o deja entender, que todo lo logró él solo, está borrando convenientemente la mitad de la ecuación (la mitad que justifica que pague impuestos, que sus empresas estén reguladas, que parte de esa fortuna se reinvierta en lo común). Es un relato cómodo, porque si el éxito es 100% mérito propio, entonces cualquier intento de regulación, impuesto o rendición de cuentas empieza a sonar como un robo o una persecución. La comunidad puso el suelo, el agua, la infraestructura y buena parte de la luz. El individuo es un elemento más. Pero un elemento que se cree dueño del jardín entero, y que además se queja cuando le piden ayudar a mantenerlo, no está siendo modesto: está siendo ingrato.
No se trata de elegir entre el Estado y el individuo, sino de reconocer que están relacionados, para bien o para mal. La riqueza no “sale” de un único lugar: nace de una relación entre lo que heredamos de todxs y lo que cada quien decide hacer con ello. Reconocer esa deuda no es ideología, es simplemente contar la historia completa.
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