El hombre invisible (2020): el monstruo que ya conoces

Miguel Huerta

La mayoría de las veces el miedo más real no viene de una criatura de película. Viene de alguien que conoces, que vive contigo, que come contigo, que está a tu lado.

Eso es exactamente lo que entendió Leigh Whannell cuando en 2020 reinventó El hombre invisible, ese clásico de H.G. Wells del siglo XIX. Y el resultado es una de esas películas que te mueven las emociones y los afectos mucho después de que termine.

¿Qué tenía la obra literaria original? Wells imaginó la invisibilidad como una especie de maldición: si nadie te ve, acabas volviéndote un monstruo. Su pregunta era sencilla y poderosa: ¿qué harías si pudieras hacer lo que quisieras sin que nadie te descubriera? Resulta revelador que, en pleno siglo XXI, el relato de Wells necesitara esta reinvención. Donde el libro veía la ciencia como fuente de corrupción individual, la película señala a una estructura social entera como cómplice silenciosa. En esta versión El hombre invisible no se vuelve un monstruo por un experimento fallido, sino porque la sociedad le ha enseñado que puede serlo.

Whannell toma la pregunta de Wells y le da la vuelta. En su versión no seguimos al que tiene el poder, sino a quien lo sufre: una mujer. Cecilia, la protagonista encarnada por Elisabeth Moss nos da una actuación que nos pone los nervios a flor de piel; ella es una mujer que escapa de una relación abusiva y que empieza a sentir que su ex la acecha… aunque nadie más pueda verlo. Como espectadorxs ya no seguimos al monstruo sino a su víctima. La invisibilidad deja de ser una fantasía de poder para convertirse en la representación exacta de una forma de violencia que nuestra sociedad sigue sin querer ver: aquella que ocurre a puerta cerrada, sin testigos, donde la palabra de la mujer choca contra la credibilidad social del agresor.

Y aquí está un golpe de realidad: la invisibilidad ya no es ciencia ficción. Es la representación perfecta del gaslighting, esa táctica de abuso y manipulación psicológica donde alguien te hace dudar de tu propia mente: “Estás exagerando” / “Te lo imaginas” / “No hay ninguna prueba” y un largo etcétera.

La película nos mete en el agotamiento de la protagonista, el cual es el agotamiento real que muchas mujeres han padecido a lo largo de la historia humana. La cámara se queda mirando rincones vacíos y nosotrxs, como Cecilia, empezamos a examinar las sombras y los rincones más oscuros. Es incómodo. Esa es exactamente la intención de la película. Lo más potente del filme es su conclusión implícita: el monstruo no es invisible porque tenga un traje de alta tecnología. Es invisible porque la sociedad prefiere no verlo.

Al final queda una pregunta que no se responde fácil: ¿cuántas personas, principalmente mujeres, están viviendo esto ahora mismo mientras el resto miramos hacia otro lado? Es una pregunta para pensarse y también para responder si nuestro papel en la vida ha sido el del monstruo o el de la víctima.


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