La mentira que queremos creer: fake news, sesgo y responsabilidad ética

Miguel Huerta

Existe una pregunta que la filosofía moral a veces trata de evitar: ¿somos éticamente responsables de las creencias que elegimos sostener? La proliferación de noticias falsas en el ecosistema digital contemporáneo ha vuelto esta pregunta urgente, y la evidencia empírica disponible la hace todavía más inquietante.

Según una revisión sistemática de cuarenta estudios publicados entre 2017 y 2021, las personas con orientación política conservadora o de derecha muestran, de manera consistente, una mayor vulnerabilidad a creer y compartir desinformación política. Ningún estudio del corpus revisado encontró el patrón inverso para personas de izquierda o liberales. El dato es relevante no para señalar a nadie, sino porque desafía una de las suposiciones más cómodas de la ética moderna: que la razón es neutral.

La filosofía clásica, desde Aristóteles hasta Kant, ha situado la razón como la facultad que nos permite distinguir lo verdadero de lo falso y, por extensión, lo correcto de lo incorrecto. Sin embargo, lo que la psicología cognitiva llama razonamiento motivado revela que la razón opera frecuentemente al servicio de las creencias previas, no al revés. Y es que las personas no buscamos evidencia para conocer la verdad; buscamos evidencia para confirmar lo que ya creemos. Este mecanismo, conocido también como sesgo de confirmación, no es una anomalía moral sino una tendencia estructural del pensamiento humano. El problema ético surge cuando ese mecanismo se convierte en un hábito sin examen, cuando dejamos de preguntarnos si estamos razonando o simplemente racionalizando.

El actuar ético nos exige algo que los griegos llamaban episteme: un conocimiento genuino, obtenido con rigor y honestidad intelectual. Creer en una noticia falsa porque confirma nuestra visión del mundo no es un acto inocente ni meramente privado. Las creencias sostienen actitudes, las actitudes moldean decisiones, y las decisiones tienen consecuencias sobre otrxs. Quien comparte desinformación, aunque lo haga de buena fe, participa en una cadena de daño que afecta la calidad del debate democrático, erosiona la confianza en las instituciones y puede alimentar el odio hacia minorías o adversarios políticos. La ignorancia invencible puede eximir; la ignorancia cultivada, no.

Desde la ética de la virtud, podríamos decir que el problema de las fake news es, en el fondo, un problema de carácter. La credulidad selectiva, la pereza epistémica y el desprecio hacia quienes piensan distinto son vicios intelectuales que predisponen a la desinformación. Por el contrario, la virtud de la prudencia, que en su sentido aristotélico implica deliberar bien antes de actuar, requiere verificar, contrastar y aceptar la posibilidad de estar equivocado. Una persona virtuosa no es aquella que nunca se equivoca, sino aquella que ha cultivado el hábito de someter sus creencias al escrutinio.

Esto no significa que la responsabilidad sea puramente individual. Lxs productorxs de desinformación operan con estrategia: conocen sus audiencias, diseñan contenidos que explotan miedos y confirman prejuicios, y se benefician de la polarización que generan. La estructura del entorno digital también tiene una cuota de responsabilidad que el mercado y las políticas públicas deben asumir. Pero ninguna condición externa absuelve del todo al individuo. La responsabilidad ética, en este contexto, comienza con un acto aparentemente simple y profundamente exigente: detenerse antes de creer.

Preguntarse de dónde viene la información, a quién beneficia, qué emociones activa y por qué resulta tan fácil de aceptar. Eso ayudará a discernir, pues esta pausa deliberada es, quizá, uno de los gestos más radicalmente éticos que podemos practicar en el mundo contemporáneo.


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