La historia de la filosofía no es lo que te han contado

Miguel Huerta

He escrito mucho sobre varios temas de filosofía en este blog, pero poco o casi nada alguna reflexión sobre “historia de la filosofía”. Y es que muchas veces pienso y siento que al hablar de filosofía y sus temas es hacer historia de la filosofía también. No es gratuito este enfoque. Es más bien una forma de pensar.

La historia de la filosofía puede decirse que es el proceso histórico en el cual se recogen las líneas de pensamiento y sus principales autores y autoras desde Grecia hasta nuestros días. Y digo Grecia porque se comprende que ahí nació el pensamiento filosófico occidental. Acá hay que hacer una pausa. Y es que cuando digo “historia de la filosofía” me refiero a la rama occidental cuya tradición dice que Tales de Mileto fue el primero a quien se le llamó filósofo.

Quienes nos dedicamos a escribir y pensar la filosofía sabemos que no existe un presente filosófico puro, desligado de sus raíces, pues cada concepto utilizado arrastra consigo siglos de disputas, desplazamientos semánticos y apropiaciones creativas que se niegan a desaparecer. Escribir sobre lo que es la justicia, la verdad o la belleza es ya recorrer un camino abierto por Platón, Aristóteles, Parménides, Hipatia, Spinoza, Schopenhauer, Simone de Beauvoir, Zubiri, Zambrano o Beuchot, entre tantas otras figuras que han tejido esta conversación ininterrumpida.

Por eso afirmar que hablar de filosofía es hacer historia de la filosofía no constituye una confusión o un capricho estilístico, sino que es reconocer que las preguntas fundamentales de la vida se transforman al pasar del tiempo y se enriquecen y reformulan con las crisis de cada época. Y así hasta el presente.

Esta manera de pensar implica asumir que las ideas no brotan en el vacío ni pertenecen a un ámbito atemporal, pues surgen en contextos culturales, religiosos y políticos que les imprimen su carácter específico, y a la vez las dotan de una vitalidad que les permite seguir interpelándonos desde la lejanía. Al entender de este modo la actividad filosófica, nos damos cuenta que reconstruir esas líneas de pensamiento desde Grecia hasta la actualidad, no son ejercicios arqueológicos sino una tarea hermenéutica, cuya función es comprender cómo se articulan ciertos problemas.

Al respecto, a lo largo de mi proceso personal al estudiar filosofía me di cuenta de que hay dos modos de hacer filosofía y al mismo tiempo hacer historia de la filosofía (aclaro que no son los únicos): enfocando la mirada hacia un problema o estudiando a un pensador o pensadora sobre ese problema particular. Así ha sido mi modo de conocer y profundizar en esta disciplina humana, tan fascinante como compleja. Y es que la historia de la filosofía es un organismo vivo en el que se puede dialogar con alguien de hace tres mil años y a su vez con alguien del presente. Los ecos son grandes cuando se va por un buen camino y esos mismos ecos nos van guiando hacia la actualidad. Por otro lado, también podemos dividir a pensadores y pensadoras dependiendo de su modo de actuar frente a la filosofía, aunque este es otro tema.

También resulta indispensable, sin embargo, detenernos en ese gesto fundacional que la tradición atribuye a Tales de Mileto y preguntarnos por qué seguimos insistiendo en que el pensamiento filosófico occidental nació en Grecia. No se trata de ignorar las ricas tradiciones especulativas de Oriente, de África o de las culturas originarias de América, sino de reconocer que cuando hablamos de “historia de la filosofía” en el sentido estricto, solemos referirnos a un itinerario concreto que tiene sus raíces en las colonias jonias del siglo VI antes de nuestra era. La mención de Tales como el primero a quien se le llamó filósofo es parte de una narrativa que vincula el origen de la disciplina con el paso de un modo de pensar a otro, con la voluntad de explicar la naturaleza acudiendo a principios racionales en lugar de apelar a las fuerzas divinas, y con la paulatina consolidación de un tipo de indagación que aspira a la universalidad (siempre lejana, pero cerca a la vez) apoyándose en la argumentación y en por supuesto en otras tradiciones del pensamiento.

Claro que esa transición fue mucho más compleja y problemática y menos abrupta de lo que sugieren los manuales, y es precisamente esa complejidad la que vuelve apasionante el que nos adentremos en los fragmentos de los primeros que filosofaron para descubrir, entre poesía y geometría, las primeras chispas de un quehacer que todavía hoy nos define como humanidad.

Así más o menos. Así la cosa.


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