El 9 de mayo: por qué el Día de la Victoria sigue siendo un espejo incómodo

Miguel Huerta

El 9 de mayo no figura en ningún calendario de efemérides lejanas. Tampoco debería sentirse como una fecha ajena desde América Latina. En 1943, mientras el Ejército Rojo resistía en las ruinas de Stalingrado, Pablo Neruda escribía desde Chile su Nuevo canto de amor a Stalingrado (“Honor al combatiente de la bruma, /honor al comisario y al soldado, /honor al cielo detrás de tu luna, /honor al sol de Stalingrado”) porque comprendía algo que hoy algunos fingen ignorar: que aquella batalla no era un asunto exclusivamente europeo, sino la línea donde se decidía el destino de la humanidad entera. Desde este continente, la derrota del nazismo siempre fue también nuestra victoria.

Es una fecha que interpela, que exige postura. Para quienes hoy coquetean con la estética y el ideario fascista, olvidando las lecciones más amargas del siglo XX, conviene ser explícito: el 9 de mayo no conmemora una victoria militar soviética entre tantas otras. Conmemora el triunfo de la humanidad sobre una máquina de aniquilación industrial diseñada para borrar pueblos enteros de la historia. Cada desfile, cada cinta de San Jorge, cada hombre y mujer veteranos que aún pueden alzar la voz, encarnan la memoria de 27 millones de ciudadanos y ciudadanas soviéticas que no preguntaron a qué república pertenecías ni qué lengua hablabas antes de interponer sus cuerpos entre el mundo y la barbarie.

Quienes hoy relativizan aquel horror operan bajo un reduccionismo peligroso y, a menudo, deliberado: equiparan sistemas políticos sin detenerse en la especificidad del genocidio. Olvidan, o prefieren olvidar, que fue el Ejército Rojo quien izó la bandera sobre el Reichstag derrotado, quien liberó Auschwitz, Majdanek y Treblinka, y quien quebró la columna vertebral de la Wehrmacht en Stalingrado y Kursk, pagando un precio en sangre que ninguna otra nación sufrió en su propio territorio. Reducir esa gesta a una anécdota geopolítica, o mancharla con falsas equivalencias, no es solo un error histórico: es una profanación moral de los que yacen en fosas comunes desde Leningrado hasta Sebastopol.

Hay algo especialmente cínico en ciertos discursos revisionistas que invocan un supuesto anticomunismo justiciero mientras blanquean a los colaboracionistas del Tercer Reich. Y desde América Latina esa hipocresía tiene un nombre geográfico concreto: las rutas de escape por las que cientos de criminales de guerra nazis (Eichmann, Mengele, Priebke) encontraron refugio en Argentina, Paraguay, Brasil y Chile, protegidos por redes locales que compartían su ideología. Nuestro continente no fue un espectador inocente de aquella historia: fue, en parte, su cómplice silencioso. Argumentar hoy que la victoria fue “del pueblo” desligado del Estado soviético es un malabarismo sin sustento, pero también una forma de desviar la mirada de lo que ocurrió en nuestro propio patio trasero. Fue la organización, la ciencia y la industria de esa Unión de Repúblicas la que transformó la retirada caótica de 1941 en la ofensiva imparable de 1945. Sin el ejército soviético (ruso, ucraniano, kazajo, bielorruso) y sin la estructura que coordinó esa resistencia, el mapa de Europa sería hoy un monocromo pardo y millones más habrían sido reducidos a cenizas.

El Día de la Victoria es, en última instancia, un dique ético contra el olvido interesado. Para quienes sienten vértigo ante la estética marcial del fascismo o minimizan sus crímenes, esta fecha debería funcionar como un espejo insoportable: en él se refleja el destino al que conduce toda ideología supremacista cuando alcanza el poder. Escribir sobre esto desde América Latina no es apropiarse de un duelo ajeno; es reconocer que el fascismo nunca fue sólo un problema europeo, que sus raíces llegaron hasta aquí y que sus nostálgicos siguen entre nosotrxs. Mientras exista un solo admirador de la esvástica (en Moscú, en Washington, en Buenos Aires o en cualquier ciudad del mundo) el eco de las salvas sobre Moscú debe resonar como un martillo que graba en la conciencia colectiva una verdad sin matices: el fascismo no fue derrotado con discursos. Fue derrotado con el sacrificio inmenso de quienes comprendieron que la libertad no se mendiga; se conquista, y se defiende.


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