Xavier Zubiri (4): su rol como historiador de la filosofía y su lugar en el pensamiento contemporáneo

Miguel Huerta

Existe una paradoja fascinante en la figura de Xavier Zubiri que conviene abordar antes de cerrar esta serie de textos. Hasta aquí hemos presentado su pensamiento como un sistema original y autónomo: inteligencia sentiente, sustantividad, religación. Pero un sistema filosófico no nace por generación espontánea, ni surge de la cabeza de su autor como Atenea de la frente de Zeus. Todo filósofx es, antes que creador-a, heredero-a. Y quizá ninguna obra de Zubiri muestre mejor esta doble condición (heredero e innovador al mismo tiempo) que Naturaleza, Historia, Dios, publicada en 1944, que recoge los trabajos de su primera madurez intelectual y que sigue siendo la mejor puerta de entrada a su pensamiento. En sus páginas no sólo encontramos el germen de las grandes tesis que desarrollaría décadas después en Sobre la esencia o en la trilogía sobre la inteligencia. Encontramos también una manera de hacer filosofía que es, simultáneamente, un diálogo profundo con la historia entera del pensamiento occidental y una reflexión sobre el propio sentido de esa historia.

Zubiri no fue únicamente un metafísico. Fue durante años catedrático de Historia de la Filosofía en la Universidad de Madrid, y esa vocación historiadora impregna cada línea de Naturaleza, Historia, Dios. Lo que hace singular al libro es la confluencia de tres grandes corrientes intelectuales que lo atraviesan: la filosofía griega, la ciencia moderna y la tradición fenomenológica. No se trata de un eclecticismo superficial, de tomar un poco de aquí y un poco de allá para construir un collage más o menos brillante. Se trata de algo mucho más hondo: Zubiri entiende que la filosofía no puede avanzar sin ajustar cuentas con su propio pasado, sin comprender cómo se han ido sedimentando los conceptos que usamos y cómo esos conceptos arrastran consigo decisiones intelectuales tomadas hace siglos. Hacer historia de la filosofía no es, para él, una actividad erudita o museística. Es una tarea terapéutica: únicamente sabiendo de dónde vienen nuestras ideas podemos liberarnos de sus ataduras inconscientes y abrir paso a una comprensión más radical de la realidad.

En Naturaleza, Historia, Dios, Zubiri se enfrenta a los tres núcleos temáticos que dan título al volumen y que han vertebrado la reflexión filosófica desde sus orígenes. El concepto de naturaleza, que los griegos pensaron como physis (ese brotar originario de las cosas desde sí mismas), fue sucesivamente reducido por la ciencia moderna a legalidad matemática y disuelto por el idealismo en contenido de conciencia. El concepto de historia, que el pensamiento judeocristiano introdujo como ámbito del sentido y la salvación, fue secularizado por la modernidad hasta convertirse en progreso indefinido o, en su versión hegeliana, en el autodespliegue del Espíritu. El concepto de Dios, que la metafísica clásica pensó como causa primera y motor inmóvil, fue sometido a una crítica demoledora por la filosofía contemporánea, que denunció su conversión en ídolo conceptual.

Lo que Zubiri hace no es simplemente reseñar estas transformaciones: es mostrar cómo cada una de ellas ha dejado un flujo de verdad y, al mismo tiempo, una capa de olvido. La tarea de Zubiri como filósofo es excavar en esas capas para recuperar lo que hay de válido y desechar lo que no enriquece a la verdad.

Para entender su modo de leer la historia de la filosofía resulta imprescindible conocer su formación. Formado primero en Lovaina, donde entró en contacto con el neoescolasticismo, y después en Friburgo, donde asistió a las clases de Husserl y Heidegger, Zubiri fue testigo directo del gran giro que la fenomenología imprimió al pensamiento del siglo XX. La fenomenología representó para él la liberación del psicologismo y la vuelta a las cosas mismas. Pero Zubiri no fue un mero discípulo. Los especialistas señalan que en los textos de Naturaleza, Historia, Dios se percibe una toma de distancia respecto a sus maestros. Para Husserl, las cosas eran el correlato objetivo e ideal de la conciencia; para Heidegger, el ser se desvelaba en la comprensión del Dasein. Para Zubiri, en cambio, las cosas no son simplemente objetividades ni el ser es el horizonte último de la comprensión: las cosas son realidades dotadas de una estructura entitativa propia, independientemente de que haya una conciencia que las piense o un Dasein que las comprenda. Esta idea, todavía leve en 1944, será la semilla de toda su metafísica posterior; y lo que importa es que no surge de una ocurrencia genial, sino de un diálogo riguroso y crítico con la tradición.

La importancia de Zubiri como historiador de la filosofía radica precisamente en su capacidad para hacer que la historia trabaje al servicio de la verdad, y no al revés. No se trata de exhibir erudición ni de demostrar que se ha leído a Aristóteles, a Kant o a Hegel. Se trata de mostrar que los problemas que esos pensadores plantearon siguen siendo nuestros problemas, y que las soluciones que ofrecieron contienen elementos que no podemos desechar sin más, pero tampoco repetir mecánicamente. Cuando Zubiri analiza el concepto de naturaleza en los griegos, está preparando el terreno para su propia noción de sustantividad. Cuando estudia la idea de historia en el pensamiento cristiano y moderno, está allanando el camino para su concepción del hombre como ser que tiene que realizarse. Cuando se enfrenta al problema de Dios, está sentando las bases de su noción de religación. La historia de la filosofía es, en sus manos, un instrumento de desbroce: sirve para limpiar el terreno de maleza conceptual, de prejuicios heredados, de inercias terminológicas, y dejar al descubierto el suelo firme de la realidad sobre el que edificar una filosofía nueva.

El mayor elogio que puede hacerse de Naturaleza, Historia, Dios es que, visto desde los volúmenes de su madurez, sus páginas cobran renovado vigor. Lo que en 1944 eran intuiciones y primeros esbozos se revelan hoy como la línea segura de un camino que Zubiri recorrería durante cuatro décadas más con coherencia admirable. Y ese camino no es el callejón sin salida de un pensador aislado: es una vía que conecta con los grandes problemas de la filosofía y ofrece respuestas con las que el pensamiento contemporáneo se sigue midiendo.

La historia de la filosofía, tal como Zubiri la practica, no es la crónica de las opiniones de los filósofos. Es la biografía de la razón humana en su esfuerzo por comprender la realidad. Asomarse a ese esfuerzo a través de Naturaleza, Historia, Dios es, sencillamente, una de las formas más exigentes de seguir haciendo filosofía y también una de las más placenteras.


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