Entre Goya y Poe: el monstruo de la razón

Miguel Huerta

Hay un grabado de Francisco de Goya (1746-1828) que se ha vuelto tan familiar que ya casi no se ve. Reproducido hasta el agotamiento en portadas de libros y pósteres de facultad, El sueño de la razón produce monstruos ha corrido la suerte de toda imagen demasiado citada: la legibilidad inmediata la vacía de su esencia.

El dibujo muestra a un hombre dormido sobre su escritorio mientras, a su espalda, un grupo de búhos y murciégalos se congrega en la penumbra con una expresividad que oscila entre la amenaza y el escarnio. La anotación que Goya dejó en el dibujo preparatorio precisa el sentido que le interesaba: “La fantasía abandonada de la razón produce monstruos imposibles; unida a ella es madre de las artes”. La frase es más exigente de lo que parece. No dice que la razón produzca monstruos (lo cual sería una tesis romántica vulgar sobre los límites del pensamiento ilustrado), sino que es su abandono, su eclipse momentáneo, lo que abre la puerta a las criaturas nocturnas. Pero hay una segunda lectura que el grabado tolera, y es la que aquí importa: que la razón misma, en determinadas condiciones, puede ser el monstruo. Que el búho no siempre llega desde fuera.

Edgar Allan Poe (1809-1849) escribió esa segunda lectura con una precisión que ningún tratado filosófico de su época alcanzó. Sus narradores no son irracionales. Son, en un sentido técnico y perturbador, perfectamente racionales: calculan, anticipan, ejecutan. El protagonista de El corazón delator no delira; razona. Organiza el crimen con una minuciosidad que él mismo exhibe como prueba de su cordura. “¿Cómo dicen que estoy loco? Observen con qué salud, con qué calma, les cuento toda la historia”, dice antes de narrar el desmembramiento con una frialdad de ingeniero. Lo que Poe pone en escena no es la locura como suspensión de la lógica, sino la lógica al servicio de un impulso que nunca se somete a pregunta ética alguna. El crimen está bien ejecutado porque la razón instrumental es eficaz por definición: optimiza medios, es indiferente a fines.

Esa indiferencia es la que Kant temía, aunque no en estos términos. Cuando Kant convoca en “¿Qué es la Ilustración?” al uso público de la razón como condición de la mayoría de edad, está pensando en algo más que en la capacidad lógica individual. La autonomía kantiana no consiste en razonar con destreza, sino en razonar con arreglo a principios que puedan universalizarse, que soporten el escrutinio de todos los sujetos implicados. La razón que sólo sirve al yo (lo que podría llamarse su uso privado e interesado) no es, en sentido estricto, razón ilustrada: es inteligencia al servicio de la voluntad particular, que es exactamente lo que Poe dramatiza. Sus narradores son mayores de edad en sentido instrumental y menores de edad en sentido moral. Dominan el cálculo y son incapaces de pregunta ética genuina.

Adorno y Horkheimer llevaron este diagnóstico a su conclusión más oscura en la Dialéctica de la Ilustración. La razón que prometía emancipación engendró sus propias formas de dominio precisamente porque su desarrollo histórico la fue separando de cualquier contenido normativo. La razón ilustrada se volvió razón instrumental: eficaz, planificadora, productiva, y por eso mismo capaz de poner esa eficacia al servicio de cualquier fin, incluidos los que la Ilustración pretendía abolir. El monstruo no viene de fuera del sistema racional; emerge de su interior cuando se separa de la pregunta por el bien. Los búhos del grabado de Goya no atacan al hombre dormido desde un más allá supersticioso: son proyecciones de lo que su propia razón puede hacer cuando nadie la vigila.

Poe entendió esto antes de que existiera el vocabulario para nombrarlo. El final de sus narradores no es la impunidad sino el colapso: el latido que el asesino cree escuchar bajo las tablas del suelo no es el corazón del anciano sino el sonido de una verdad que ninguna planificación pudo enterrar del todo. Hay en Poe una intuición casi teológica (compatible, curiosamente, con la psicología moral que vendría después) de que la razón desvinculada de la ética no solamente produce daño externo sino que se devora a sí misma. El sistema se cierra sobre el sujeto que lo puso en marcha. La culpa no es un sentimiento que interrumpe la lógica; es la lógica misma que se vuelve sobre sus propios fundamentos y los encuentra vacíos.

Lo que el cruce entre Goya y Poe revela no es una advertencia contra el pensamiento (que sería una lectura reaccionaria de ambos) sino una advertencia contra cierta confianza en el pensamiento que lo exime de toda interrogación ética. Razonar bien no garantiza nada si el razonamiento no se pregunta a qué sirve y a quién daña. El monstruo que Goya dibujó con búhos y murciélagos Poe lo escribió con pronombres en primera persona y una sintaxis impecable: la voz de alguien que explica, con admirable coherencia, por qué hizo lo que hizo, sin que en ningún momento se le pase por la cabeza que debería no haberlo hecho.


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