Miguel Huerta
Cada 19 de abril, las redes sociales hierven con memes de Homero desapareciendo entre los arbustos y discusiones encendidas sobre cuál temporada era ya la decadencia y cuál el esplendor, y no es para menos pues celebramos el Día Mundial de Los Simpson, efeméride que, con cierta ironía estructural, no conmemora el estreno de la serie tal como la conocemos sino aquel primer destello del 19 de abril de 1987, cuando una familia de trazo amarillo y torpe apareció en The Tracey Ullman Show sólo para desearse las buenas noches.
Usar esa fecha para hacer filosofía podría parecer una broma posmoderna, y el gesto de quien necesita justificar con Hegel su adicción a estos dibujos animados. Pero si algo nos ha enseñado Springfield en casi cuatro décadas es que debajo de las donas (rosquillas) rosas y las carcajadas del bully Nelson Muntz vive una de las críticas más lúcidas que la televisión comercial haya producido sobre la sociedad en que habitamos: no es sólo una serie, sino un tratado ético involuntario sobre la avaricia, la alienación y la trampa mortal de la clase media.

La arquitectura moral de la serie gira en torno a un núcleo de explotación consentida. El magnate Montgomery Burns no es el villano clásico; es la encarnación del ethos capitalista conducido hasta su extremo lógico sin excusas melodramáticas. En episodios como el del sindicato y el plan dental de Lisa (“Last Exit to Springfield”, temp. 4, ep. 17), vemos la doctrina de Milton Friedman filtrada por el cinismo de un empresario que lleva décadas perfeccionando su indiferencia: el único deber del empresario es aumentar sus beneficios, aunque ello implique suprimir la asistencia sanitaria de sus empleados.
La relación entre Burns y Homero no es únicamente la del patrón con su obrero; es una alegoría de la dominación que no necesita cadenas porque opera a través del consentimiento. El sistema que retrata la serie no exige esclavos encadenados sino trabajadores dispuestos a aceptar la incompetencia tolerada, el peligro constante de fusión del núcleo y la pérdida gradual de dignidad, todo ello a cambio de un salario que apenas sostiene la ficción del sueño americano: casa unifamiliar, jardín, parrilladas y la ilusión de que se pertenece al bando correcto de la historia.

Esa ilusión es precisamente el segundo gran objeto de disección ética en la serie: la clase media como trampa ideológica. Los Simpson documentan, mejor que muchos informes sociológicos, la lenta pero inexorable erosión del poder adquisitivo de las familias trabajadoras. La célebre “profecía Simpson” no es magia ni casualidad creativa; es estadística aplicada con coherencia durante décadas. Homero Simpson tiene el cargo de Inspector de Seguridad Nuclear, un puesto sindicalizado que en los años cincuenta habría garantizado una vida holgada de clase media-alta; en la Springfield contemporánea apenas alcanza. En episodios más recientes como “Poorhouse Rock” (temporada 33), la serie abandona la sutileza y se vuelve didáctica sin perder el filo: en una secuencia musical donde el economista Robert Reich aparece como él mismo, se le explica a Bart que la economía de su padre ha muerto. Donde Homero pudo sostener una casa, tres hijos y un nivel de vida razonable a pesar de ser un desastre profesional, la generación siguiente hereda la precariedad como condición estructural. Los salarios se estancaron, los sindicatos cayeron, el dinero sólo fluye hacia arriba. No es la queja de un progresista sentimentalón; es la constatación ética de una ruptura histórica del pacto social que ningún partido político ha tenido el valor de nombrar con tanta claridad.

Pero lo que convierte a Los Simpson en un objeto filosófico de primera es su capacidad para denunciar el sistema siendo, simultáneamente, uno de los productos más rentables que ese sistema ha generado. Esta paradoja no es un defecto; es la condición misma de su lucidez. Ya en “The Itchy & Scratchy & Poochie Show” (temporada 8), los guionistas se reían en la cara de la audiencia y de la propia Fox: un comité ejecutivo arruina un producto cultural para hacerlo más comercial, y la serie lo muestra con la desfachatez de quien sabe que está dentro del monstruo y señala los barrotes desde adentro. Esto no es hipocresía; es la aplicación práctica del extrañamiento brechtiano en el único lenguaje que el capitalismo tardío tolera: el entretenimiento masivo. La crítica no puede venir desde fuera, eso sería un imposible metafísico en la televisión comercial estadounidense, de modo que Springfield opera con el cinismo ilustrado del que conoce su jaula, la describe con precisión y confía en que el espectador saque sus propias conclusiones. Te ríes de Burns, y de pronto reconoces a tu jefe. Te ríes de la corrupción del alcalde Diamante (Quimby), y reconoces la ciudad en donde vives.

En este 2026, a punto de cumplir cuatro décadas, la serie sigue siendo ante todo un espejo deformante de nuestras contradicciones. Otras franquicias de animación eligen el escapismo o la fantasía; Springfield insiste en mostrarnos la fosa séptica, la corrupción institucionalizada, la avaricia sin fondo de las corporaciones. Celebrar a Los Simpson, entonces, no es solamente el ritual afectivo de una generación que creció con sus personajes; es reconocer una forma particular de resistencia filosófica que opera desde dentro de la cultura de masas, que usa la carcajada como método de extrañamiento y la rosquilla como símbolo de una promesa incumplida.
Si la vida en el capitalismo es una broma que el sistema se cuenta a sí mismo para no tener que rendir cuentas, la única respuesta inteligente no es ignorarla ni reírse sin más, sino aprender a leer la broma: saber quién la escribe, a quién beneficia y qué verdad incómoda arrastra consigo. Springfield lleva cuatro décadas enseñándonos a hacer eso. No está mal para una familia que empezó deseándose torpemente las buenas noches.
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