Miguel Huerta
Cada 23 de abril las librerías se visten de gala y las redes sociales se llenan de fotografías de libros bien iluminados. Hay algo sospechoso en esa celebración: la misma cultura que ha reducido la lectura a fragmentos de doscientas palabras y la ha sometido al veredicto del algoritmo se permite, un día al año, proclamar su amor por el libro. Conviene desconfiar de las efemérides que no incomodan a nadie. Si el Día Internacional del Libro ha de servir para algo, debería servir para preguntarnos qué clase de objeto es realmente un libro y qué exige de nosotrxs en el momento histórico que atravesamos.
El libro no es una herramienta en el sentido ordinario del término. No prolonga nuestra fuerza física como el martillo ni amplifica nuestra capacidad de cálculo como la computadora. Tampoco es un dispositivo en el sentido contemporáneo, es decir, un artefacto diseñado para capturar y monetizar la atención. El libro (el códice de pergamino tanto como el archivo EPUB) pertenece a una categoría ontológica distinta: es una tecnología del espíritu, la única que conocemos capaz de colapsar el tiempo lineal sin recurrir a ninguna metáfora.
Cuando un lector del siglo XXI abre las Meditaciones de Marco Aurelio, no accede a un documento histórico sino que entra en un diálogo real con una conciencia que pensó y sufrió hace varios siglos. La distancia no es ornamental: es la condición de posibilidad de ese encuentro. El libro hace que la muerte no sea el fin de la interlocución.
Esta dimensión ontológica tiene una consecuencia ética inmediata que con frecuencia se pasa por alto. Leer no es un acto pasivo ni una forma de consumo. Es, antes que cualquier otra cosa, una renuncia. Para que la voz del otro/otra resuene en la mente de la comunidad lectora, esta tiene que callar la suya propia. Esa suspensión del ego, breve, voluntaria, pero genuina, es quizá el gesto más radicalmente hospitalario que un ser humano puede practicar. En una época gobernada por la autoexpresión compulsiva, donde cada plataforma digital funciona como un micrófono permanente que espera nuestra opinión sobre todo, leer constituye una forma de resistencia que no necesita declararse como tal. La resistencia está en la estructura misma del acto.
Aquí es donde la reflexión filosófica se vuelve urgente y no meramente decorativa. Byung-Chul Han ha descrito con precisión el régimen bajo el que vivimos: una sociedad del cansancio alimentada por una economía de la atención que nos somete a un flujo ininterrumpido de estímulos fragmentados, diseñados no para informar sino para producir reacción. En ese contexto, el libro es estructuralmente subversivo. No porque su contenido sea necesariamente crítico (puede serlo o no) sino porque su forma misma exige lo que el mercado de la atención ha declarado obsoleto: la demora, la concentración sostenida, el pensamiento que no puede completarse en el tiempo que tarda en cargarse una pantalla. Leer El idiota o La condición humana de Arendt no es sólo acceder a determinados contenidos; es ejercitar una capacidad cognitiva que, si se abandona, se atrofia. Y una sociedad que pierde la capacidad para el pensamiento complejo y matizado no pierde únicamente una habilidad intelectual: pierde la condición de posibilidad de su vida democrática.
La neurociencia ha aportado evidencia que la filosofía moral debería tomar en serio. La lectura de ficción literaria fortalece lo que la psicología llama teoría de la mente, es decir, la capacidad de reconocer que todas las personas tienen mundos interiores distintos al propio, con sus deseos, sus miedos y su sufrimiento específico. Leer Crimen y castigo no es entretenerse con las peripecias de Raskólnikov: es practicar la empatía con un asesino, lo cual es precisamente el ejercicio más difícil y más necesario de la imaginación moral. La ética no es un conjunto de principios abstractos que se aplican a situaciones sencillas; es una capacidad que se cultiva o se deteriora, y la lectura literaria es uno de sus gimnasios más eficaces.
Pero sería cómodo detenerse aquí, en la celebración. El Día Internacional del Libro está vinculado por la UNESCO al derecho de autor, y esa vinculación señala una tensión que la filosofía moral no puede eludir. Nunca en la historia fue tan sencillo acceder a los libros (la digitalización ha hecho posible que cualquier persona con conexión a internet tenga en la palma de la mano más volúmenes de los que cualquier biblioteca medieval podría haber soñado) y al mismo tiempo nunca fue tan precaria la existencia económica de quienes los escriben. Celebrar el libro sin proteger al autor/autora es una contradicción que delata dónde está el verdadero interés: en el objeto como símbolo, no en la práctica intelectual como forma de vida sostenible.
La paradoja se agudiza en la era de la inteligencia artificial, que ingiere bibliotecas enteras sin consentimiento y sin compensación para producir textos que imitan la escritura humana sin asumir ninguno de los costos que esa escritura implica. Si el imperativo categórico kantiano tiene alguna vigencia contemporánea, es aquí donde se pone a prueba: tratar al autor/autora y a su obra no como insumos de un proceso de extracción, sino como fines en sí mismos. Una cultura que no puede sostener económicamente a quienes piensan y escriben es una cultura que ha decidido, sin declararlo, prescindir del pensamiento y la escritura.
¿Qué queda entonces del libro en el siglo XXI? Quizá esto: en un mundo que ha secularizado casi todos sus objetos de valor, el libro sigue siendo algo que se parece perturbadoramente a lo sagrado, no en sentido religioso, sino en el sentido que Georges Bataille le daba al término: aquello que está sustraído de la lógica de la utilidad y el intercambio, que existe para desbordarnos y no para servirnos. El libro no se queda obsoleto con la próxima actualización, no requiere suscripción mensual ni batería. Su poder no depende de ninguna infraestructura que no sea la mente del lector. Y en ese diálogo íntimo entre una conciencia que habló y una conciencia que escucha, se juega algo que ningún indicador de productividad cultural puede medir pero que toda filosofía digna de ese nombre sabe reconocer: la posibilidad de pensar de verdad, que es siempre la posibilidad de pensar de otro modo.
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