Miguel Huerta
Vamos a hablar claro. Lo que nos pasa no es (sólo) que seamos unos crédulos.
Bueno, sí, un poco. Pero vamos a hilar más fino. Resulta que vivir en el siglo XXI, con toda la información del universo en el bolsillo, es profundamente incómodo. El mundo es un lío complejo, caótico y a menudo injusto. Y nuestro cerebro, esa máquina preciosa pero un poco antigua, odia los líos. Prefiere un cuento chino bien montado antes que un “es complicado”. Ahí entran ellas: las teorías de la conspiración. El ibuprofeno mental para el dolor de cabeza que da la realidad. No son un bug del sistema, son una feature. Son el mito moderno para los que creen que los dioses del Olimpo eran unos aficionados. Hoy, los dioses tienen cuentas en X y algoritmos.
Pensemos en los clásicos de la cultura. Ya ni necesitamos textos falsos del siglo pasado; nuestro imaginario colectivo lo pinta mejor. Los Simpson, en el capítulo “Homero el Grande”, dieron en el clavo décadas antes de que fuera cool. Homero se une a los “Stonecutters/Magios” (una clara parodia de los masones), una sociedad secreta que, según la canción, «controla la banca británica y mantiene a los marcianos bajo vigilancia». El chiste es brillante porque no es simplón. Es un espejo. Nos reímos porque reconocemos esa tentación infantil de creer que alguien, en alguna parte, tiene un panel de control con todas las palancas del mundo. Es la teoría de la conspiración en su versión cómica y autoindulgente. El caos no existe, pero sí un club de hombres con extraños y ridículos rituales que toman todas las decisiones mundiales. Es más reconfortante que admitir que nadie lleva el volante.
Y luego está la industria del cine y las series. The X-Files (1993-2018), serie noventera, no era sobre extraterrestres, era un curso de formación para escépticos profesionales. “Confía en nadie” podría haber sido su lema en la camiseta. Nos enseñó que el héroe no es el que obedece, sino el que desconfía del gobierno (y lleva una linterna en bosques oscuros). La película Matrix (1999) le dio el toque filosófico-bonito: ¿y si tu jefe, tu hipoteca y tus impuestos son la película que te ponen mientras unos robots te usan como pila? Vaya plot twist. Lo genial es que no te da respuestas, sino que te lanza la duda más incómoda: ¿prefieres la pastilla azul de la mentira cómoda o la roja de la verdad incómoda? Spoiler: casi todos elegimos el color que combina mejor con nuestro cómodo sofá. Y no olvidemos la serie True Detective (primera temporada, 2014), que nos susurró: “El mal no es un monstruo, es el sistema, corrompido hasta la raíz, y su símbolo es una espiral sin fin”. Más sutil y más real.
Pero la jugada maestra del siglo XXI ha sido la fusión en frío de la teoría conspiranoica con las noticias falsas–fake news. Es el coctel molotov de la desinformación. Ahora una teoría no necesita una logia secreta; le basta un video de TikTok manipulado, un hilo en X lleno de “datos” inventados, una persona con acceso a internet y datos sacados de contexto, y un grupo de WhatsApp donde todo se recicla. En política, esto es el deporte extremo. Ya no se trata de debatir ideas, sino de hackear la realidad misma. ¿Que perdiste unas elecciones? No problem. Lanzas la teoría del “fraude masivo”, la riegas con mil fake news sobre urnas falsas y software mágico, y conviertes una derrota en el episodio piloto de tu gran narrativa de resistencia. ¿Quieres ocultar una crisis económica en el país? No te alarmes. Inventa la historia de que ronda por algunos lugares un animal desconocido que le absorbe la sangre a las cabras (chupacabras) y listo, espectáculo para la audiencia. La consecuencia no es que la gente crea una mentira. Es que se divorcia de los hechos compartidos.
La democracia, ese invento que necesita un mínimo suelo común de realidad para funcionar, se convierte en una guerra de realities paralelas. Los problemas sociales también pasan por desapercibidos cuando las narrativas crean un problema externo e inexistente. Es como intentar jugar al béisbol con alguien que cree que la pelota es un dragón invisible. No hay juego posible.
Ah, y luego están los equipos de élite de la desconfianza, esos fans de los reptilianos y el colectivo antivacunas. Los primeros son la versión premium del cuento, pues ya no son humanos corruptos, sino lagartos interestelares con traje. Es la teoría definitiva porque es infalsable. ¿Que no hay pruebas? ¡Claro, son tan poderosos que las borran! Es el colmo del pensamiento mágico disfrazado de rebeldía. Los segundos, los antivacunas, tomaron el miedo legítimo a las farmacéuticas y lo mezclaron con ciencia ficción mala, memes y un ego que pone el “yo investigué” (léase: vi tres videos en YouTube) por encima de siglos de método científico. Lo más irónico es que, mientras denuncian una conspiración para enfermarnos, son la herramienta más eficaz para que enfermedades erradicadas vuelvan. Son la prueba viviente de cómo un relato paranoico, cuando se viraliza, puede tener consecuencias más tangibles y letales que cualquier reptiliano ficticio.
¿Y la ética en todo esto? Se fue de vacaciones. Porque la nueva regla es grupal: “Si la teoría beneficia a mi equipo y jode al otro, es moralmente buena”. La verdad dejó de ser un valor (o irrelevante). Ahora es un spoiler. Reflexionar hoy no es preguntarse “¿es esto cierto?”, sino “¿a quién beneficia que yo crea esto?”. Y la respuesta, a menudo, es a un político, a un influencer vendedor de ilusiones y desconfianza, al grupo pseudoreligioso en turno o a un algoritmo que sólo quiere que des clic, aunque sea para gritarle a un robot.
Al final, el chiste es triste. Tenemos más herramientas para acceder al conocimiento que cualquier generación en la historia, y las usamos para construir búnkeres digitales donde únicamente entra el eco de nuestras propias sospechas. Las teorías de la conspiración son entretenidas, no lo niego, y también el último refugio del perplejo, la manera cómoda de decir “el mundo es un caos, pero al menos el caos lo dirige un club secreto con una canción graciosa, como los Stonecutters”. Nuestra tarea, si es que queremos salir del bucle, no es sólo aprender a detectar mentiras. Es, sobre todo, aprender a tolerar la incómoda, aburrida y poco cinematográfica incertidumbre. O podemos seguir creyendo que todo lo malo pasa porque en una sala oculta alguien no presionó el botón correcto. Tu pastilla, tu elección.